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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

viernes, 23 de noviembre de 2007

La crisis de los tres años (y medio)

Sí, regreso hoy, aunque quién sabe durante cuánto tiempo. No tengo ganas de escribir últimamente. Comienzo a tener la necesidad de experimentar una nueva sensación de inmovilidad, de silencio -pienso que deberíamos hablar menos, contemplar más, en el sentido verdadero de contemplación que, en efecto, tiene que ver con inmovilidad y con silencio. Pero... esto no interesa, por el momento.

Hay ocasiones, no obstante, en las que sí me gustaría hablar de cosas muy concretas. Tal vez de la última película que he visto ("Rebeldes del swing", para quien esté interesado), o de un libro, o del caso que me ocupa en estos momentos: algún problema de difícil solución. Normalmente, para hablar de todas estas cosas que tienen que ver con música, libros, cine, etc., escogía a mi novio, que me escuchaba (y me escucha), aunque no tenga verdaderamente los mismos intereses que yo. Ahora, cada vez me interesa menos hablarle de nada de esto... o de nada de nada, en realidad. Y, es fácil deducirlo, ese es el problema de difícil solución.

He leído alguna vez algo acerca de la llamada "crisis de los tres años". No sé si tal cosa exista y realmente no he tenido ocasión de comprobar si es cierto porque mis relaciones pasadas no han sido tan largas -sí, tuve una que duró cinco años, pero no era realmente una relación. Más bien era ilusión y ceguera por mi parte. Ahora, sin embargo, llevo tres años y medio con mi novio y empiezo a plantearme cosas que me preocupan. No voy a entrar en detalles porque es tedioso y porque no me apetece nada, pero lo que sí que diré es que me aburro. No es que me aburra con él, es que me aburro en general. Sólo que él no ayuda. Quiero, de una vez por todas, cambiar de vida. Eso implica un montón de cosas, principalmente un cambio de actitud. Y siento que, en caso de producirse el cambio, me gustaría estar sola. Vivirlo sola. Suena a egoísmo, me doy cuenta, pero es algo totalmente diferente: la soledad es mi estado natural. El hecho de que exista otra persona, obviamente, implica un estado de no-soledad, y ahí llega el problema. No puedo estar sola estando no-sola. Pero tampoco puedo estar sin él -y no sé si es dependencia absurda o simplemente que le quiero. Probablemente un poco de ambas cosas.

Mi actitud al respecto es la de siempre: viajar, como una Alicia cualquiera, a un país de las maravillas en el que nada de lo que hay existe pero sí existe todo lo demás. Y los sueños, desde luego, en los que soy una Victoria feliz y no hay nada que realmente me perturbe (al final será verdad eso de que los sueños ayudan a mantener la cordura).

Oh, sí, desde luego él y yo hemos hablado de esto hasta la saciedad. No digo que hayamos peleado por esto hasta la saciedad, que son cosas distintas. En realidad, no peleamos nunca por nada. Hablamos en bajito, como en esas películas en las que todo el mundo habla un montón pero nunca pasa nada de nada. En el fondo, ahora que lo pienso, a eso exactamente puede compararse nuestra relación: a una película en la que la gente habla y habla, hasta por los codos, pero al final nunca sucede nada. Ah, pero eso sí: con un montón de lo que los ingleses llaman "dry humour" que, se mire por donde se mire, siempre es de agradecer, ¿no?

viernes, 5 de octubre de 2007

¿Quién es Paul Auster?

Estoy leyendo, por primera vez, una novela de Paul Auster. No, en realidad por primera vez no. Es mi segunda novela del sr. Auster, ya que la primera fue ese libro en que se basan las películas Smoke y Blue in the Face pero, curiosamente, mientras leía este primer libro no era consciente de quién era el autor, y tampoco me importaba demasiado.

Una digresión para comentar que, hace unos cuantos años, tuve la oportunidad de ver ambas películas en el cine, en versión original, y me gustaron tanto que accedieron inmediatamente a mi lista de "películas favoritas", una lista llena de rarezas y nostalgias, tengo que añadir. En aquel momento, mis visitas al cine eran mucho más frecuentes que ahora y no hacía gala de mucha capacidad de decisión en cuanto a las películas que veía. Por eso, cuando hallaba alguna pequeña joya, se me quedaba grabada en la memoria para siempre. Era la época pre-internet y no tuve la oportunidad de lanzarme a Google a buscar información sobre las películas, así que ahí me quedé, rumiándolas durante días y haciéndoles un huequito en mis afectos. Casi envolviéndolas en un pañito de seda para que no cogiesen frío por las noches, si es que se entiende la metáfora.

El caso es que, estas últimas semanas, el nombre "Paul Auster" comenzaba a perseguirme por todas partes. Ya se sabe cómo funcionan estas cosas: de repente algo llama tu atención y no importa por cuánto tiempo lo ignores. Al final habrás de sucumbir. Antes de precipitarme a la Biblioteca local, miré en la Biblioteca de mi casa, que suele sacarme de los apuros más inmediatos, y ahí estaba el libro de Paul Auster, todavía envuelto en el plástico -es una manía de mi hermana, dejar los libros siempre dentro del plástico protector. Me pone de los nervios, pero tengo que reconocer que tiene sentido y los libros se conservan mejor así-. Ahí estaba "Leviatán", como digo. Sólo por el nombre no me parecía demasiado interesante, y mucho menos tras haber hecho la búsqueda correspondiente en internet y haber hallado otros títulos muchísimo más sugerentes. Sin embargo, la necesidad no me permitía ponerme con exquisiteces, y comencé el libro hace un par de noches.

Es curioso, es tremendamente curiosa la sensación que me está dejando el libro -ya lo tengo casi acabado-. Ya sé que nos ha pasado a todos, pero las coincidencias tienen siempre un efecto impresionante sobre mí. El caso es que ayer leía y, de improviso, me encontré con la descripción de una peculiaridad o extravagancia de un personaje. Os lo prometo, no es una de esas peculiaridades que compartes con todo el mundo. Es una cosa condenadamente rara o, tal vez, algo de lo que la gente no habla. No lo sé. No digo que me sentí identificada porque no, no me dio por sentirme identificada con el personaje, pero la descripción, el diagnóstico de ese personaje coincidía conmigo de principio a fin. Me precipité a leer acerca del porqué, acerca del origen de esa extravagancia nuestra. Saltaba de línea en línea como un corredor olímpico para poder leerme ahí, en ese libro que, por otro lado, seguía siendo una historia interesante, pero sin relación conmigo. Y entonces, con ese egocentrismo que caracteriza al lector de historias, me pregunté "¿Y este señor de qué me conocerá?" No fue sólo esta anécdota. Lo cierto es que en otras partes del libro reconocí como un eco de mis propios pensamientos acerca de otras cuestiones. Casi como una confirmación de unos pensamientos que había tenido hace pocos días. "¿Quién es Paul Auster?", pensé, una vez se me pasó el ataque de egomanía. Y es que no tengo ni idea, de verdad. Normalmente, tras haber leído un libro o dos de un autor, suelo tener la sensación de saber algo sobre ese autor, aunque sólo sea algo sobre los temas que le obsesionan o una conjetura acerca de su manera de ver el mundo, pero con el sr. Auster estoy totalmente despistada, por el momento.

Y, en fin, creo que sólo hay una manera de averiguar quién es Paul Auster. Os informaré si descubro algo más. Tal vez se me convierta en la nueva obsesión mensual.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Cosas que no importan y cosas que sí

Ya no me miras al pasar por mi lado, como ocurría antes o como en el poema, y no es que me importe, sólo que, ahora, me siento algo más sola.

Tú no me buscas más con la mirada, y cuando estoy allí haces como si no estuviese. Lo que no sé es si, cuando no estoy allí, te imaginas que estoy. No me importa tampoco aunque, la verdad, cuesta un poco imaginarse que todo se terminó.

Estáis allí y, dicho así, hasta parece una certeza, pero, os lo prometo, ya no me importa.

Y, mientras, en el resto del mundo, la gente sigue viviendo, cada uno su vida y tal vez, incluso, también la vida de otros, pero yo estoy aquí, tiritando de frío y casi muerta de miedo. Y no me parece estar viviendo mi vida, pero sí tengo la impresión de que otros la están viviendo por mí.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Pisaverdes

Hace unos meses leí que en una página web (http://www.escueladeescritores.com/apadrina-una-palabra) habían iniciado una convocatoria para apadrinar una palabra a punto de desaparecer. No participé en su día, pero ahora estaba recordando esto precisamente -extrañas conexiones mentales- y he pensado, ya que estoy en pleno ataque de ansiedad por escribir, que podría hablar un poco sobre la que es, posiblemente, mi palabra preferida de este hermoso idioma nuestro. Normalmente, cuando a alguien se le pregunta acerca de su palabra favorita, las primeras que vienen a la cabeza son palabras con significados bonitos, pero nada espectaculares en cuanto a sonoridad o en relación con la imagen mental que sugieren. Así me ocurría a mí también cuando alguna vez se me planteó la cuestión. Sin embargo, descubrí hace un tiempo que había una palabra especial para mí, una palabra que, ¿puedo decirlo así?, invariablemente me dibuja una sonrisa en los labios. Y supe que me gustaba tanto porque trataba (y trato) de incluirla en los textos siempre que viene al caso. Algunas veces también cuando no viene al caso. Esta palabra tan especial para mí es "pisaverde". Recuerdo todavía la primera vez que la vi. Yo leía un libro -lamentablemente no sé cuál exactamente- del genial P.G. Wodehouse, un hombre que, al parecer, sabía lo suyo sobre pisaverdes, y me quedé fascinada. Después, cuando consulté el significado de dicha palabra, me vino a la cabeza una imagen mental que todavía perdura hoy en día cuando me imagino al tal pisaverde. En mi imagen, un hombre que se parece extraordinariamente al Dorian Gray de Oscar Wilde -o al hombre que yo imagino como Dorian Gray-, está fumando despreocupadamente, con un cierto gesto despectivo en el rostro, sobre el césped o sobre una superficie verde.

Siempre soñé con enamorarme de un pisaverde. Es difícil porque, hoy en día, no existen ya, al menos no como esos jovencitos ociosos vestidos a la última moda (de la época, esto es, de finales del siglo XIX o principios del XX) y sin otra ocupación que el galanteo frívolo y juguetón con muchachas hermosas de tez pálida. Pero sí los hay que fuman despreocupadamente y que, con frialdad calculada y fingida, te dirigen miradas mitad burlonas mitad seductoras a las que yo, por cierto, no puedo resistirme casi nunca.

Y termino la entrada con la definición proporcionada por la web de la Real Academia, http://www.rae.es/ para la palabra "pisaverde": "Hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos".

jueves, 20 de septiembre de 2007

La navaja de Occam

Desde hace un par de días me encontraba yo absorta en la investigación de un pequeño misterio, de ésos cotidianos, de andar por casa. Tas meditar largamente sobre el asunto en cuestión, por fin llegué a una conclusion que, en el momento, me pareció bastante satisfactoria. Y así, tan contenta como estaba, me dispuse esta tarde a escuchar la confirmación de mi teoría. Sin embargo, no ha habido confirmación. No ha habido nada parecido a una confirmación. La verdadera solución del pequeño misterio no tenía nada que ver, ni remotamente, con lo que yo había pensado. Tras unos momentos de estupefacción y de pensar que soy idiota por no haber dado con una solución tan simple, y mientras me lamentaba de mi absoluta falta de inteligencia, NW. me ha dicho: "No es que seas idiota, es que tiendes a pensar siempre en lo más complicado y descartas lo evidente porque te parece demasiado simple". "¡Claro!", he pensado yo, "la navaja de Occam. La solución más sencilla es probablemente la correcta". Y es que así es. Este misterio, que tenía que ver con averiguar la forma en que una persona actuó en una situación determinada, tenía una solución maravillosamente simple: actuó como lo hubiesen hecho la mayoría de las personas (de su edad y características) en una situación similar. Saltaba a la vista, desde luego. Pero yo no supe verlo o miré hacia otro lado, no supe ponerme en el lugar de esa persona, tal vez, o simplemente se me escapó lo evidente por perder el tiempo pensando en lo sólo remotamente posible.

