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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

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jueves, 8 de mayo de 2008

Una tarde para escondernos (relato ficticio) |Segunda parte|

No creo que sea una buena idea, me digo mientras subo las escaleras hacia su piso. Repaso todas las razones por las que no es una buena idea y tienen sentido. Lo que no tiene sentido es que yo ya haya llegado a la puerta y que él me reciba con la misma cara de siempre: como alguien que no ha dormido en varios días, como alguien que tiene demasiadas cosas en la cabeza, que dedica un rato todas las noches a rondar abismos, con una devoción pasmosa, sin perder un solo segundo en pensamientos alegres. Lo más curioso de todo esto es que él es una persona en esencia triste, uno de los más tristes que conocí y que, probablemente, es esa tristeza lo que más me interesa de él y, sin embargo, la primera vez que noté su presencia fue aquella vez que me sonrió. Y, ahora, recordando esa primera vez que me sonrió, todas y cada una de las veces que le he visto sonreír –casi, casi se pueden contar con los dedos de una mano-, por fin sé por qué estoy aquí, por qué sigo enamorada de él, a pesar de todo, a pesar de que nada de esto es una buena idea.

La conversación discurre por los senderos conocidos, un poco de esto y de aquello aunque nada demasiado trascendente o demasiado impresionante. Y es totalmente normal, ya que otra de las peculiaridades de nuestra relación, como una de esas reglas no escritas que existen en todas las relaciones, es que las cosas importantes solamente se dicen en tierra de nadie y “tierra de nadie” solía ser ese bar bonito y pijo cerca de mi casa. Sólo allí nos dedicábamos a desnudarnos el alma si nos daba la gana pero, no hace falta ni mencionarlo, ir a su casa significaba tener que desnudar otras cosas más tangibles. Sin problema. El sexo sin relación siempre trae menos problemas que la relación sin sexo, y lo sé por experiencia. Genial, pienso, voy a retener esta idea. El pensamiento me envalentona: al fin y al cabo, me digo, sólo es sexo, sólo es sexo... y lo repito como un mantra mientras él me dice no sé qué... sólo es sexo, sólo...

¿Te quiero?

Lo ha dicho, podría jurarlo, porque yo repetía el mantra y de repente he oído las dos condenadas palabras. Y no he sido yo, de veras que no. Ni siquiera tengo la excusa de pensar que he entendido mal porque lo he entendido perfectamente, igual que aquella vez que me dijo que estaba enamorado de mí y yo me hice un lío y no puedo recordar ni lo que le contesté porque, ¡demonios!, el muy maldito siempre me dice esas cosas cuando yo no estoy preparada para oírlas y ahora, mientras me mira, sé que otra vez está rondando por esos abismos suyos a los que tiene tanto cariño y sospecho que es mejor que me quede callada, así, como si no hubiese oído, porque nada es como debería ser. Lo que quiero decir es que no sé en qué momento algo parecido al amor se coló en nuestra relación de “sólo sexo”. Jodido amor, siempre estropeándolo todo.

Decido que voy a ignorar lo que ha dicho y me siento mejor. Y es que el autoengaño sólo tiene mala prensa: a veces resulta de lo más reconfortante.

(Continuará...)

jueves, 17 de abril de 2008

Una tarde para escondernos (relato ficticio) |Primera parte|

Una mañana, demasiado pronto, todavía duermo. Suena el móvil y yo no quiero revivir aún: lo dejo sonar, eternamente, para siempre. Para siempre no, sólo hasta que esté lista pero, aunque nunca lo estoy, nunca lo estaré, lanzo una mano desorientada hacia la mesilla, cojo el móvil, miro quién demonios puede estar llamando. *Número desconocido*. El último trozo del último sueño todavía parpadea, me llama, pidiendo atención. Sin embargo, contesto: Una voz conocida, desde un número desconocido.

"¿Por qué me llamas?", pienso. "¡Cuánto tiempo!", digo.

Una cita, o algo así. Quedar para un café, en su casa, como en los viejos tiempos -no tan viejos-. No habrá nadie...

"¿No habrá nadie?", pienso, llena de confusión. Pero no digo nada.

"Sí, sí", balbuceo finalmente. Cuelgo. Me doy la vuelta en la cama y me convenzo de que ha sido un sueño, sólo un sueño.

