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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

martes, 24 de febrero de 2009

Día tres

No hay nada mejor que despertarse -tarde, porque ese es el privilegio de los que nos ponemos enfermos, tal vez por una excesiva tendencia a somatizar- y ver que hay dos mensajes tuyos -¡y qué mensajes!-.

Lo primero, no quiero que te duela nada y mucho menos los sentimientos. Estás de vacaciones "en un entorno paradisíaco", etc, que imagino que así es descrito por los folletos de viaje, así que nada de dolores. Te lo digo muy en serio. Quiero que vuelvas feliz, y moreno, y tan adorable como siempre. Y con un montón de historias para contarme. Es posible que ahora, y por un tiempo limitado, estemos lejos físicamente, geográficamente pero, paradójicamente, es este tipo de situaciones las que más acercan a dos personas. Por mi parte, y pasados los dos primeros días, que son los peores, supongo, estoy cada vez mejor -de ánimo-. Aquí hace sol, tengo cosas que hacer, escucho a Morrissey y tengo a mi disposición los suficientes recuerdos de ti, de los dos juntos, como para pasar varios meses -y sólo serán quince días-. Además de eso, no sé por qué, la ausencia me está ayudando a creer más en ti, a confiar más en ti y a tener menos vértigo, aun cuando las cosas -todavía- me parece que van rápido. Pero ya no me importa. Quiero decir que algunas veces sentí que si íbamos quemando tan rápido toda nuestra pólvora, pronto nos quedaríamos sin nada pero, pensándolo bien, tal vez tengamos recursos ilimitados a los que acudir siempre que queramos. Siempre. La fuente no tiene que agotarse necesariamente en unos pocos meses. ¿De dónde habré sacado esa estúpida idea?

Tengo ganas de decirte muchas cosas y no quiero dosificarme ni sentir vergüenza. Tal vez no sea la mejor idea del mundo hablar tan abiertamente de mis sentimientos en un blog público pero, ahora mismo, me siento en un estado de locura transitoria y me apetece hacer locuras. Decirte aquí que te amo es como gritar. Como aullar. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no aúllo? (Años). ¿Sabes cuánto tiempo hacía que no era tan feliz? (Ni lo recuerdo). Feliz, sí, sí, entiéndeme, he tenido mis momentos. Todo iba bien, incluso antes de conocerte, pero esta euforia... es como beberse un chupito de tequila de un trago, es como -¿me atreveré a decirlo?- los orgasmos que me haces sentir. Como dormirme y despertarme y ver que estás a mi lado, mirándome. Es algo perfecto, no le falta ni le sobra nada.

En otro orden de cosas, estoy releyendo un libro que siempre me ha encantado. Voy a hacerme con él para ti -no es una novela-, creo que es importante que lo leas, y creo que te gustará. No sabes cuánto me gusta que leas los libros que te recomiendo -aunque sean novelas-.

Ah, ¿y sabes qué? Cada vez me importa menos el porqué. De verdad. A mí me da por analizarlo todo siempre, ya lo sabes. Es un problema, como te dije en una de las cartas, pero también es una manera de tenerlo todo bajo control, al menos ilusoriamente. El control siempre ha sido demasiado importante para mí porque todo me asusta, casi cualquier situación puede provocarme ansiedad, y el control es un recurso para, al menos, bajar un poquito los niveles de estrés, pero estoy empezando a entender que el amor no es algo que pueda tenerse bajo control -y ahora mismo lo estoy demostrando, escribiendo aquí todo esto-. Yo podría decirte que me iba enamorando de ti cada día, sin siquiera haber cruzado una palabra contigo. Podría mencionarte miles de detalles que me encantaban, que me hacían buscarte todo el tiempo, y otros miles que he ido descubriendo después. Podría hacer una maldita lista si quisiera pero, ¿de qué serviría eso? Si al final tú tienes razón y el amor es algo que uno siente sin más. ¡Ni menos!