Bien. Es una lección aprendida. "Simplificar siempre", solía decir un chico que conozco. Parece ser que tenía razón.

(Sherlock Holmes, mi héroe de hace unos cuantos meses, me habría mirado con lástima y me habría sugerido, de esa manera suya tan británica, que me dedicase a otra cosa).

martes, 18 de septiembre de 2007

Hey, get out of my way - only kidding

Si las cosas vuelven a la normalidad algún día -y sucederá, algún día- tal vez podamos tomarnos unos segundos para explicarnos en silencio, sólo con la mirada, qué fue lo que verdaderamente ocurrió entre nosotros.

Y me refiero a todo. A todo.

domingo, 16 de septiembre de 2007

El recuerdo recobrado

Y sus gritos, finalmente, consiguieron hacerse oír sobre los ruidos de los coches, el sonido de las pisadas, el estruendo de la vida cotidiana, segura, sin riesgos. Y ella dirigió sus pasos de nuevo al punto de encuentro, el lugar de siempre, y se reanudó algo que nunca llegó a terminarse del todo, a pesar de todos los esfuerzos, a pesar de una ausencia calculada, a pesar de sus deseos de salvarse.

Un día para estar juntos y encantar el deseo de pasar toda una vida y más juntos. Y después, cada uno seguirá su camino y terminará. Sin mirar hacia atrás, sin pensar en cómo podría haber sido. Un día juntos podría significar más que toda una vida.

Y entonces sí, el recuerdo se tornará silencioso y comenzará a dormitar, y no despertará ya de ese sueño, jamás. Mientras tanto, los gritos, ahora mismo, no me dejan oír ni siquiera las palabras que escribo.

jueves, 13 de septiembre de 2007

La necesidad

Estos últimos días en los que los acontecimientos, imparables, casi, casi me asfixian, en los que apenas tengo tiempo siquiera para estar conmigo misma a solas, escribir ya no es, como lo fue en alguna otra ocasión, ni un placer, ni una tortura, ni un revulsivo, ni una obligación. Ahora, cuando la noche cae sobre mí y me susurra al oído una sola e inflexible orden, (¡duérmete!), estos ratitos para escribir son, más que cualquier otra cosa, una necesidad (pero, ¿acaso no lo fue siempre? ¿No lo es siempre para los locos introvertidos como yo, para los que pensamos en renglones y párrafos, para los que sentimos el mundo como una complicada y -tan extensa, tan reducida- novela?).

Y lo cierto y lo extraño es que ni siquiera me apetece hablar aquí de los acontecimientos antes mencionados. No necesito hablar de ello, sino sólo atravesar el momento de la mejor manera posible, y he aprendido que las cosas mejor hacerlas sin pensar, mejor no hablar mucho de ello. Lo más importante es lo que no ha de ser nombrado. En ocasiones, ni siquiera es posible hacerlo.

Más que nunca necesito un lugar para estar a solas. Acondicionar una de las innumerables habitaciones de mi mente para hacer magia, alquimia interna. Esta palabra, alquimia, lleva años obsesionándome, tanto como transmutación. Son ambas palabras sonoras, de las que se diría que esconden algún secreto. Y es que, ¿cómo transformar cualquier metal en oro? ¿Cómo transformar miedos, compulsiones, obsesiones y otras tantas fallas en tan ilustre metal? La respuesta, espero, me encontrará algún día cuando vaya por ahí distraída, pensando en mis cosas. La respuesta me desvelará secretos y me planteará nuevas preguntas, casi seguro.

Mientras tanto, sigo con mi vida aderezada de acontecimientos. Tal vez finalmente sea verdad que mi vida contemplativa comienza a transmutarse en algo distinto, algo incierto aún, pero ya bosquejado. Veremos.

(Hoy me hice por fin con el nuevo libro de "El Guardián entre el Centeno", con la traducción revisada y ligera, pero acertadamente, me parece, modificada. El tipo de detalle que me hace sonreír y ser feliz en un día tan lleno de detalles).

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Inexactitud del momento

Si hubiese permanecido unos minutos más, sé que algo habría ocurrido.
(Quiso suceder)

El recuerdo olvidado

Él la ignora. Ella le ignora. Hace más de un mes que ella no se ha dejado ver por el lugar de siempre. Pensó en simplificar su vida, en deshacerse de lo no útil o de lo no posible y él, que entraba en la segunda categoría, hubo de convertirse en otro recuerdo. No un recuerdo cualquiera. Ninguno de ellos puede ser, en realidad, un recuerdo cualquiera.

Él es un recuerdo olvidado. Forzado al destierro, destinado a las habitaciones invisibles, tras el proceso de olvido -o tras el intento de olvido-, él no es siquiera un fantasma. Sería más acertado decir que es una sombra. Algo que recuerda a algo que recuerda a algo, pero jamás lo suficientemente visible como para averiguar cuál fue el origen.

Y, sin embargo, cuando ella se pone a pensar, y pasa minutos con la mirada perdida, y en su mente sólo aparecen pensamientos sin forma, inidentificables, ella recuerda palabras y gestos, miradas, su voz, su sonrisa -fue siempre su sonrisa, desde el primer momento-. Y entonces ella hace un gesto en el aire con la mano, como para hacer que tales recuerdos, inapropiados, se desvanezcan de nuevo, se conviertan, una vez más, en la sombra olvidada.

Ellos jamás se buscan, aunque hubo un tiempo en que lo hicieron. Muy a pesar de ellos mismos, se buscaban con la mirada, con los pasos, que siempre los llevaban a los mismos lugares, con los labios y con las manos. Y las noches terminaban en estallidos de un placer con cierto sabor a felicidad y con un regusto final de pérdida. Ellos no se buscan pero, a través de otros, siguen manteniendo una especie de conexión. Ella no sabe de qué tipo, sólo siente cosas que no quiere analizar.

Él es un recuerdo convenientemente olvidado, una sombra eficazmente suprimida y, no obstante, algunas noches la sombra comienza a gritar, tal vez sólo para no olvidar su propia existencia, o para recordar que las sombras también tienen voz.

domingo, 9 de septiembre de 2007

La seducción lenta

Puede ocurrir, y de hecho ocurre en ocasiones, que estés en un bar tomando café con amigos, o sola, leyendo, o que simplemente estés allí, medio presente medio ausente, en tus pensamientos, y sientas, de repente, un par de ojos clavados en ti. Las personas tenemos facilidad para notar esas cosas, para saber cuándo alguien mira fijamente; cuestión de energías fluyendo o de supervivencia, o lo que sea. El caso es que se sabe. Entonces levantas la mirada y observas a la persona en cuestión que, en efecto, te está mirando, y tiene una expresión peculiar en el rostro, un tipo de expresión que apenas varía de una persona a otra. Y lo sabes. Sabes exactamente qué está pensando. Y te da exactamente igual. O casi.

Es posible que, después de ese primer contacto ocular sucedan otros, por pura curiosidad. Sin ninguna clase de interés real. Al principio es una suerte de extrañeza y ganas de saber por qué esa persona te mira de esa forma tan peculiar -aunque ya lo sepas, siempre hay una cierta confusión, una pieza que falta, algo más por descubrir-. Esa persona, la que mira, podrá interpretar a su vez qué significan tus miradas rápidas y constantes, sólo que su interpretación no siempre será acertada y más bien dependerá de su estado anímico en ese instante. Si se deja llevar por la euforia del momento, sentirá que puede proceder a un acercamiento. Si no, simplemente se rendirá, o se conformará, o esperará.

La noche -o la tarde, o la mañana- puede acabar así o de otras mil formas. Pero, en términos de conquista lenta, probablemente esa noche terminará con un par de pensamientos que, sin hacer mucho ruido, simplemente se perderán entre sueños.

Sin embargo, tal vez suceda que, contra todo pronóstico, comiences a encontrarte los días sucesivos con esa persona en todas partes. Sus miradas serán intensas, y la intensidad será inversamente proporcional al tiempo que tenga para mirarte. A más tiempo menos intensidad y viceversa. Así que si, en medio de un paseo, la oportunidad se confabula con esa persona, notarás cómo eres mentalmente desnudada por alguien en medio de la calle. Y sólo podrás dedicarte a mirar tus zapatos con un repentino y sorprendente interés mientras sientes que te arde la cara.

Esta situación se repetirá durante varios días seguidos, semanas, meses incluso. Tú normalmente tendrás la cabeza en otra parte -o en otros hombres- y los pensamientos dedicados a esa persona serán breves y residuales. Pero puede ocurrir, y esto es lo misterioso, que, después de algún tiempo, las miradas de esa persona de algún modo comiencen a empaparte, como la lluvia fina. Y cuando te quieres dar cuenta ya estás dentro del juego: no dejas de pensar en esos breves momentos de encuentro y reconocimiento. Con cierta sensación de vergüenza y un impulso que no es del todo decisión tuya, es posible que incluso comiences a provocar dichos encuentros. Coloridos adjetivos aparecerán de la nada para definir a ese hombre, y pensarás en él con términos tales como "guapo" o "feo" o "interesante" o "intrigante", o incluso "peligroso". Puede ser también que empieces a tener fantasías inconfesables referentes a esa persona que ni tan siquiera te ha saludado aún ni una sola vez, cuyo nombre no conoces y cuya actitud, por cierto, cada vez te intimida más, por mucho que su técnica no haya variado ni un ápice en las últimas semanas -pero sí tu disposición-.

Es la conquista lenta. Es cuando un hombre se empieza a colar sin permiso en tu vida y en tus pensamientos. Es cuando, de pronto, sólo te queda una cosa para salvarte y no caer finalmente en una tentación en la que, bien lo sabes, no es sensato ni conveniente caer: tu fuerza de voluntad.

Es de locos descubrir que es tan sencillo atascarse en la mente de una persona. Esta técnica lleva su tiempo, sí, pero al parecer da mejores resultados de lo que podría pensarse a nivel teórico.

Yo, no lo dudéis, me seguiré rebelando, me seguiré resistiendo a caer de bruces (en su cama, supongo). Pero lo cierto es que hoy me saludó por primera vez en todo este tiempo y yo le respondí con un débil "hola", pronunciado con voz ronca por tener la garganta seca, y creo que después hasta sonreí un poco mientras un repentino y extraordinario interés en mis zapatos se apoderaba de mí.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Tranquilidad

Termina el verano y soplan los primeros vientos otoñales. De color dorado, caen sobre mí como una bendición. A pequeña escala siento algo que ha de parecerse a la felicidad. Es una sensación de bienestar y tranquilidad, nada espectacular, nada de efectos especiales. Es del tipo de emoción minúscula que casi nadie nota, pero yo, siempre obligada a emocionarme hasta la locura, siempre fiel a mi tendencia a desesperarme hasta bordear el abismo, poseo ahora una felicidad pequeñita y suave, como una bola plateada que flota ante mis ojos, hipnótica y bella.

Uh-oh.

Nuevas y sorprendentes perspectivas de trabajo para desempeñar una labor a la que nunca quise dedicarme, y sin embargo, me he sorprendido deseándolo, me he sorprendido queriendo hacerlo -¿me estaré volviendo valiente?-. No es probable que me contraten, pero el hecho de haberlo deseado, a pesar de todo, a pesar de mi reticencia, me sorprende y me mantiene con esperanza.

De nuevo, uh-oh.