Recobro la consciencia dos horas más tarde. Recuerdo un sueño raro que he tenido. Él me llamaba, quería que nos viésemos en su casa a las cuatro de la tarde. Río. ¿Tanto le echo de menos que hasta sueño que me llama? (Una voz suena en mi cabeza y también ríe. Se ríe de mí).

Quedan un par de horas y estoy inquieta. No parece un sueño, pero no puede ser otra cosa. Imposible, absolutamente imposible que... ¡demonios! Si le llamo, ¿qué es lo peor que puede pasar? Ah, sí, hay algo que puede pasar, algo que no me gusta, pero me gusta aún menos la incertidumbre.

Quince minutos más tarde: he descubierto que no fue un sueño...

(Continuará...)

domingo, 16 de septiembre de 2007

El recuerdo recobrado

Y sus gritos, finalmente, consiguieron hacerse oír sobre los ruidos de los coches, el sonido de las pisadas, el estruendo de la vida cotidiana, segura, sin riesgos. Y ella dirigió sus pasos de nuevo al punto de encuentro, el lugar de siempre, y se reanudó algo que nunca llegó a terminarse del todo, a pesar de todos los esfuerzos, a pesar de una ausencia calculada, a pesar de sus deseos de salvarse.

Un día para estar juntos y encantar el deseo de pasar toda una vida y más juntos. Y después, cada uno seguirá su camino y terminará. Sin mirar hacia atrás, sin pensar en cómo podría haber sido. Un día juntos podría significar más que toda una vida.

Y entonces sí, el recuerdo se tornará silencioso y comenzará a dormitar, y no despertará ya de ese sueño, jamás. Mientras tanto, los gritos, ahora mismo, no me dejan oír ni siquiera las palabras que escribo.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

El recuerdo olvidado

Él la ignora. Ella le ignora. Hace más de un mes que ella no se ha dejado ver por el lugar de siempre. Pensó en simplificar su vida, en deshacerse de lo no útil o de lo no posible y él, que entraba en la segunda categoría, hubo de convertirse en otro recuerdo. No un recuerdo cualquiera. Ninguno de ellos puede ser, en realidad, un recuerdo cualquiera.

Él es un recuerdo olvidado. Forzado al destierro, destinado a las habitaciones invisibles, tras el proceso de olvido -o tras el intento de olvido-, él no es siquiera un fantasma. Sería más acertado decir que es una sombra. Algo que recuerda a algo que recuerda a algo, pero jamás lo suficientemente visible como para averiguar cuál fue el origen.

Y, sin embargo, cuando ella se pone a pensar, y pasa minutos con la mirada perdida, y en su mente sólo aparecen pensamientos sin forma, inidentificables, ella recuerda palabras y gestos, miradas, su voz, su sonrisa -fue siempre su sonrisa, desde el primer momento-. Y entonces ella hace un gesto en el aire con la mano, como para hacer que tales recuerdos, inapropiados, se desvanezcan de nuevo, se conviertan, una vez más, en la sombra olvidada.

Ellos jamás se buscan, aunque hubo un tiempo en que lo hicieron. Muy a pesar de ellos mismos, se buscaban con la mirada, con los pasos, que siempre los llevaban a los mismos lugares, con los labios y con las manos. Y las noches terminaban en estallidos de un placer con cierto sabor a felicidad y con un regusto final de pérdida. Ellos no se buscan pero, a través de otros, siguen manteniendo una especie de conexión. Ella no sabe de qué tipo, sólo siente cosas que no quiere analizar.

Él es un recuerdo convenientemente olvidado, una sombra eficazmente suprimida y, no obstante, algunas noches la sombra comienza a gritar, tal vez sólo para no olvidar su propia existencia, o para recordar que las sombras también tienen voz.

domingo, 9 de septiembre de 2007

La seducción lenta

Puede ocurrir, y de hecho ocurre en ocasiones, que estés en un bar tomando café con amigos, o sola, leyendo, o que simplemente estés allí, medio presente medio ausente, en tus pensamientos, y sientas, de repente, un par de ojos clavados en ti. Las personas tenemos facilidad para notar esas cosas, para saber cuándo alguien mira fijamente; cuestión de energías fluyendo o de supervivencia, o lo que sea. El caso es que se sabe. Entonces levantas la mirada y observas a la persona en cuestión que, en efecto, te está mirando, y tiene una expresión peculiar en el rostro, un tipo de expresión que apenas varía de una persona a otra. Y lo sabes. Sabes exactamente qué está pensando. Y te da exactamente igual. O casi.