Dos días (¿dos?) sin poder comunicarnos. Mmmm. Ahora es cuando echo de menos esos poderes telepáticos que nunca tuve. Y aun así, ya no me parece tan duro. Te echo de menos pero cada día me siento mejor, más feliz, más contenta. Porque imagino lo bien que te lo estarás pasando y porque las cosas van cada vez mejor, puedo sentirlo. Puedo sentir claramente tu amor por mí (ah, bendita empatía) y no te haces una idea de cuánta fuerza me da, para todo y en todos los sentidos.

Seguimos en contacto (yo también te llevo en el corazón). Te quiero, amor.

lunes, 23 de febrero de 2009

Día dos

¿Te he dicho alguna vez que quiero una vida normal (contigo)? Y que te quiero, ¿te lo he dicho alguna vez?

Recuerdo que esto último te lo dije una vez, aunque me costó. Tuve que pensarlo un par de minutos, pero decidí que sí, que así era en aquel momento. Que te quería. Y te lo seguí diciendo, y hasta hoy.

Pero lo importante no son todas las veces que te lo he dicho hasta ahora, sino tooodas las veces que te lo diré, todo lo que me queda por decirte, los besos que aún tengo que darte, las caricias que aún no te he hecho y cada día, cada noche que nos quedan por pasar juntos.

¿Has leído la carta?

(te echo de menos)

domingo, 22 de febrero de 2009

Día uno

Dentro de unos minutos, tu avión despegará. No me gusta demasiado hacer esto -exponer aquí cómo me estoy sintiendo ahora mismo-, pero creo que lo necesito. Escribir. Escribir sobre ti, sobre lo que siento, es dar forma a los pensamientos en lugar de dejarlos atrapados dentro. Escribir, una vez más, como una forma de terapia.

Ayer salí por la tarde y pasé por delante de varios sitios que ya, inevitablemente, me recuerdan a ti. Es increíble comprobar que esas calles han quedado ya impregnadas por el recuerdo de tantos meses -estos dos últimos que hemos pasado juntos, y todos los anteriores cuando, ya sabes, yo trataba de verte aparecer y, sobre todo, de hacerme visible para ti-. Era un consuelo (aunque la palabra "consuelo" sea tan inexacta en este caso) saber que no estabas tan lejos, que el tiempo pasa rápido, que regresas y, sobre todo, que regresas a mí. No voy a permitirme tener miedo a ese respecto. Lo que ambos sentimos, lo que sentimos el uno por el otro, está para mí muy claro, así que, sí, créeme cuando te digo que por fin te creo. Y sigo siendo feliz, a pesar de que ahora esté experimentando síntomas de algo así como "síndrome de abstinencia". Pero mejor quédate con esto: soy feliz. Me haces tremendamente feliz. De verdad.

Diviértete mucho, aprovecha el tiempo, vuelve con un montón de experiencias nuevas. Yo te espero aquí, ya lo sabes. Y estoy muy contenta por ti.

...tu avión está a punto de salir...

(te amo)

domingo, 25 de enero de 2009

Ay, ay...

Otro fin de semana de esos para recordar siempre (variante en-las-nubes). ¿Tienes alguna idea de lo que me estás haciendo? Te lo digo en serio, ¿la tienes?, porque yo misma me asombro cada vez de lo rápido que va esto y de adónde está llegando en apenas... ¿un par de meses? Absolutamente de locos. Un endemoniado cuento de hadas, te lo aseguro.

Primero, debería pedirte cuentas porque, cuando escribo, no puedo dejar de pensar en ti y, cuando no escribo, no puedo dejar de pensar en ti. Lo ocupas todo, ahora mismo. Todo absolutamente. Y segundo, si lo que me dices cada día, sí, sí, eso que no me creo, que no puedo creer, va en serio, entonces deberías saber, y también te lo digo muy en serio, que estoy considerando las opciones que existen por el momento y, aunque no sean muchas, el pensamiento, la idea, -la fantasía- no se me va a ir de la cabeza tan rápido. Una amenaza. Tal cual.

¿Aceptas? Yo me apresuro a aceptar.