Me tomé el mes de agosto para mí. Quise aprovechar el tiempo conmigo misma y con quien me apetecía estar. Rompí algunas relaciones que habían llegado a su fin de modo natural, abracé otras con más intensidad, con mayor grado de compromiso. No me rendí ante mi debilidad, la mayor de mis debilidades: pensar, pensar, pensar. Analizarlo todo sin llegar a conclusiones. No quise estropearlo. Tuve, lo confieso, días malos y días muy malos, y sólo raramente momentos buenos. Pensé que algo no estaba funcionando, que mi plan no estaba saliendo bien pero, ahora, escribo esto y soy tranquilidad. No es sólo que esté tranquila. En este preciso momento, soy pura tranquilidad.

Momentos raros y preciosos, bellos gracias a su extrañeza.

Sigo aquí, y tengo ganas de cantar.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Y todavía es verano

Noches de insomnio, calor, preocupación, dudas, oscuridad. Noches eternas, infames, terroríficas, atravesadas por rayos de desesperación intermitentes.

Pero no hablaré de nada de ello y todo desaparecerá.

Debería estar tumbada en la cama, leyendo, en lugar de estar aquí, preocupándome. Después de haber devorado ya muchas historias de los detectives que se han convertido en mis amigos nocturnos estos últimos meses -Holmes, Poirot, el Padre Brown, Miss Marple-, quiero regresar a los clásicos. A lo que yo llamo clásicos. Y mi definición no ha de coincidir forzosamente con la de nadie.

¿Qué es un clásico -para mí-? Es una historia que deja -en mí- una huella indeleble, de las que marcan el presente, el momento preciso en que mis ojos recorren las líneas, el futuro, que ya nunca podrá ser el que iba a ser -qué paradoja tan deliciosa para una determinista como yo- e incluso, y esto es seguramente lo más importante, me reinventan pasado. Un clásico puede ser algún oscuro libro escrito por un autor semidesconocido hace tres o cinco años, o uno en cuya contraportada nunca dejaría de aparecer la palabra, tan sugerente, tan biensonante, "clásico". Tienen otras características, entonces, y no sólo que "resistan el paso del tiempo". Al fin y al cabo mi tiempo aquí es limitado, como el de todos.

Bien. Hoy visité una librería. Pasé largo rato en la sección de los clásicos, pero nada había cambiado desde la última vez, salvo una pérdida. "Crimen y Castigo", en edición pequeñita, de bolsillo, había desaparecido. (Y ahora me da lástima no haber sido yo quien se lo llevara a casa). Pero, volviendo al tema, es posible que yo tenga un defecto de fabricación porque la literatura escrita en mi país me aburre soberanamente. A duras penas pude interesarme por alguno de los libros de lectura obligatoria en el instituto -excluyo el que leí de Valle Inclán y el de Baroja, el fantástico "El Árbol de la Ciencia" que, no sé por qué, siempre ha estado y siempre estará asociado en mi mente con "El Extranjero", de Albert Camus-, y para mis lecturas siempre escojo a autores extranjeros. Como digo, es posible que sea un defecto mío de fábrica, pero he comprobado, con un cierto hastío ya familiar, y hasta con un suspiro de resignación, que la sección de clásicos de la librería estaba repleta de libros españoles. Y apenas nada más. Así que me he marchado de allí con las manos vacías, después de repasar rápidamente las otras estanterías, sabiendo que no iba a encontrar nada de Anaïs Nin, o de Dostoievski, y que de Henry Miller sólo tendrían los Trópicos. Yo también los tengo.

Son aburridas, las tiendas. Lo sé porque llevo un par de meses en plan compradora compulsiva -y ya tengo el motivo medio analizado, incluso- y todavía no he visto nada, en ninguna, ni de libros, ni de ropa, ni de nada, que me haya hecho abrir los ojos de par en par o mover la cabeza de arriba a abajo con sonrisa de satisfacción o de estupefacción. Las tiendas son como los días de verano, que ya se sabe lo que traen consigo: menos ropa, más calor, playas, piscinas, helados... Las tiendas, en esta época, son un refugio para paseos solitarios, cuando sabes que es muy posible que el día no te ofrecerá ya nada interesante.

Me voy... Me callo, quiero decir. Mis últimas entradas han sido... sí, me doy cuenta. Comprendedme, es el verano. Y en verano es como si todos los días fuesen domingo. Qué ganas tengo de que comience a hacer frío de nuevo y los días no sean tan largos ni las noches tan insomnes.

viernes, 20 de julio de 2007

Días-de-absolutamente-nada

Hoy es uno de esos días-de-absolutamente-nada, de la variante de-los-que-prometían. Esto es, uno de esos días para los que una tenía planes, planes que incluso le apetecía llevar a cabo, pero que se tuercen desde el primer momento y resultan ser incluso más vacíos e insulsos que los otros días-de-absolutamente-nada habituales o pertenecientes a otras variantes.

Me he despertado escandalosamente pronto después de haber dormido alarmantemente poco. Como estoy medio liada con un proyecto sobre sueños lúcidos -sobre el que escribiré información en el momento en que pueda ordenarlo todo un poco-, he tenido que buscarme una luz improvisada -la del móvil- para garabatear en un papel el sueño de esta noche -¡con un boli de tinta lila!-. Y no he podido volver a dormir, así que ahora estoy pensando seriamente si no sería conveniente ponerme un artefacto como el que le hacían llevar al prota de la Naranja Mecánica en los ojos para que no los cerrase. Y, después, tras una serie de infortunadas coincidencias, he visto cómo todos mis planes para hoy se derrumbaban poco a poco. No es que me importe mucho en realidad, y además estoy demasiado cansada como para enfadarme o quejarme a los dioses, pero lo que sí me molesta un poquito es en lo que se ha convertido el día. No es para menos.

Lo curioso de los días-de-absolutamente-nada es que son densos y tienden a prolongarse en el tiempo, de modo que, si te descuidas, te encuentras a veces teniendo semanas-de-absolutamente-nada cuando en principio todo parecía ir bien, normal. Es decir, esos días son capaces de ocuparlo absolutamente todo, y la sensación es bastante desconcertante. No son mini depresiones y tampoco son días rojos à la Holly Golightly. Son... algo distinto. Algo pesado, informe y posiblemente indefinible.

Mis días-de-absolutamente-nada preferidos son los de la variante en-las-nubes. Típico ejemplo de esos días es cuando una se enamora o cuando, después de buscar un libro durante años, por fin lo encuentras en un rincón de una vieja librería y no quieres ni tocarlo. Sólo puedes dejarlo sobre una mesa y mirarlo extasiada largo rato mientras piensas "cielos, por fin, por fin". También me gusta la variante como-en-sueños porque tiene una dosis de surrealismo que anima mucho las cosas. En esos días tienes la sensación de que podrías volar si te esforzases lo suficiente -de ahí el surrealismo.

Lo único bueno de hoy es que tengo ganas de escribir, a pesar de que apenas pueda mantener los ojos abiertos o expresarme con coherencia. Pero con eso ya me doy por satisfecha. Hoy sí.

domingo, 15 de julio de 2007

Si no hablas de ello, no existe

Esa es la actitud cuando se tiene miedo. Si no lo mencionas, no existe. Si no piensas en ello, no debes preocuparte. No está ahí, por más que uno sienta la melancolía flotante, y el dolor de cabeza también flotante, y la sensación de que hay una extraña criatura en tu alma luchando por salir, y gritando, y maldiciendo. Pero si no se verbaliza, si no hay manera de ponerlo en palabras, no pasa nada. Acuéstate y mañana todo habrá sido un mal sueño.

Tengo aproximadamente treinta minutos antes de caer de bruces sobre la cama. Ahora recuerdo algo: él me dijo que, al acabar el día, siempre lo repasaba, el día, de principio a fin. Me pareció sabio. Me pareció, viniendo de él, una de estas pequeñas enseñanzas no requeridas que el universo (o los dioses, o los sabios de la montaña) te otorgan porque sí. Como un regalo. Ahí lo tienes: eres libre de usarlo o de ignorarlo. Tú verás.

Llevo algunos años tratando de averiguar la verdad que se esconde detrás de las cosas, de todas las cosas. En caso de que sea algo más que una quimera absurda o algo del todo imposible, -que no lo es-, ¿qué ocurriría al alcanzar dicho conocimiento? ¿Cómo un vulgar mortal, una ridícula personita que no tiene ni idea siquiera de qué coño está haciendo aquí o de cómo manejar su propia vida, podría encajar una verdad de tal poder? ¿No sería demasiado? ¿No le estallaría la cabeza? ¿No es pretenciosa la sola idea de intentar algo así?

Relatos sobre la Iluminación he leído unos cuantos. Gente que tal vez llegó a ese punto de elevada comprensión -NW. siempre dice que lo malo de los seres humanos no es que carezcamos de inteligencia, sino que la mayoría carecemos de capacidad de comprensión... y debo añadir que lo dice sin ningún tipo de arrogancia, pues la arrogancia no se hizo para personas como él-, gente que llegó allí, digo, y no sólo no tuvo problemas del tipo de cabezas estallando, sino que incluso experimentó algo como una especie de fusión con la Conciencia del Universo. No es sencillo para mí hablar de esto cuando sólo he experimentado parciales, diminutas y limitadas iluminacioncillas. Como cuando estaba en el instituto estudiando la parte de lógica del temario de Filosofía y creí, en un momento dado, entender de qué iba todo aquello. Esa bombillita que se enciende de improviso en algún lugar de la casa, posiblemente la salita de estar o la habitación principal.

No sé... Es sábado por la noche y en lugar de estar por ahí nublando mi entendimiento con cervezas -la opción más sana en este preciso momento-, estoy aquí en pleno desvarío, hablando conmigo misma -¡y exponiendo la conversación, en tiempo real, en un blog, cielo santo!- de cosas que al fin y al cabo ni siquiera puedo expresar correctamente. Ésa debe de ser la señal. Es hora de ir a la cama, me parece. Rápido. Rápido y lentamente.

sábado, 14 de julio de 2007

Posibilidades infinitas

¡Demonios!

¿Recuerdas el último día cuando me mencionaste una canción, que era tu canción favorita de todos los tiempos? En aquel momento, a pesar de haberla escuchado en muchas ocasiones, no tenía la letra en la cabeza así que no supe demasiado bien a qué te referías. Ahora acabo de escucharla y me he dado cuenta de que me estabas hablando de un tema en el que he pensado unas diez mil veces. No sólo eso, sino que incluso pensé en escribir un relato sobre ese mismo tema. (En tareas pendientes, como otras tantas cosas).

He pensado mucho, me he preguntado tantas veces en qué podría haberse convertido mi vida si todo hubiese seguido por el camino establecido, si las cosas no hubiesen cambiado radicalmente en algún punto de dicho camino. Y antes fantaseaba con todas las vidas que hubiese podido vivir -aún lo hago, aunque ahora es distinto- y todo el éxito personal que, creía, debí alcanzar. Alguien me dijo una vez que no hay infinitas posibilidades, que las posibilidades para una persona son limitadas. Como soy, sobre todas las cosas, una idealista sin remedio, en principio no comprendí a qué se refería pero, una vez hube pensado en ello, tuve que reconocer que aquella persona tenía razón. Las posibilidades en la vida de una persona son limitadas. Nadie puede ser, y me viene a la cabeza aquella maravillosa película, Irma la Dulce, como el barman de aquel bar donde se juntaban todos los personajes. Catedrático de universidad y asesino a sueldo, alpinista, conductor de camellos en el desierto y pintor abstracto. Escritor, sociólogo, detective, pisaverde y archivista, ¡todo al mismo tiempo! Mmm, ¿te imaginas lo divertido que sería poder escoger cada día, como escogemos la ropa en la mañana, la vida que uno va a vivir? ¿Te imaginas que no hubiese futuro, o que a nadie le preocupase, que sólo viviésemos el instante presente tal y como hemos decidido hacerlo? Y el día siguiente sería algo totalmente nuevo. Sé que tú lo intentas, a pesar de todo, sé que intentas vivir todas las vidas posibles y me divierte, y me encanta. Al menos no podrás decir que has pasado por esta vida sin aprender todo lo posible.