Es posible que, después de ese primer contacto ocular sucedan otros, por pura curiosidad. Sin ninguna clase de interés real. Al principio es una suerte de extrañeza y ganas de saber por qué esa persona te mira de esa forma tan peculiar -aunque ya lo sepas, siempre hay una cierta confusión, una pieza que falta, algo más por descubrir-. Esa persona, la que mira, podrá interpretar a su vez qué significan tus miradas rápidas y constantes, sólo que su interpretación no siempre será acertada y más bien dependerá de su estado anímico en ese instante. Si se deja llevar por la euforia del momento, sentirá que puede proceder a un acercamiento. Si no, simplemente se rendirá, o se conformará, o esperará.

La noche -o la tarde, o la mañana- puede acabar así o de otras mil formas. Pero, en términos de conquista lenta, probablemente esa noche terminará con un par de pensamientos que, sin hacer mucho ruido, simplemente se perderán entre sueños.

Sin embargo, tal vez suceda que, contra todo pronóstico, comiences a encontrarte los días sucesivos con esa persona en todas partes. Sus miradas serán intensas, y la intensidad será inversamente proporcional al tiempo que tenga para mirarte. A más tiempo menos intensidad y viceversa. Así que si, en medio de un paseo, la oportunidad se confabula con esa persona, notarás cómo eres mentalmente desnudada por alguien en medio de la calle. Y sólo podrás dedicarte a mirar tus zapatos con un repentino y sorprendente interés mientras sientes que te arde la cara.

Esta situación se repetirá durante varios días seguidos, semanas, meses incluso. Tú normalmente tendrás la cabeza en otra parte -o en otros hombres- y los pensamientos dedicados a esa persona serán breves y residuales. Pero puede ocurrir, y esto es lo misterioso, que, después de algún tiempo, las miradas de esa persona de algún modo comiencen a empaparte, como la lluvia fina. Y cuando te quieres dar cuenta ya estás dentro del juego: no dejas de pensar en esos breves momentos de encuentro y reconocimiento. Con cierta sensación de vergüenza y un impulso que no es del todo decisión tuya, es posible que incluso comiences a provocar dichos encuentros. Coloridos adjetivos aparecerán de la nada para definir a ese hombre, y pensarás en él con términos tales como "guapo" o "feo" o "interesante" o "intrigante", o incluso "peligroso". Puede ser también que empieces a tener fantasías inconfesables referentes a esa persona que ni tan siquiera te ha saludado aún ni una sola vez, cuyo nombre no conoces y cuya actitud, por cierto, cada vez te intimida más, por mucho que su técnica no haya variado ni un ápice en las últimas semanas -pero sí tu disposición-.

Es la conquista lenta. Es cuando un hombre se empieza a colar sin permiso en tu vida y en tus pensamientos. Es cuando, de pronto, sólo te queda una cosa para salvarte y no caer finalmente en una tentación en la que, bien lo sabes, no es sensato ni conveniente caer: tu fuerza de voluntad.

Es de locos descubrir que es tan sencillo atascarse en la mente de una persona. Esta técnica lleva su tiempo, sí, pero al parecer da mejores resultados de lo que podría pensarse a nivel teórico.

Yo, no lo dudéis, me seguiré rebelando, me seguiré resistiendo a caer de bruces (en su cama, supongo). Pero lo cierto es que hoy me saludó por primera vez en todo este tiempo y yo le respondí con un débil "hola", pronunciado con voz ronca por tener la garganta seca, y creo que después hasta sonreí un poco mientras un repentino y extraordinario interés en mis zapatos se apoderaba de mí.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Tranquilidad

Termina el verano y soplan los primeros vientos otoñales. De color dorado, caen sobre mí como una bendición. A pequeña escala siento algo que ha de parecerse a la felicidad. Es una sensación de bienestar y tranquilidad, nada espectacular, nada de efectos especiales. Es del tipo de emoción minúscula que casi nadie nota, pero yo, siempre obligada a emocionarme hasta la locura, siempre fiel a mi tendencia a desesperarme hasta bordear el abismo, poseo ahora una felicidad pequeñita y suave, como una bola plateada que flota ante mis ojos, hipnótica y bella.