Iré contigo a cualquier sitio donde quieras llevarme. De verdad.

lunes, 5 de enero de 2009

Así que me has encontrado...

Te doy la bienvenida con un cierto rubor, al estilo de las damas de la Inglaterra previctoriana. Puedes pasear por aquí como quieras, por donde quieras. Al fin y al cabo, no encontrarás aquí nada que no sean las palabras que alguna vez dibujé en mi imaginación, esforzándome por darles un sentido en este pequeño microcosmos mío donde -puedes creerlo- la falta de sentido es lo preponderante. Pero eso no importa ahora. Lo que leerás son mis intentos por ocultarme al tiempo que me muestro, o mi manera de mostrarme mientras intento esconderme. Todavía no está muy claro (ni siquiera para mí).

En todo caso, y si te soy sincera, no pensé que me encontrarías. En realidad ni siquiera llegué a pensar, ni por un segundo, que me buscarías. Ya lo ves, sigues sorprendiéndome y apenas sé qué podría decir ahora. Podría decir que sigo sintiéndome feliz pero, tras pensarlo, me he dado cuenta de que lo que siento, más bien, es una especie de euforia muy de acuerdo con las circunstancias. Y aunque el rubor persiste y me sigo preguntando si tal vez no debería haberme callado con respecto a este pequeño "secreto" mío, lo cierto es que me alegro de poder decirte bienvenido.

(Y, ahora, sólo espero que las cosas simplemente mantengan su statu quo, al menos hasta la próxima vez que... y, sí, esto lo digo casi, casi temblando de miedo. Y es que nunca se sabe).

domingo, 21 de diciembre de 2008

Feliz

Estoy exhausta, algo magullada, me duele todo y tengo agujetas, pero me siento incontinentemente feliz, exultante, y hasta guapa. Escucho a Air, la banda sonora de la peli Las Vírgenes Suicidas y, aunque ya está oscuro fuera, a mí todo me parece hoy brillante, perfecto.

Es increíble cómo una noche de sexo (y de amor, aunque tal vez sea no demasiado prudente decirlo así -es sólo una forma de hablar, un tópico) con un chico de-los-que-te-gustan-de-verdad puede cambiar la visión del mundo, de todas las cosas. Y yo sigo aquí, montada, firmemente agarrada a mi montaña rusa emocional, pero hoy no me importa. Hoy soy feliz y ya está.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Mucho más absurdo

Escribo, otra vez, desde la burbuja, desde el lugar donde he vuelto a ser derrotada. Bah, ni siquiera tengo ganas de que esto suene melodramático o de que suene, simplemente, a cómo me siento. En realidad, me gustaría que no sonase a absolutamente nada. ¿Será esto posible?

No paso por aquí desde hace tiempo. Hoy mismo, tal vez por haber estado ocupando mi mente en muchas cosas diversas, he pensado que hace muchísimo que no escribo nada y, como justo la agorafobia me empieza a dar la lata de nuevo, me he acordado del blog. Nada de malas interpretaciones. Me acuerdo del blog a menudo, pero lo que tenía que contar no me apetecía contarlo -por un exceso de acontecimientos, tal vez, y no al contrario. Y es que las cosas pasan deprisa y todo cambia en cuestión de instantes. Así que voy a intentar ponerme al día.