¿Cómo lo haces para hablarme siempre de cosas que secretamente me obsesionan? (Tampoco he olvidado lo de, en palabras de Castaneda, los "pinches tiranos") ¿Cómo es posible que escojas los temas con tanta precisión? ¿Es que me conoces de antes o es simplemente una casualidad (¿existirán?) como esas que tanto me gusta analizar?

¿No empieza a ser peligroso todo esto?

lunes, 9 de julio de 2007

El desván donde vives

Odio leer las cartas antiguas, odio las antiguas conversaciones. Esta noche no tengo sueño. Podría haber ido a la cama, pero me he quedado aquí, como tantas otras veces, y no he podido evitar abrir la caja de los recuerdos. “Será divertido”, he pensado. Pero no, no lo ha sido. Sólo me ha hecho recordar.

Hay dentro de mí como una especie de desván, con una puerta que no se abre nunca. En el desván hay un viejo sillón desvencijado de color granate, una cama antiquísima, de las que hacen ruido con sólo mirarlas, un maniquí sin cabeza, dos sillas, una con sólo tres patas y la otra desfondada, y un enorme baúl cubierto de polvo. En el techo hay unas cuantas telarañas y una claraboya sucia. Dentro de ese baúl guardo tus recuerdos, nuestros recuerdos. Y el desván es la habitación donde vives, donde te dejé atrapado, como un fantasma, incapaz de atravesar las paredes. Hoy he entrado al desván, he girado la llave en la cerradura y he visto los viejos objetos olvidados. Y el baúl... Cuando alguien entra en esta habitación, cuando alguien, en pleno ataque de insensatez, entra en esta habitación ya no hay vuelta atrás. Ha de sentarse en el horrible sillón pasado de moda, debe mirar el maniquí guillotinado y tiene, necesariamente, que abrir el baúl y enfrentarse a lo que hay allí.

Tu forma de escribir, tu curiosa forma de hablar, tan elegante, tan original. Tu manera de hacer las cosas, siempre tan tú. Todo siempre tan tú. Demonios. Cómo pude confundirte alguna vez con alguien más. Cómo pude dudar de tus frases, de tu estilo. Esas cartas son lo que alguna vez fuiste para mí, lo que hoy continúas siendo.

No, no te quiero. Pero esto me hace a recordar que te quise demasiado. Y no, no me gusta recordarlo.

Mañana lo habré olvidado.

viernes, 6 de julio de 2007

Volar

En mi Reproductor de Windows Media he inaugurado una nueva lista temática que he titulado "Música para volar". Surgió la idea mientras escuchaba un tema de Arvo Pärt y apenas podía concentrarme en lo que estaba haciendo. De hecho, ni siquiera ahora recuerdo qué hacía porque, al comenzar a escuchar la canción, tuve la sensación de haber desplegado unas alas imaginarias y haber emprendido el vuelo.

El ser humano, pienso, siempre ha tenido esa pasión, ese sueño de volar. Como los pájaros, como los superhéroes. Una vez escribí un relato muy corto que siempre me ha gustado mucho. Consistía en un diálogo entre dos personas, muy teatral y muy absurdo. Un tipo, un fanático quizás, o un loco, con una de esas solicitudes para reunir firmas le pide a un despistado y confuso transeúnte que firme para que los científicos desarrollen un sistema por el cual las generaciones venideras podrían desarrollar alas y, así, poder volar, igual que los pájaros.

Aquí está:

-Respecto a esas especies de pájaros que son tan difíciles de encontrar, le diré que no tengo nada en contra. Y sin embargo...

-¿Sin embargo...?


-Sin embargo no me gustan nada. No me gustan sus picos, ni sus cuerpecitos pequeños. Y el hecho de que puedan volar... eso me molesta especialmente.

-¿Volar?

-Sí. Volar.

-Ah... claro. ¿Y... y por qué?

-Verá, la facultad de volar es sumamente apreciada entre los miembros de nuestra comunidad. Nos molesta el hecho de que algunos seres, a todas luces privilegiados, puedan volar y nosotros no seamos capaces. Luchamos contra esa clase de injusticias, ¿sabe?

-Oh, sí.

-Sabemos perfectamente que nosotros ya no podemos hacer nada, pero nuestros científicos están estudiando la forma de conseguir que a las futuras generaciones les salgan alas, además de brazos, claro. Los brazos son muy útiles.

-Entiendo. ¿Y con qué fin?

-¡Jamás había escuchado una pregunta tan estúpida! ¿Con qué fin? ¡Nosotros queremos volar, claro! Tenemos derecho a hacerlo.

-Oh, sí, sí. Desde luego. Muy sensato...

(Pausa. Ambos se quedan callados, muy serios, mirando al suelo).

-Oh, qué lástima. Acabo... acabo de recordar que tengo que irme. Verá... es que tengo... una cita importante.


-Claro, claro. Pero, ¿le importaría firmar aquí antes de marcharse?

-E...encantado.

Como decía, siempre me gustó el tono absurdo de este pequeño diálogo. Siempre me gustó el hecho de que el hombre de las firmas expusiese su extravagante punto de vista con una lógica a prueba de bombas, y la actitud del extrañado transeúnte, que ni siquiera puede recobrarse lo suficiente de su sorpresa como para negarse a firmar.

Volar... Desde luego, nunca nos crecerán alas como a los pájaros. Sería grotesco, por otra parte. Y están los aviones, el paracaidismo pero, no nos engañemos: no es lo mismo. Sin embargo, es posible hacerlo con la imaginación, como nuestro último recurso. O en sueños. ¿Quién no voló en sueños? ¿Quién no sintió el fuerte viento en el rostro, la sensación de velocidad? ¿Quién no imaginó ser un caballo alado, o montar uno de ellos, y alejarse por el aire, no ser más que un punto pequeño en el cielo?

Volar... Esta es una tarde perfecta para volar. O para coger el coche y perderse. Sin preocuparse de nada, sin pensar, sin querer saber.

sábado, 30 de junio de 2007

...that having been can never pass away*

En cuanto a ti, mi amor, mi vida entera, ¿cuándo comenzamos a tomarnos tan en serio a nosotros mismos? ¿Dónde dejamos la alegría, la juventud, la belleza, la frescura?

A ti te necesito, con todo, a pesar de todo. Algunas veces quiero tirar de la cuerda sin pensar en consecuencias, en nada. Hasta que se rompa. Y me digo que no puedo más, que debo seguir presionando, que debo seguir rompiendo, que debo seguir jugándomela. Pero sé que si un día se rompe, no habrá más tú y no habrá más yo. Habremos cambiado, no nos reconoceremos. ¿Eso es lo que queremos?

Y me preocupo, me preocupo, mepreocupomepreocupo, m-e-p-r-e-o-c-u-p-o. Y no soy capaz de dormir, mirando como una idiota un plano del revés, leyendo un periódico en ruso, tratando de entender por qué soy como soy...

Por qué me quieres todavía.

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*"As in commemoration of a day
that having been can never pass away"

Fragmento de "The Transmutation", por Edwin Muir (1887-1959).

As in commemoration of a day...

“A algunos les mueve el dinero, a otros el sexo, o el poder, o la comida... A mí me mueve el conocimiento”.

Tomo prestada tu frase porque, aunque no te lo dije, me pareció brillante, como la última luz del sol otoñal filtrándose por entre las hojas de un árbol. Me da lástima no poder recordarla exactamente tal y como la dijiste –una lástima no ir siempre provista de una grabadora. Se pierden tantos momentos en una mala memoria...-, pero creo que no importa. Me quedé con la esencia. Y con la sensación (turbulenta, en el pecho).

Te diré algo: no quise hablar mucho de mí y no quise hablar mucho de ti tampoco. Me parece que quiero eternizar aquella tarde, porque tuvo grandes momentos de perfección. Si yo hubiese imaginado –y escrito- esa tarde, tal vez habría cambiado algunas cosas pero, como sucede habitualmente, la ficción no es capaz de igualar a la realidad.

Ni yo misma entendí las últimas miradas que te dirigí. Si te digo la verdad, en ese momento una parte de mí descubrió algo. Algo que, sospecho, es muy importante. Pero ese algo quedó atascado en algún lugar al que no puedo acceder todavía. Sólo sé que ni yo misma pude entender semejante mirada. Esto no tiene sentido, cielos, pero quisiera dárselo. Porque aún recuerdo la confusión en mis ojos. Porque aún lo recuerdo todo y no quiero perder nada de aquello.

No quiero descubrirme aún y no quiero descubrirte por entero todavía. Prefiero que nos vayamos desnudando lentamente. Esto no es una carrera, no lo es, por más que en tantas ocasiones yo misma lo haya creído. Y cualquiera que sea el motivo por el que estás –y cualquiera que sea el motivo de aquella mirada-, me alegro de que estés y nada más. Y mañana, ya veremos...

...Deliciosa despreocupación...

martes, 26 de junio de 2007

Salir de aquí

Algunas veces tengo la impresión de que mi ciudad se encuentra totalmente ignorante de las leyes lógicas del tiempo y del espacio. Pasar por aquí ha de ser como entrar en una especie de Triángulo de las Bérmudas en pleno centro de España. Cuando vives aquí apenas lo notas. La gente camina, va al trabajo, sale a tomar cerveza y hace prácticamente lo que cualquiera, pero cuando te da por poner tus ojos en el mundo, en cualquier mundo que no sea éste, es entonces cuando empiezas a dudar.

Oigo hablar de la ola de calor que azota Europa y, mientras, yo tendré que salir con chaqueta esta tarde. Es sólo un ejemplo. No es que me queje, no. En este sentido, me considero muy afortunada porque no me llevo bien con el calor; pero no deja de mosquearme, en cierto sentido.

Cuando me voy de aquí, algo que ocurre muy de vez en cuando, tengo la impresión de ser un animal enjaulado al que llevan al zoo de otro país, de otro continente... de otro planeta. Es una sensación tan extraña que no tengo palabras para explicarlo. No es que la gente sea otra -que sí, lo es, pero no les salen brazos de la cabeza, ni tienen una sospechosa tonalidad verde de piel, ni nada por el estilo-, ni que hagan cosas que por aquí no vea hacer todos los días. No, ya lo expliqué antes. Todo es aparentemente igual y, aun así, radicalmente distinto. Y pienso que la clave se halla aquí. En el hecho de que la frase *dejado de la mano de Dios* nunca pudo aplicarse con más veracidad a un lugar.

O quizás sea yo. Imaginación no me falta, desde luego.

O el espíritu de mi ciudad se apoderó de mí y también estoy fuera de las leyes del tiempo y del espacio.

En cualquier caso, lo único que tengo claro es que tengo que salir de aquí cuanto antes. Tal vez, si espero demasiado, descubra un día que de mis brazos, de mis piernas, han brotado raíces y ahí sí que estoy perdida. Ahí sí que ya no hay manera de escapar.

miércoles, 6 de junio de 2007

Poemas

En otro tiempo escribí poemas; no me gusta la poesía, no la entiendo. Ni yo misma sé por qué algunas veces a una le entran ganas de decir cosas que no tienen el más mínimo sentido, ni por qué, en esas ocasiones, una prefiere la estructura del poema (sin rima, sin reglas). Tal vez la poesía nunca tuvo sentido, y ahí es donde se puede hallar su belleza.

Para mí, decir que

aquellas flores no fueron recibidas
la brisa no llegó a tiempo
el silencio lo cubría todo.

no significa nada apenas, pero lo cierto es que desde algún lugar me llega la impresión de que no es más que la pura verdad.

Lo que sí sé es por qué mi poesía, mis poemas, si así pueden llamarse, tienen un cierto aire de cementerio. Una antigua costumbre de pasear por cementerios desiertos y sentarme a escribir tiene la culpa de esto. Ahora no paseo por cementerios, jamás volví a hacerlo, y es que ahora quiero ver gente, quiero saber cómo son y cómo actúan y lo que piensan y lo que sienten. Los muertos tienen derecho a descansar.