Uh-oh.

Nuevas y sorprendentes perspectivas de trabajo para desempeñar una labor a la que nunca quise dedicarme, y sin embargo, me he sorprendido deseándolo, me he sorprendido queriendo hacerlo -¿me estaré volviendo valiente?-. No es probable que me contraten, pero el hecho de haberlo deseado, a pesar de todo, a pesar de mi reticencia, me sorprende y me mantiene con esperanza.

De nuevo, uh-oh.

Me tomé el mes de agosto para mí. Quise aprovechar el tiempo conmigo misma y con quien me apetecía estar. Rompí algunas relaciones que habían llegado a su fin de modo natural, abracé otras con más intensidad, con mayor grado de compromiso. No me rendí ante mi debilidad, la mayor de mis debilidades: pensar, pensar, pensar. Analizarlo todo sin llegar a conclusiones. No quise estropearlo. Tuve, lo confieso, días malos y días muy malos, y sólo raramente momentos buenos. Pensé que algo no estaba funcionando, que mi plan no estaba saliendo bien pero, ahora, escribo esto y soy tranquilidad. No es sólo que esté tranquila. En este preciso momento, soy pura tranquilidad.

Momentos raros y preciosos, bellos gracias a su extrañeza.

Sigo aquí, y tengo ganas de cantar.

lunes, 9 de julio de 2007

El desván donde vives

Odio leer las cartas antiguas, odio las antiguas conversaciones. Esta noche no tengo sueño. Podría haber ido a la cama, pero me he quedado aquí, como tantas otras veces, y no he podido evitar abrir la caja de los recuerdos. “Será divertido”, he pensado. Pero no, no lo ha sido. Sólo me ha hecho recordar.

Hay dentro de mí como una especie de desván, con una puerta que no se abre nunca. En el desván hay un viejo sillón desvencijado de color granate, una cama antiquísima, de las que hacen ruido con sólo mirarlas, un maniquí sin cabeza, dos sillas, una con sólo tres patas y la otra desfondada, y un enorme baúl cubierto de polvo. En el techo hay unas cuantas telarañas y una claraboya sucia. Dentro de ese baúl guardo tus recuerdos, nuestros recuerdos. Y el desván es la habitación donde vives, donde te dejé atrapado, como un fantasma, incapaz de atravesar las paredes. Hoy he entrado al desván, he girado la llave en la cerradura y he visto los viejos objetos olvidados. Y el baúl... Cuando alguien entra en esta habitación, cuando alguien, en pleno ataque de insensatez, entra en esta habitación ya no hay vuelta atrás. Ha de sentarse en el horrible sillón pasado de moda, debe mirar el maniquí guillotinado y tiene, necesariamente, que abrir el baúl y enfrentarse a lo que hay allí.

Tu forma de escribir, tu curiosa forma de hablar, tan elegante, tan original. Tu manera de hacer las cosas, siempre tan tú. Todo siempre tan tú. Demonios. Cómo pude confundirte alguna vez con alguien más. Cómo pude dudar de tus frases, de tu estilo. Esas cartas son lo que alguna vez fuiste para mí, lo que hoy continúas siendo.

No, no te quiero. Pero esto me hace a recordar que te quise demasiado. Y no, no me gusta recordarlo.

Mañana lo habré olvidado.

viernes, 6 de julio de 2007

Volar

En mi Reproductor de Windows Media he inaugurado una nueva lista temática que he titulado "Música para volar". Surgió la idea mientras escuchaba un tema de Arvo Pärt y apenas podía concentrarme en lo que estaba haciendo. De hecho, ni siquiera ahora recuerdo qué hacía porque, al comenzar a escuchar la canción, tuve la sensación de haber desplegado unas alas imaginarias y haber emprendido el vuelo.