Estoy haciendo un cursito en otra ciudad, sólo fines de semana. Es algo que necesitaba hacer porque puede ayudarme a encontrar -¡por fin!- un trabajo en algo que ni me gusta ni me disgusta, pero que no me importaría hacer. ¿El problema? La ciudad en cuestión está a tres horas de autobús de la mía, dos y media en coche. Durante el mes de noviembre, cuando comenzó, todo salió tan bien que solamente tuve que montar en el maldito autobús una vez. Hacía ocho años que no subía a uno y no sé de dónde saqué las fuerzas. Y no, por desgracia no puedo decir que me fuera bien. Una vez allí, volvieron sensaciones de antaño ya olvidadas -las de mis últimos viajes en autobús, sólo que aumentadas y corregidas para ser aún más terroríficas-. Me pasé el viaje declarando -a los cuatro vientos, me temo, porque el autobús estaba silencioso- que me bajaría en la siguiente parada, y lo dije en todas y cada una de las paradas. Al final, llegué a la ciudad temida -y ya odiada, a estas alturas-, y el resto del tiempo lo pasé más o menos bien a pesar de que pasé sola la noche. Pero al día siguiente, aun cuando estaba decidido que volvería en autobús, tuve que llamar a mi entonces todavía novio para que viniese a rescatarme con el coche. El fin de semana siguiente ya no fui -hubiese tenido que volver en autobús y, por la mañana, al prepararme para ir, tuve un ataque de pánico y me negué-, y este fin de semana otro tanto de lo mismo: no he ido. Me siento fatal conmigo misma, pero ya no puedo hacer nada. Sin embargo, tampoco quiero ser indulgente. No sé el porqué de esta recaída. Como ya he dicho, el hecho de viajar aquel día en autobús removió cosas ya olvidadas. También es cierto que es el único medio de transporte que todavía no domino. El tren, ahora, me parece hasta cómodo y el avión ya no me da el miedo que solía. El coche tampoco es un problema, siempre que conduzca alguien de mi confianza. Me fastidia esto, ahora, porque es importante, y también porque este año he superado un montón de cosas que me parecían impensables hace un tiempo. Y es por eso que me siento derrotada.

Por otro lado, las cosas están cambiando bastante para mí. He dejado a mi novio hace dos semanas. No es que la cosa haya cambiado mucho, en realidad. Nos seguimos viendo con la misma frecuencia, y la manera de terminar ha sido de lo más armónica, a pesar de haberle dejado por otra persona. Ha sido una decisión totalmente impulsiva porque a la otra persona, en realidad, no la conozco. Sólo sé de él lo que él ha querido contarme, que no es mucho y, a pesar de habernos declarado nuestra mutua intención y deseo de estar juntos, ni siquiera sé si lo estamos o no. Es algo que se resolverá el domingo, supongo. Pero las cosas transcurren de manera extraña. Llevaba seis meses viéndole casi a diario y no me atrevía a decirle nada. En seis meses una puede pensar muchas cosas, inventar muchas fantasías. Es decir, estaba llegando a un punto en el que, o actuaba ya, o la situación con él iba a convertirse en un tema de "amor platónico" sin más. Nunca me había ocurrido algo así, sentirme tan incapaz de decirle a alguien "me gustas" o tratar de iniciar una conversación de alguna manera. Sólo me dedicaba a mirarle silenciosamente porque su presencia me imponía tanto que no podía siquiera sonreírle o lanzarle alguna mínima señal de interés. Él me miraba también, por eso yo me sentía relativamente segura respecto a la idea de que, si algún día me atrevía a decirle algo, él no iba a rechazarme de lleno. Absurdo. Todo tan absurdo... empezaba a sentirme como una adolescente. Y, un día, me atreví, y todo fue maravillosamente sencillo. Hace dos semanas de aquello. Hubo una primera cita y él, como buen sagitario, me aclaró bastantes cosas acerca de lo que quería de mí y me preguntó qué es lo que quería yo de él. Me pilló sin respuestas y le dije que lo pensaría -por mi situación, el hecho de pensar en qué quería yo de alguien que no fuese mi novio, me dejaba inmediatamente sin respuesta. Así que no pensé. Actué. Dejé a mi novio. De nuevo, absurdo, pero estoy razonablemente segura de que lo quiero así, al menos por ahora. El otro chico "desapareció" después de aquello y, tras unos días, me convencí de que todo había acabado sin haber empezado siquiera, hasta que él me aseguró, vía sms, que quería estar conmigo. Absurdo, absurdo, absurdo. Lo reconozco. Lo que empieza tan mal, acabará seguramente peor, pero no me importa porque voy a llevar este absurdo hasta el final. Simplemente, quiero hacerlo y ya está. Y eso es algo que hacía tiempo que no podía decir con tanta seguridad.