Si le ves por la mañana
todavía envuelto en el sueño reciente y en el alcohol
de la noche anterior
dile que aún no he dejado de extrañarle.

Cuando algo parece no tener sentido se puede estar seguro de que sólo es una apariencia. A veces tengo la sensación de ver conexiones en las cosas más enredadas y extrañas. Entonces sonrío y creo haber descubierto algo importante. Me relajo y descanso.

Pero se escapa, se escapa,
como una lágrima haciendo equilibrios en el extremo del ojo.

Cielos, necesito distraerme...

lunes, 4 de junio de 2007

Proyecto Nine Stories: el comienzo

Aquí comienza todo
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Regreso

Saludos,

regreso al blog tras un cierto tiempo durante el cual, si bien no todavía visiblemente, mi vida parece haber experimentado una transformación bastante importante. Mis rutinas siguen siendo las mismas por el momento, pero en mi mente ya comienza a tomar forma la idea del cambio. He cerrado un ciclo monstruoso que venía durando diez años -a pesar de que algunas personas bienintencionadas a mi alrededor sugieren la idea de que tal vez debería estar orgullosa y feliz al respecto, lo cierto es que no siento nada especial-, me enfrento a la idea -y trataré de decirlo de la forma más aséptica posible- de perder a una persona a la que quiero... no sé bien cuándo, pero la palabra "cáncer" ya es suficiente para hacerse una idea aproximada al respecto, y últimamente no dejo de pensar en el futuro, en estrategias para hacer frente a una situación que ya comienza a pesarme demasiado y que ya no me sirve de nada -como ya hice el amago de mencionar en una ocasión, soy agorafóbica-. Cambios, en definitiva. Y una cierta flojera por mi parte, una especie de melancolía flotante y una tendencia más que evidente a sufrir pequeños percances que afectan a mi salud.

En otro orden de cosas, agradezco las visitas a las personas que llegan aquí para leer sobre Salinger. Por más que suene típico y hasta un poco mal, me siento honrada de poder finalmente compartir mis opiniones con el mundo -¡y desde mi pequeña habitación, ni más ni menos!- sobre este escritor que es, lo diré de nuevo, una de las pocas constantes de mi vida. Esta última frase es sencilla pero, como otras sencillas frasecitas que alguna vez fueron pronunciadas, encierra una importancia enorme, al menos para quien esto escribe. El caso es que recuerdo un tiempo, no hace mucho, en el que me ponía a hablar de Salinger con cualquiera que quisiera escucharme, y me sorprendía no hallar a nadie con quien poder conversar acerca de su literatura, del universo que él creó, de los Glass... Vamos, que nadie le conocía. Claro que yo tampoco conocía a mucha gente, desde luego.

***

...Vuelvo al refugio. Espérame tomando una taza de chocolate caliente. Nos sentará bien, ya lo verás...

domingo, 22 de abril de 2007

"Esto" ya es inservible

La vida de una persona nunca es perfecta, aunque lo parezca, si lo parece.

La vida de una persona está llena de pequeñas contradicciones o de enormes errores. Adentrarse en la psique de otra persona es como entrar en una cueva oscura, como saltar al vacío; nunca se sabe lo que se encontrará. Yo tengo miedo de mi lado oculto. A veces temo hacer cosas “por accidente”. Miro por la ventana y tengo miedo de sentir el impulso de lanzarme. Cruzo la carretera y tengo miedo a correr delante del coche y quedarme quieta ahí en medio hasta que me arrolle. Tengo miedo de que mis impulsos puedan dañarme porque, lo sé por experiencia, mis impulsos me dañan a menudo.

No suelo poner en peligro mi integridad física. Debido a mis miedos, me cuido especialmente. Compulsivamente, obsesivamente. Pero no pasa un día en que no ponga en peligro mi integridad emocional. Soy una masoquista emocional y soy autodestructiva. Me hago daño para obtener placer y confirmación. Escojo siempre la peor manera de hacer las cosas, escojo el peor camino posible: el camino hacia el desastre. Y sé que sólo se trata de una conducta repetida hasta la saciedad para que las cosas vuelvan a su equilibrio natural, a lo que yo considero que es el equilibrio –¡error!-. Si las cosas me salen bien alguna vez, me siento descolocada, extraña, ajena en mi propia vida. Y necesito estropearlas. Como el niño al que, tras meses rogando, por fin le regalan el trenecito del escaparate de la tienda de juguetes y a los dos minutos y medio de reloj el trenecito termina en la basura, roto e inservible. Es una mezcla de curiosidad e impulso destructivo. Me gusta llevar las situaciones al límite hasta romperlas. Necesito saber qué ocurrirá en el peor de los casos y, cielos, termino descubriéndolo. Pero ya no me sirve de nada porque entonces las cosas son ya inservibles.

Demonios, necesito cambiar tantas cosas. Y no sé siquiera por dónde empezar.

jueves, 19 de abril de 2007

Incoherente (II)

Hay días en los que no me soporto y quisiera hacerme un harakiri emocional, intelectual, y todas las clases de harakiri que existan menos la más clásica y sangrienta. Y lo curioso es que el no soportarme no es ni siquiera culpa mía, o al menos no del todo. "El infierno son los otros", decía Sartre -adoro la frase, debo confesar-. Siguiendo con datos inútiles de éstos que recopilo con pasión aunque a menudo olvide las fuentes, recuerdo que "alguien" -lástima no poder citar con precisión; quizás lo leyese en un libro de autoayuda o en otro sitio, ni idea- decía también que hay que saber mantener la calma cuando todo el mundo a tu alrededor está nervioso. O algo por el estilo. Jamás hallé en mi vida empresa tan difícil como ésa. Cuando uno está literalmente en el centro de un griterío, en el centro de un nutrido y a veces hasta aullante -metafóricamente aullante- grupo de otros cuyos ánimos bullen, cuyas energías de todo tipo se dispersan por todas partes, cada uno con sus vidas, alegrías, miserias, emociones, cuando uno está ahí, digo, cuando yo estoy ahí no puedo evitar impregnarme de todo ello. Unos dicen que esto recibe el nombre de empatía y que es una virtud. Otros hablan de hipersensibilidad y dicen que es un defecto. Para mí es las dos cosas pero, aun con todo lo bueno, no es de extrañar que sea una solitaria -por elección propia. Qué demonios, los estados de ánimo de otros me influyen, y los míos me influyen aún más.

Aunque lo parezca, todo esto que escribo no es un galimatías. Es simplemente caos. El caos que da título al blog. El caos que hace mi vida imprevisible y, mucho más que mi vida exterior, que es bastante tranquila, mi vida interior. Ésa es la que no tiene arreglo. O sí lo tiene, quizás, ojalá, lo que pasa es que aún no he encontrado la fórmula, mágica o no, para convertir en orden el desorden. Y bien, resulta que mi vida interior anda agitada e incluso la exterior lo ha estado en los últimos días. Como he dicho, mi vida es de lo más tranquila y, cuando mis costumbres se alteran en lo más mínimo, todo lo que sucede tiene una repercusión en mí. Vale, le pasa a todo el mundo, ya lo sé. Pero qué queréis que os diga. No puedo dejar de hablar de mí misma -en este momento preciso al menos.

Lo que siento se puede resumir en una lista de sustantivos de lo más variopinto: tristeza, alegría, excitación, enfado, ilusión, desilusión, amor, ansiedad, impotencia, miedo, soledad, necesidad afectiva y, si me apuras, hasta una pizquita de felicidad. Habréis notado que muchas de estas emociones se contradicen. Bien, yo también lo he notado. Y de qué forma. Pero así somos, ¿no? Y la pregunta es: ¿cómo hablar de todo esto? ¿Cómo hablar de emociones con lo complejo que es -y hasta aburrido, todo sea dicho-? ¿Cómo decir todo esto sin tener la vergonzante sensación de que una está diciendo tonterías o incluso locuras? Y la respuesta es: Voy a escribirlo en mi blog. Al fin y al cabo, no me veis la cara, no sabéis de mí -hasta ahora- nada salvo estas locuras mías-escribiré cosas más "ligeras" algún día. Suena a amenaza y lo es-. Y hasta dudo que me leáis -y es que yo, honestamente, no lo haría-.

Telegráfico

Entrada hiperbreve porque me muero de sueño:

-Nunca se termina de aprender cosas interesantes -como se suele decir, no te acostarás sin saber una o varias cosas más-. Hoy fue un día muy productivo en este sentido.
-En un mismo día puede suceder algo de lo más agradable y algo de lo más desagradable -lo que resulta en un día con un alto grado de surrealismo-.
-La concentración es un útil método de abstracción.
-Me encantan las discusiones relámpago. Son divertidas -¡de veras!- y desestresantes. Y nunca llega la sangre al río.
-Es posible mantener una charla interesante con alguien diez minutos después de conocerlo -siempre y cuando se prescinda, por acuerdo tácito, de las estereotipadas conversaciones de "toma de contacto"-.
-Mañana, si todo va como deseo, será el fin de un ciclo muy largo, demasiado largo. Y los dioses saben bien cómo lo agradezco y la felicidad que me produce.

martes, 17 de abril de 2007

Salinger: una introducción

Bien, durante todo el tiempo que ha durado este Proyecto Salinger me he estado mordiendo la lengua para no extenderme demasiado en hablar del propio autor y he procurado centrarme en su obra, en cada uno de los cuentos que componen el libro reseñado. La razón es simple. Es probable que, si comienzo a hablar de Salinger, no termine nunca. Es probable que me ponga incluso un poco fanática, un bastante insoportable y un mucho, muchísimo, dogmática. Sé que es lo mejor, además de lo más sensato, respetar todas las opiniones y, ciertamente, la tolerancia, puedo decirlo sin miedo, es una de las virtudes que adornan mi personita, pero el tema Salinger va más allá de eso. La excelencia literaria de Salinger es, para mí, un dogma de fe y ninguna otra cosa. Todo el mundo tiene un pasado y yo también lo tengo. Y resulta que, desde hace catorce años, en mi pasado, en mi presente, he vuelto a Salinger, invariablemente, una y otra vez. Comprenderéis entonces mi obsesión. Es una de las pocas constantes de mi vida, quizás la única; sus libros son y han sido una búsqueda de ciertas verdades que se me antojan importantes, un consuelo, un consejo, una inspiración, una cuerda a la que agarrarse cuando lo demás se derrumba, una certeza. Y sólo los dioses saben cuánto necesito las certezas.

Lo advierto ahora, por si acaso: esta vez no voy a guardarme nada, ni a morderme la lengua. Esto va a ser largo y farragoso. Y, aun a riesgo de que suene mal, escribo esta entrada más para mí misma que para nadie. Aun así, por supuesto, podéis seguir leyendo si lo deseáis.

Otro de los temas por los que pasé de puntillas fue la familia Glass. Tres, tal vez cuatro de los nueve cuentos mencionan a diversos miembros de esta singular familia. Uno de ellos nos presenta el grand finale de Seymour, esa figura volátil, flotante, etérea –eso me gusta pensar- que no se parece a nadie que haya conocido nunca pero que sí se parece mucho al tipo de persona que siempre quise conocer. Encontrarse a Seymour, un Seymour que habla de peces plátano, que camina por ahí con un bañador azul eléctrico y que se pega un tiro al final fue como recuperar a un viejo amigo –en mi caso, ya que leí los Nueve Cuentos después que Franny y Zooey- y volver a perderlo, sin saber muy bien por qué y al tiempo sospechando que el suicidio era la única opción posible para esta criatura indefinible que es (fue) Seymour. En alguna otra parte –concretamente en Seymour: una introducción-, el narrador y alter ego oficial de Salinger, Buddy Glass, nos cuenta que duda bastante que haya escrito algo en su vida que no tuviese como protagonista a Seymour, y nos pone ese bonito ejemplo del adorable dinosaurio que presenta uno o dos gestos propios de Seymour. Salvando las distancias, puedo decir que no creo haber escrito nada en mi vida –un cuento, una carta, un poemilla malo- sin tener en mente al propio Salinger. Y si mi estilo lo recuerda a veces (a veces, dije), nada puede reprochárseme. Probablemente, el dinosaurio sobre el que yo misma escribiría recitaría uno o dos haikus para sí mismo mientras camina alegremente por el jurásico y todo el cuento quedaría en un final incierto. Pero dejemos esto. Nada de dinosaurios por el momento.