El ser humano, pienso, siempre ha tenido esa pasión, ese sueño de volar. Como los pájaros, como los superhéroes. Una vez escribí un relato muy corto que siempre me ha gustado mucho. Consistía en un diálogo entre dos personas, muy teatral y muy absurdo. Un tipo, un fanático quizás, o un loco, con una de esas solicitudes para reunir firmas le pide a un despistado y confuso transeúnte que firme para que los científicos desarrollen un sistema por el cual las generaciones venideras podrían desarrollar alas y, así, poder volar, igual que los pájaros.

Aquí está:

-Respecto a esas especies de pájaros que son tan difíciles de encontrar, le diré que no tengo nada en contra. Y sin embargo...

-¿Sin embargo...?


-Sin embargo no me gustan nada. No me gustan sus picos, ni sus cuerpecitos pequeños. Y el hecho de que puedan volar... eso me molesta especialmente.

-¿Volar?

-Sí. Volar.

-Ah... claro. ¿Y... y por qué?

-Verá, la facultad de volar es sumamente apreciada entre los miembros de nuestra comunidad. Nos molesta el hecho de que algunos seres, a todas luces privilegiados, puedan volar y nosotros no seamos capaces. Luchamos contra esa clase de injusticias, ¿sabe?

-Oh, sí.

-Sabemos perfectamente que nosotros ya no podemos hacer nada, pero nuestros científicos están estudiando la forma de conseguir que a las futuras generaciones les salgan alas, además de brazos, claro. Los brazos son muy útiles.

-Entiendo. ¿Y con qué fin?

-¡Jamás había escuchado una pregunta tan estúpida! ¿Con qué fin? ¡Nosotros queremos volar, claro! Tenemos derecho a hacerlo.

-Oh, sí, sí. Desde luego. Muy sensato...

(Pausa. Ambos se quedan callados, muy serios, mirando al suelo).

-Oh, qué lástima. Acabo... acabo de recordar que tengo que irme. Verá... es que tengo... una cita importante.


-Claro, claro. Pero, ¿le importaría firmar aquí antes de marcharse?

-E...encantado.

Como decía, siempre me gustó el tono absurdo de este pequeño diálogo. Siempre me gustó el hecho de que el hombre de las firmas expusiese su extravagante punto de vista con una lógica a prueba de bombas, y la actitud del extrañado transeúnte, que ni siquiera puede recobrarse lo suficiente de su sorpresa como para negarse a firmar.

Volar... Desde luego, nunca nos crecerán alas como a los pájaros. Sería grotesco, por otra parte. Y están los aviones, el paracaidismo pero, no nos engañemos: no es lo mismo. Sin embargo, es posible hacerlo con la imaginación, como nuestro último recurso. O en sueños. ¿Quién no voló en sueños? ¿Quién no sintió el fuerte viento en el rostro, la sensación de velocidad? ¿Quién no imaginó ser un caballo alado, o montar uno de ellos, y alejarse por el aire, no ser más que un punto pequeño en el cielo?

Volar... Esta es una tarde perfecta para volar. O para coger el coche y perderse. Sin preocuparse de nada, sin pensar, sin querer saber.

sábado, 30 de junio de 2007

...that having been can never pass away*

En cuanto a ti, mi amor, mi vida entera, ¿cuándo comenzamos a tomarnos tan en serio a nosotros mismos? ¿Dónde dejamos la alegría, la juventud, la belleza, la frescura?

A ti te necesito, con todo, a pesar de todo. Algunas veces quiero tirar de la cuerda sin pensar en consecuencias, en nada. Hasta que se rompa. Y me digo que no puedo más, que debo seguir presionando, que debo seguir rompiendo, que debo seguir jugándomela. Pero sé que si un día se rompe, no habrá más tú y no habrá más yo. Habremos cambiado, no nos reconoceremos. ¿Eso es lo que queremos?

Y me preocupo, me preocupo, mepreocupomepreocupo, m-e-p-r-e-o-c-u-p-o. Y no soy capaz de dormir, mirando como una idiota un plano del revés, leyendo un periódico en ruso, tratando de entender por qué soy como soy...

Por qué me quieres todavía.

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*"As in commemoration of a day
that having been can never pass away"

Fragmento de "The Transmutation", por Edwin Muir (1887-1959).

As in commemoration of a day...

“A algunos les mueve el dinero, a otros el sexo, o el poder, o la comida... A mí me mueve el conocimiento”.