Ahora voy a hablar de mi libro. Ejem. De éste en concreto sólo tengo la versión original en inglés, de Little, Brown & Co., me parece. En su día poseía la traducción española de Alianza Editorial, me parece también, pero lo presté a un amigo que quién sabe dónde estará ahora. Un buen amigo al que vi pocas pero intensas veces. El amigo un día decidió que estaba harto de su ciudad, de su vida quizás, y lo dejó todo para irse por ahí a conocer mundo. El amigo recaló en Inglaterra. Un tiempo más tarde recibí, no recuerdo si de sus manos o de las manos de otro amigo común, el libro que le había prestado al primer amigo, pero un poco modificado pues ahora estaba todo en inglés. Así que puede decirse que perdí una traducción para ganar un original, lo cual no está nada mal, por cierto.

Más cosas, -paciencia, terminaré en dos minutos, pero tengo que aprovechar este espacio. Se trata de Salinger, señores. ¡Salinger!-: Salinger y sus niños superdotados, Salinger y sus adultos excéntricos, Salinger y sus muchachas con abrigo de pelo de camello. Por todas partes detalles mínimos –recuérdense los ojos de Teddy, que uno no sabe si desearía que estuviesen más separados, o fuesen menos estrábicos o más profundos, recuérdense el vestido y el pelo aplastado por la lluvia de Esmé, su gigantesco reloj sumergible, recuérdese a la Hermana Irma, cuyo hobby era juntar hojas de los árboles, pero sólo cuando están en el suelo-. Ya lo comenté en este blog en más de una ocasión: me alimento de detalles. ¿Qué me importa que en un libro el narrador me cuente que “se acercó una chica guapa” si no sé si sus ojos son azules, marrones o amarillos o si tiene predilección por el rouge en los labios o por los colores tierra? ¿Qué me importa que esta misma chica vaya muy abrigada para la estación si no me cuentan que llevaba un abrigo de verdadero pelo de camello? ¿Qué más me da su vida si no sé que le gusta dejar todas las damas en la fila de atrás, sin moverlas? Lo que me gusta de Salinger es que él me cuenta todas esas cosas que (yo) quiero saber. No me interesa la síntesis, no me importan los personajes interesantísimos si no conozco sus manías, sus extravagancias, lo que los hace únicos. Tampoco me importan los finales, tengo que confesar. La clásica estructura de introducción, nudo y desenlace me da lo mismo. Si existe y es reconocible, fantástico. Si no existe, mucho mejor. Hay una frase en El guardián entre el centeno –y cito de memoria: “(...) sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las navidades pasadas antes de que me quedase tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco”-, pues bien, en esta frase se nos advierte ya que uno no va a encontrar la estructura clásica. Uno leerá “una cosa de locos”, un momento en la vida de alguien, sin principio y sin final, sin desenlace. Me gusta Holden, le tengo mucho cariño, pero para mí sigue ahí, en la institución mental, esperando a que D.B. llegue en su cochazo para llevarle a casa. Y no me importa lo que pase después. Aunque, como seguro ya sabréis, hay en Salinger una tendencia a crear historias-puzzle. Holden, según se rumorea, desapareció algunos años después, en la guerra, si no me equivoco –aunque puedo equivocarme. Desapareció sin dejar rastro. Porque Salinger en realidad tampoco olvida a sus personajes y los hace aparecer (o desaparecer) en otros sitios, como ocurre con Seymour, para que el lector curioso o maniático, depende, pueda ir completando el puzzle, un puzzle al que le faltan varias piezas, todo sea dicho, pero la imagen de fondo puede adivinarse aun así.

Buff, ya está. Sólo una recomendación final: no me hagáis ni puto caso. De verdad. Sólo leed a Salinger.


Iniciamos con
A perfect day for Bananafish.
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jueves, 12 de abril de 2007

Incoherente

Estos días, y a raíz de una serie de sucesos que no me apetece ni tengo ánimo de comentar -ah, la vida, esa puta llena de sorpresas desagradables-, me he visto obligada a instalarme -de forma bastante incómoda, dicho sea de paso- en el pasado, por si no fuese ya bastante mi dosis diaria de añoranzas, de nostalgias.

Y no precisamente en ese pasado bonito lleno de promesas, soles radiantes y lunas soñadoras, no. En la parte oscura de ese pasado. Lo terrorífico, lo deprimente, lo miserable. Y debe de ser mi tendencia masoquista, porque podría haber escogido ese pasado bonito, blabla, del que hablaba. Pero es que el momento presente lo amerita. Son tiempos sombríos. Punto. Qué se le va a hacer.

Para mi sorpresa, en lugar de sentirme triste, melancólica, con un nudo en la garganta y con todas esas sensaciones, lo que siento es rabia. Termino de leer un e-mail antiguo de una persona que significó mucho para mí -uno de esos fantasmas hijoputescos del pasado- y he deseado, que los dioses me perdonen, tener a esa persona enfrente para poder escupirle toda clase de improperios a la cara y quedarme así tranquila. No es culpa suya, y lo sé muy bien. Nada de nada es, y lo que es más, nunca fue, culpa suya, pero el rencor es así. De pronto lo ves todo rojo y no hay forma de pensar, ni bien, ni mal, ni de ninguna otra manera.

Y no puedo, no hay manera, simplemente no soy capaz de borrarlo, el e-mail. Ni nada de nada. Porque en el fondo sé que el pasado no se borra y el presente tampoco. En el fondo, la vida, la vida, ésa se acaba tarde o temprano. Y no se borra, no, pero se diluye. O quién sabe qué pasa. Algo como una luz que se apaga y ¡puf! qué más da todo. A mí me gusta pensar que la luz no se apaga, que la luz se enciende y ¡zas! se comprende. Pero quién sabe. Hasta ahora, nunca nadie fue capaz de darme una explicación satisfactoria.

domingo, 8 de abril de 2007

A perfect day for Bananafish

Este cuentito donde, ya se ha dicho muchas veces, aparece Seymour Glass por primera y única vez –a pesar de poder sentir su presencia flotando por ahí en muchos otros rincones-, un Seymour Glass que, como el propio Salinger dice en otra parte, habla, camina y se pega un tiro, ha sido ya comentado un montón de veces. Pero son los detalles, de nuevo, y siempre en Salinger, los detalles:

-El libro de poemas en alemán que Seymour regala a Muriel a pesar de que ella no conoce el idioma.
-Lo que hizo con esas fotos tan bonitas en las Bermudas (¿qué sería? ¿Las recortaría, las quemaría, dibujaría bigotes en las personas? Con Seymour nunca se sabe...)
-Su “extraño asuntillo” con los árboles.
-Lo que trató de hacer con el sillón de la abuela (de nuevo, ¿qué intentaría el bueno de Seymour?)
-La historia de los pobres peces plátano.
-...

Y, en fin, tantas cosas que te dejan pensando sobre Seymour. Y quizás el hecho de que se pegue un tiro es sólo una anécdota, como el último haiku que hubiese escrito, en el conjunto de su vida. Porque la muerte sólo es un tránsito, y sospecho que Seymour lo sabía bien; pero la vida, esa vida de Seymour, quién fue Seymour en realidad, eso es lo que al final me gusta de él, o lo que realmente quisiera saber. Y confieso sin pudor que me hubiese gustado tener a un Seymour en mi vida, con su presencia flotando por ahí en los momentos más insospechados.

Siempre me lo he preguntado: la señora que quizás se esté tiñendo el pelo o haciendo muñecos para los niños pobres, ¿será la Señora Gorda de Seymour? –Para algunos, para mí, una de las figuras mitológicas más interesantes-. Sí, sí, ha de ser ella. Estoy casi segura de que es ella.


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martes, 3 de abril de 2007

Un puñado de cosas sueltas, como en un diario normal

He tenido un nuevo sueño hoy, esta vez de la clase de los metasueños. Esto es, en mi sueño me dedicaba a analizar otros sueños que, supuestamente, había tenido antes. Mi primer sueño en varios días -tres semanas, según mis registros- y no le veo sentido alguno. Pero últimamente hay pocas cosas a las que vea sentido.

Y debo decir que me dormí anoche pronto y que en el momento de dormirme se me ocurrió una idea para un relato que tengo que escribir. Como me suele ocurrir, las ideas para los relatos se me vienen a esas horas extrañas y, más precisamente, en ese momento raro, casi inexistente por su extrañeza, que es el paso de la vigilia al sueño. Y ahí esas ideas se me antojan brillantes, perfectas, luminosas. Pero cuando me despierto al día siguiente y lo recuerdo todo, si lo recuerdo, me doy cuenta de que era una tontería. Una idea que no sirve de nada, que ni siquiera me gusta. Es tonto pensar así. Cierto que algunas de esas ideas son estúpidas e inútiles, pero me consta que hay otras que son, en efecto, bastante interesantes. Yo las descarto todas por igual en la mañana, sin embargo. Debería hacer más caso a mi intuición y a esas ideas que llegan como salidas de la nada, y dejar de descartar sistemáticamente las cosas sólo porque estoy de mal humor por la mañana o me siento insegura. Debería, algún día, tratar de desarrollar algunas de esas ideas. Aunque sea sólo como experimento.

Y, tras el sueño, me he despertado pensando en el cuento de Salinger de esta semana, y escribía la reseña en mi cabeza. He dormido poco, muy poco, pero no podía permanecer en la cama. Si me despierto, por muy cansada que esté, no hay forma de que pueda volver a dormirme inmediatamente. Y me he despertado pensando en sauces y en Seymour Glass.


He encendido la luz y he visto a mi novio mirarme desde esa fotografía que nos hicieron en mayo de 2005. Anoche la puse ahí -quizás debería comprar un marco-, apoyada en la lámpara de la mesilla, y estuve hablando con él. Cuánto le echo de menos, cuánto le necesito. Desde que llegó a esta (bendita o maldita, según el día) ciudad, no me he separado de él más de dos semanas. Y ahora se ha ido y me siento... abandonada. Esa antigua y familiar sensación de abandono tan típica. Y sé que no es cierto, y me digo no, no, no es un abandono, no es ni remotamente un abandono. Porque vuelve. Porque me consta que ningún otro me quiso nunca como él me quiere, me consta que su amor aumenta a pesar de todo, a pesar de mi carácter difícil, de los momentos miserables -siempre los hay en las parejas, pero me siento obligada a decir que, con él, sólo recuerdo uno o dos de esos momentos y ni siquiera fueron demasiado miserables; lo justo como para mencionarlo-, a pesar de que mi amor por él viene y se va y siempre me estoy planteando nuestra relación, constantemente, pensando si es él con quien quiero pasar la vida, si me hace feliz, si le hago feliz, si aguantaré tanto tiempo a su lado. Y ahora, en pleno síndrome de privación, tengo ideas locas y me vuelvo celosa y suspicaz, y le pregunto si nos casaremos, cielo santo, si nos casaremos, y él me dice sí, sí, nos casaremos, y yo insisto, cuándo, y ésa es la incógnita. Siempre es ésa la incógnita. Cuándo. Cuándo la vida se tornará normal, cuándo dejaré de sentirme extraña y apartada, cuándo comenzaré, de una maldita vez, a actuar como todo el mundo. Cuándo, cuándo.

sábado, 31 de marzo de 2007

Uncle Wiggily in Connecticut

La nostalgia es un sentimiento afilado. Los recuerdos, cubiertos por la pátina que otorga el tiempo, tienen la capacidad de hacernos revivir los mismos sentimientos que una vez experimentamos pero, y esto es lo desconcertante, en la ausencia de los hechos que los provocaron. En fin, recordar es peligroso. Nos expone a los riesgos de subirnos a una montaña rusa emocional cuya trayectoria no podemos conocer de antemano. Recordar es, definitivamente, una cosa muy delicada.

Más todavía si en nuestro pasado hay un amante (amor) muerto. Y en casi todos los pasados, me atrevo a afirmar, permanece ese fantasma que, aunque muerto –y recordando que hay muchas formas de estar muerto, no sólo la más literal-, se niega a desaparecer de nuestro lado y le tenemos que hacer un hueco en nuestra pequeña cama o reservarle una silla en la mesa. Porque a veces no se puede hacer otra cosa. Es lo que pasa con los fantasmas: se dedican a ocupar todo el espacio que pueden y, aun siendo incorpóreos y todo, es increíble lo bien que se les da.

Otro de los peligros de recordar el pasado –y quisiera pasar por aquí sólo de puntillas, aunque no creo ser capaz- es la inevitable tendencia a compararlo con el presente. Es curioso cómo el pasado, siempre bajo la luz –o la penumbra- del presente, está lleno de esperanzas y promesas, de sueños a realizar, de la vaga impresión de que en algún momento impreciso, casi, casi llegamos a tocar el cielo con las manos, y cómo el presente contiene la certeza, la terrible certeza de que en otro momento igual de impreciso todo aquello huyó de nuestras vidas, y ya no quedan promesas, ni sueños, ni nada de nada, y ante nosotros, al final, flota una pregunta –cualquier pregunta, aunque todas con la misma abrumadora carga emocional- que debemos escupir de inmediato:

-Mary Jane. Escúchame. Por favor -dijo Eloise, llorando-. ¿Te acuerdas de nuestro primer año y de que yo tenía ese vestido marrón y amarillo que había comprado en Boise, y que Miriam Ball me dijo que en Nueva York nadie usaba vestidos como esos, y yo lloré toda la noche? -Eloise sacudió el brazo de Mary Jane-. Yo era una buena chica -suplicó-. ¿No es cierto?

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sábado, 24 de marzo de 2007

Just before the war with the Eskimos

En el universo de Salinger, lo más normal y cotidiano que te puede suceder es entrar en una casa ajena, sentarte en el salón y que de repente aparezca en escena un tipo en pijama que se ha cortado un dedo hasta el hueso. Lo próximo que hará es contarte media vida, llamar snob a tu hermana y darte la mitad de su bocadillo de pollo, obligándote a comértelo.

Siempre he pensado que la gracia de este cuento, la gracia de muchos de los relatos de Salinger es que narran sucesos mínimos, aparentemente sin importancia, salpicados de otros tantos pequeños detalles intrascendentes. En realidad, cada día me convenzo más de que las anécdotas sin importancia aparente son las que permanecen en la memoria inalteradas durante años y años. Tengo en mi memoria una larga lista de experiencias a primera vista insignificantes que ilustran esta teoría mía. Además, encuentro terriblemente aburridas las grandes gestas, los libros en los que todo lo que ocurre está lleno de movimiento y de historias grandiosas, enormes, tanto como el ego de los protagonistas. En serio, dame a leer una historia sobre un chico que te cuenta que en la próxima imaginaria guerra contra los esquimales sólo serán admitidos los tipos de sesenta años, o sobre otro que afirma que ha visto “La bella y la bestia” de Cocteau ocho veces y yo ya soy feliz. No necesito nada más, no pido mucho más.

Nunca me he parado realmente a pensar por qué me gusta tanto esta historia (posiblemente mi favorita del libro). No creo que tenga mucho sentido pensarlo. Quizás no me importa en absoluto el porqué. Quizás es por mi fijación por los chicos en pijama, con gafas y barba de dos días, o a lo mejor porque yo tampoco sería capaz de tirar el bocadillo a la papelera y conozco bien la sensación. Me siento terriblemente culpable cuando tengo que tirar comida, aunque no tenga malditas ganas de comérmela.


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sábado, 17 de marzo de 2007

The laughing man

Nunca he entendido bien “El hombre que ríe” quizás porque de los nueve cuentos –me atrevo a afirmar ahora, aunque tal vez tenga que comerme mis palabras algún día- es el único que se entiende. La historia del jefe de los Comanches y su novia-ligue-Mary-Hudson tiene un comienzo impreciso. Empieza con una foto que poco a poco se va convirtiendo en parte del mobiliario del desvencijado autobús del jefe, continúa con la imagen de una muchacha à la Salinger, esto es: con abrigo de castor, fumadora de cigarrillos Herbert Tareyton y que “sabía como saludar a alguien desde la tercera base”, y termina con una separación, un abandono y un jefe bastante jodido que decide que el final de su historia romántica ha de coincidir con el final de la historia del hombre que ríe, un freak con características de superhéroe de cómic y, sin lugar a dudas, prototipo de héroe infantil.

El hombre que ríe es un tipo interesante, muy interesante. La descripción del cuento en sí que Salinger nos da es perfecta: “un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil”. Es un tipo básicamente feo, tan feo que ha de cubrirse con una máscara y que, sin embargo, es “el bueno”, a pesar de asesinar ocasionalmente y robar más que ocasionalmente, nos explica Salinger que es un hombre que ama el juego limpio. Inteligente, brillante en su trabajo y con sus fieles ayudantes, el hombre que ríe es un tipo que cae bien. Da pena tener que presenciar su tristísimo final. Una se queda con las ganas de que el jefe diga en algún momento “no, chicos, todo era una broma. Por supuesto, el hombre que ríe logró sobreponerse, consiguió escapar y se dedicó a buscar más villanos a los que enfrentarse”.

Pero el jefe tuvo que matarlo. Estaba jodido y decidió que el hombre que ríe había de estarlo también. Pobre superhéroe que había luchado contra los mafiosos que le desfiguraron y los había vencido, que había sorteado el peligro en innumerables ocasiones, que era prácticamente invencible. Pobre, que no pudo soportar el conflicto final: murió a causa de un corazón roto.

El último gesto del "hombre que ríe", antes de hundir su cara en el suelo ensangrentado, fue el de arrancarse la máscara.
Ahí terminó el cuento, por supuesto. (Nunca habría de repetirse).


Nunca habría de repetirse...


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sábado, 10 de marzo de 2007

Pensamientos a las 5 am en un local nocturno

Escenario: un bar nocturno cualquiera, en una ciudad cualquiera. 5 de la madrugada.

Personajes: Victoria, sus pensamientos [los verdaderos protagonistas, y ciertamente dotados de vida propia], amigos de Victoria.

La acción transcurre durante unos quince minutos.

Victoria: (visiblemente aburrida, se apoya en una columna y mira la puerta del local como si esperase ver entrar a alguien o a algo que pueda liberarla del sopor provocado por las cuatro-cinco cervezas que se ha tomado. Cualquiera, cualquier cosa: ese actor famoso obsesión-sexoplatónica-del-mes, una horda de uruk-hai dispuestos a cargar contra cualquier cosa que se mueva, una mariposa que sueña ser habitante nocturno que sueña ser mariposa...)

Amiga de Victoria: ¿Qué te pasa?

Victoria: Nada, estoy cansada... pero bien.

Victoria: (llega esta hora y ya no hay nada que hacer. No se puede seguir charlando, no se puede seguir bebiendo, no se puede seguir pretendiendo que uno se lo pasa bien. Lo único que se hace es mirar, mirar, mirar. Y rezar a los dioses para que ocurra algo. O irse a dormir. Entonces, se sigue mirando a la gente que baila, a la gente que bebe, a la gente que charla –ésos son escasos y los más interesantes, porque se les puede mirar con total libertad, sin riesgo de ser descubierta-. Se mira a sus ropas, a lo que cada uno pretende decir sobre sí mismo con su apariencia, sus gestos, su manera de mirar. Y se hacen conjeturas sobre como será su vida una vez que salgan de aquí, una vez que llegue el lunes y se reincorporen a su vida. Porque un local nocturno durante el fin de semana es como un paréntesis en las vidas de la gente. La música está tan alta para que uno no pueda oír ni sus propios pensamientos. El lugar está tan oscuro para que nadie pueda seguir viéndose a sí mismo, con todo lo que eso implica. Y venden alcohol porque... bueno, el porqué es evidente. Ciertamente, es un buen truco, es un truco buenísimo).

Amigo de Victoria: ¿Te apetece tomar algo más?

Victoria: No puedo tomar nada más. Gracias.

Victoria: (unos momentos más y anunciaré que me marcho. Y, hasta entonces, seguir mirando. No está tan mal. Todo el mundo mira a todo el mundo, aunque no conozco las intenciones, las motivaciones de los demás. Sí las mías, desde luego. Las mías nunca cambian. Soy, por naturaleza y por vocación, una observadora. Me gustaría poder leer en los rostros, en las palabras entre líneas. Me gustaría poder tener, en cada momento, la revelación precisa sobre qué es lo importante y qué no lo es. Diseccionar cada gesto, cada palabra, no es tarea fácil y consume demasiado tiempo. Si supiese exactamente adónde tengo que mirar, si supiese qué debo conservar y cómo debo analizarlo, todo sería mucho más fácil. Pero por hoy ya está bien. Ya lo vi todo. Ya empiezo a aburrirme de veras. Está bien, por hoy).

Victoria: ¿Nos vamos?

... Nos vamos.

viernes, 9 de marzo de 2007

Down at the dinghy

Lionel, ¿sabes?, yo ya soy mayor, una señora, ya no soy una niña de cuatro años pero, a veces, como tú, me escapo. Cuando tengo miedo, o cuando me hacen daño. En otras ocasiones también. Es una cosa que los mayores hacen, igual que los niños, escaparse. Lo que pasa es que los mayores no se suben a un bote a la orilla de un lago ni se esconden debajo de las mesas o en otros sitios. Se quedan ahí, donde están. No pueden salir corriendo o esconderse porque los otros mayores los mirarían raro, así que se quedan donde están y hacen como si nada hubiese pasado. Pero, en realidad, lo que han hecho es irse a un lugar muy lejano y muy profundo, al fondo de ellos mismos. Ésa es su manera de escaparse. Algunos, lo notarás, se ponen de mal humor y comienzan a gritar y a poner cara de enfado. Otros te ignorarán, te dirán que te vayas a jugar por ahí y que les dejes tranquilos. A otros los verás llorar, agazapado detrás de una puerta y, cuando les preguntes, te dirán que no están llorando, que se les ha metido algo en un ojo, o alguna excusa semejante que tú no te creerás. Lo que ha ocurrido es que algo les ha dañado, o que hay algo que les da miedo –nunca lo admitirían, sin embargo-, y se han escapado, no hacia fuera, sino hacia dentro. Se han encerrado dentro de ellos mismos. Ésa es la manera de escaparse de los mayores.

****

A veces creo que nadie deja de escaparse, nunca. O de intentarlo. Una vez soñé con una voz que me decía “no puedes escapar”. Sólo eso. No puedes escapar. Y supe que la voz se refería a todo, a todo absolutamente. Pero no he dejado de intentarlo desde entonces. Voy de un rincón a otro de una habitación, en una casa muy grande. A veces huyo hacia otras habitaciones. Pero la casa es lo único que hay, lo único que existe. Una casa tan grande como el Universo. Y de ahí, casi comienzo a aceptarlo, sí que no se puede escapar. Pero la casa es grande, es enorme. Y hay habitaciones que nunca visité, que tal vez nunca tenga tiempo de visitar. Quizás es por eso que los mayores tienden a escaparse al fondo de ellos mismos. Posiblemente, ése sea el único lugar del mundo donde aún hay tierras desconocidas, y el único explorador que puede adentrarse en ellas es uno mismo. Esa posibilidad existe. Mmmm. Quién sabe las cosas que pueden hallarse ahí, lo que a cada uno todavía le queda por ver.


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lunes, 5 de marzo de 2007

Tengo una araña

Ya estaba tardando en escribir algo sobre esas adorables criaturitas que pueblan mis más horribles pesadillas: los insectos, más conocidos por estos pagos como "esos bichos asquerosos".

He descubierto hace un rato una telaraña con alegre propietaria en un rincón de la habitación y no puedo apartar los ojos de esa dirección. No me gustan los bichos por la sencilla razón de que tienen tendencia a ahogarse en las bebidas de la gente y la gente, si no tiene cuidado, al final se traga su bebida con inquilino ilegal incluido. *Casi* me sucedió dos veces el verano pasado y os aseguro que no es una experiencia que me guste recordar. Es decir, puedo vivir en un mundo con bichos siempre y cuando se mantengan alejados de mí y de mis bebidas. Pero a ver cómo les hago entender eso a los bichos...

(Cuando le he dicho a NW. que teníamos compañía, ha comenzado a mencionarme las bondades de las arañas, su afición a comer moscas y mosquitos y cómo él convivió un verano con una que le mantenía la casa limpita, limpita de otros molestos y zumbantes habitantes. Cuando le he preguntado si acaso le puso nombre a su amiga, La Araña, no me ha querido responder. Conociéndole, es probable que lo hiciese).

Mmmm, tengo que buscar un nombre para la mía. Si es que sobrevive.

sábado, 3 de marzo de 2007

For Esmé -with love and squalor

Si Esmé existiese –y, quién sabe, quizás exista- le preguntaría por qué le interesa tanto la sordidez.

Si el Sargento X existiese, le preguntaría –no podría evitarlo- si su nombre de pila es Walt. O quizás Buddy.

Si Charles existiese, le preguntaría por qué sus adivinanzas parecen metáforas.

Niños, de nuevo, tantos niños que no hablan ni como niños ni como adultos, niños que no pertenecen al mundo de los niños, ni a nuestro mundo de adultos, ni a ningún mundo salvo el de Salinger, donde los niños se sabe que son niños porque llevan relojes de pulsera demasiado grandes y porque se dedican a hablar con los adultos y a hacerles sentir incómodos diciendo cosas como sólo las pueden decir estos niños: con total honestidad, con palabras rebuscadas, con una frialdad que a mí se me antoja cálida.

Me pregunto de dónde saca Salinger a sus niños –quizás todos son, siempre sean, el mismo niño reinventado, reescrito. Constantemente revisado-. Y por qué algunos, como Esmé, parecen actuar como un bálsamo:

“You take a really sleepy man, Esmé, and he always stands a chance of again becoming a man with all his fac –with all his f-a-c-u-l-t-i-e-s intact”.

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martes, 27 de febrero de 2007

Lo que nos define

En mis momentos filosóficos, que se repiten con cierta frecuencia, a intervalos variables, me descubro volviendo una y otra vez a la misma vieja pregunta: ¿Quién soy? Ciertamente, aunque me preocupa saber de dónde vengo y adónde voy, la pregunta antes mencionada me preocupa mucho más. Tengo la impresión de que no debo dejar pasar mi vida sin descubrir algo tan básico, aunque tan complejo, como quién soy yo.

Me parece –aunque puedo equivocarme; desde mi burbuja tampoco es que se vea muy bien el exterior- que hay muy poca gente que se conozca (tan) bien y que normalmente a la pregunta “quién soy” se responde con generalidades del tipo “soy abogado”, “soy médico”, “soy una buena persona” o “soy simplemente así”. Es decir, no se responde a “quién soy” sino a “qué me define”. Yo misma he pasado una buena parte de mi vida cayendo en esa trampa. Y, curiosamente, he descubierto que lo que me define (lo que yo creo que me define) no es mi trabajo o el trabajo que podría desempeñar, o algún rasgo de mi carácter, sino mi mayor incapacidad: el miedo. El miedo al miedo, en concreto, que es la definición última de la agorafobia. Me define porque me (de)limita, porque me hace diferente –una forma negativa de ser diferente, pero diferente al fin y al cabo-, porque no hay nada en mi vida –ninguna acción, ningún pensamiento- que no tenga que atravesar primero el muro del miedo. Y me temo que muchas de esas acciones, muchos pensamientos, no han llegado todavía al otro lado. Al lado limpio, al lado libre de miedos.

Pero, y aunque suene raro, hace poco, hace muy, muy poco que me he dado cuenta de que, a pesar de ser mi rasgo definitorio, el miedo no es, ni mucho menos, lo que yo soy. Me he dado cuenta de que a las limitaciones que ya tenía había estado yo, día a día, minuto a minuto, -laboriosamente incluso-, sumando otras: al definirme como agorafóbica estaba asumiendo que la parte más profunda de mí, mi yo en última instancia, era de por sí agorafóbico. Esto es, confundía la pregunta “quién soy” con “qué me define” o, más bien, “qué me define ahora (en este período de tiempo más o menos largo)”.

Aunque parezca una minucia, algo no muy grande, cada pequeño paso, cada nuevo descubrimiento me acerca más a la respuesta –acaso no la haya, pero quiero pensar que sí-. Y la pregunta no es otra que “quién soy yo”. Nada más. Y nada menos.

viernes, 23 de febrero de 2007

Pretty mouth and green my eyes

Tras colgar el teléfono, Arthur miró los seis pares de zapatos alineados en el penúltimo y el último estante del armario de Joanie. Recordaba todos y cada uno de ellos, al igual que recordaba los cuatro sombreros, siete foulards –lisos y cada uno de un color- y los tres bolsos que componían la colección de complementos de Joanie. Los zapatos marrones de imitación de piel de cocodrilo con tacón de 8 cm. no estaban –la chica había decidido llevar ésos a la fiesta, después de probarse los azules, que no combinaban con el vestido color crema que decidió ponerse en el último momento, y los negros, cuyo tacón había perdido justo antes de que Arthur llamara a un taxi-. Arthur se preguntó si Joanie se los habría quitado en forma precipitada y estarían ahora tirados en el suelo de cualquier manera o si, como era su costumbre al llegar a casa, los habría dejado ordenados junto a la cama, junto a cualquier cama –la de Mark Walton, la de Robert Emerfield, la del muchacho pelirrojo de la fiesta que no conocía...-, testigos mudos de una nueva infidelidad.

¿Cuántas veces habían hablado de ello y cuántas veces ella le había prometido, con los ojos chorreando lágrimas, que aquélla sería la última vez? ¿Cuántas veces la había seguido ya, consciente de adónde le llevarían sus pasos? Y cada vez era como la primera, sólo que las casas eran distintas, y los hombres eran distintos, aunque cada uno una copia del anterior, una copia del propio Arthur. Diablos, Nueva York era demasiado grande y, de noche, oculto en el coche espiando a Joanie, oía de vez en cuando risotadas como de hiena en la lejanía y el sonido del tráfico nocturno.

Pero ella le quería. Sólo que no podía controlarse, eso era todo. Ella necesitaba vivir, beberse la vida, devorarla. ¿Qué podía él ofrecerle? Él era distinto. Una vez lo había intentado, ser infiel a Joanie. Para tratar de entenderla. Para comprender por qué. Pero cuando ya estaba allí, en la casa de esa mujer con demasiado maquillaje y grandes pechos que palpitaban por debajo de un vestido verde pálido, se había preguntado cómo demonios había llegado hasta allí y qué se suponía que debía hacer ahora. Y había dejado a la mujer –su nombre no lo recordaba- preparándose en el baño. Simplemente había terminado su copa de Scotch y había salido por la puerta. A la mañana siguiente, Joanie había recibido un ramo de flores con una nota que decía “Te quiero. Arthur”.

Pero qué demonios importaba. Joanie estaría por llegar. Seguro. Seguro que se había ido con los malditos Ellenbogen y simplemente... ¡Vaya! Seguro que al decirle a Lee -¿le habría despertado? Su voz sonaba como... sonaba rara, definitivamente-, seguro que al decirle que Joanie ya había llegado había conjurado así su presencia. Esas cosas pasan, dices algo y sucede. Es de locos. De locos. Así que Joanie estaría ahora saliendo del coche de los Ellenbogen, subiendo los cuatro escalones hasta la puerta, buscando la llave en el bolso y... nada. No, no había oído ningún coche en la puerta. Dios, qué silenciosa estaba la noche.

Arthur se preparó un whisky. Con el vaso en la mano, se acercó de nuevo al armario de Joanie. Lo abrió. Nadie ha entrado ni salido de aquí, se dijo en alto, con tono irónico. Miró los vestidos, de nuevo los zapatos. Los negros, con el tacón roto. Se imaginó a Joanie comprándose zapatos nuevos y mirando los escaparates de las tiendas con sus enormes ojos azules...

Y de repente tomó una decisión. Iría a casa de Lee. Seguro que aún no estaba durmiendo. Eso es, simplemente iría y se tomaría una copa, quizás hasta pudiese dormir allí. Lee tendría una cama para invitados, algún sofá, algo... Pero no quería seguir en esa casa. Empezaba a sospechar que las paredes cuchicheaban sobre él. Oía susurros, adivinaba palabras. Quizás se estaba volviendo loco. Iría a casa de Lee y si no le abría la puerta, qué más daba. Podía ir a cualquier otra parte. Al Village, o regresar a la fiesta con los rezagados. Aún no era demasiado tarde...

Arthur se dirigió a la puerta, cogió las llaves del coche del cajón de la mesita del recibidor, se aseguró de que Joanie había cogido las suyas, abrió la puerta, la cerró, bajó los cuatro escalones, miró a su alrededor –nada, ni un alma-, se metió en el coche, encendió un cigarrillo y arrancó el motor. Pero le detuvo un acceso de llanto. Quizás Joanie no volviese nunca a casa, o quizás regresase en diez minutos. No lo sabía. Pero, en efecto, quería estar en casa cuando ella llegase y pedirle que... que lo intentasen de nuevo, que volvieran a comenzar de cero. Una vez más, olvidar esa noche, olvidar todas las noches. Comenzar de cero.

*****

Y en este momento, el relato se interrumpe (de nuevo) pero puedo seguir imaginando a Arthur que, otra vez dentro de la casa, sentado en uno de esos sillones reclinables como de cuero (o algún material parecido), negro o marrón, súbitamente repara en un sonido: el solitario rasgueo de un violín que procede de quién sabe dónde, o una canción de charlestón o de jazz en el tocadiscos de un vecino, y su mente vuela otra vez hacia Joanie, hacia el pasado con Joanie, los bailes con Joanie, las cenas fuera y los guantes blancos, los paseos por Central Park con los pies descalzos y los enormes globos, de ésos que las madres compran a sus niños en el parque a los vendedores ambulantes. Y se las ingenia para conseguir uno de esos globos y dejarlo sobre la cama para marcharse después, quitarse de en medio. Y alguien, algún día, quizás escriba un poema sobre ello...

(“El penúltimo poema se refiere a una muchacha casada y madre que evidentemente tiene lo que mi viejo manual matrimonial llama relaciones amorosas extraconyugales. Seymour no la describe, pero la mujer entra en el poema justo cuando el cornetín toca algo sumamente eficaz y la veo muy bonita, bastante inteligente, muy desdichada, viviendo quizás a una o dos manzanas del Museo Metropolitano de Arte. Una noche vuelve a su casa muy tarde de una cita –me la imagino, los ojos velados, el lápiz labial corrido- y encuentra sobre el cubrecama un globo. Alguien lo ha dejado allí, simplemente. El poeta no lo dice, pero no puede ser sino un gran globo de juguete inflado, probablemente verde como en Central Park en primavera” [Fragmento de Seymour, una Introducción de J.D. Salinger])


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