Tomo prestada tu frase porque, aunque no te lo dije, me pareció brillante, como la última luz del sol otoñal filtrándose por entre las hojas de un árbol. Me da lástima no poder recordarla exactamente tal y como la dijiste –una lástima no ir siempre provista de una grabadora. Se pierden tantos momentos en una mala memoria...-, pero creo que no importa. Me quedé con la esencia. Y con la sensación (turbulenta, en el pecho).

Te diré algo: no quise hablar mucho de mí y no quise hablar mucho de ti tampoco. Me parece que quiero eternizar aquella tarde, porque tuvo grandes momentos de perfección. Si yo hubiese imaginado –y escrito- esa tarde, tal vez habría cambiado algunas cosas pero, como sucede habitualmente, la ficción no es capaz de igualar a la realidad.

Ni yo misma entendí las últimas miradas que te dirigí. Si te digo la verdad, en ese momento una parte de mí descubrió algo. Algo que, sospecho, es muy importante. Pero ese algo quedó atascado en algún lugar al que no puedo acceder todavía. Sólo sé que ni yo misma pude entender semejante mirada. Esto no tiene sentido, cielos, pero quisiera dárselo. Porque aún recuerdo la confusión en mis ojos. Porque aún lo recuerdo todo y no quiero perder nada de aquello.

No quiero descubrirme aún y no quiero descubrirte por entero todavía. Prefiero que nos vayamos desnudando lentamente. Esto no es una carrera, no lo es, por más que en tantas ocasiones yo misma lo haya creído. Y cualquiera que sea el motivo por el que estás –y cualquiera que sea el motivo de aquella mirada-, me alegro de que estés y nada más. Y mañana, ya veremos...

...Deliciosa despreocupación...

miércoles, 6 de junio de 2007

Poemas

En otro tiempo escribí poemas; no me gusta la poesía, no la entiendo. Ni yo misma sé por qué algunas veces a una le entran ganas de decir cosas que no tienen el más mínimo sentido, ni por qué, en esas ocasiones, una prefiere la estructura del poema (sin rima, sin reglas). Tal vez la poesía nunca tuvo sentido, y ahí es donde se puede hallar su belleza.

Para mí, decir que

aquellas flores no fueron recibidas
la brisa no llegó a tiempo
el silencio lo cubría todo.

no significa nada apenas, pero lo cierto es que desde algún lugar me llega la impresión de que no es más que la pura verdad.

Lo que sí sé es por qué mi poesía, mis poemas, si así pueden llamarse, tienen un cierto aire de cementerio. Una antigua costumbre de pasear por cementerios desiertos y sentarme a escribir tiene la culpa de esto. Ahora no paseo por cementerios, jamás volví a hacerlo, y es que ahora quiero ver gente, quiero saber cómo son y cómo actúan y lo que piensan y lo que sienten. Los muertos tienen derecho a descansar.

Si le ves por la mañana
todavía envuelto en el sueño reciente y en el alcohol
de la noche anterior
dile que aún no he dejado de extrañarle.

Cuando algo parece no tener sentido se puede estar seguro de que sólo es una apariencia. A veces tengo la sensación de ver conexiones en las cosas más enredadas y extrañas. Entonces sonrío y creo haber descubierto algo importante. Me relajo y descanso.

Pero se escapa, se escapa,
como una lágrima haciendo equilibrios en el extremo del ojo.

Cielos, necesito distraerme...

jueves, 12 de abril de 2007

Incoherente

Estos días, y a raíz de una serie de sucesos que no me apetece ni tengo ánimo de comentar -ah, la vida, esa puta llena de sorpresas desagradables-, me he visto obligada a instalarme -de forma bastante incómoda, dicho sea de paso- en el pasado, por si no fuese ya bastante mi dosis diaria de añoranzas, de nostalgias.

Y no precisamente en ese pasado bonito lleno de promesas, soles radiantes y lunas soñadoras, no. En la parte oscura de ese pasado. Lo terrorífico, lo deprimente, lo miserable. Y debe de ser mi tendencia masoquista, porque podría haber escogido ese pasado bonito, blabla, del que hablaba. Pero es que el momento presente lo amerita. Son tiempos sombríos. Punto. Qué se le va a hacer.

Para mi sorpresa, en lugar de sentirme triste, melancólica, con un nudo en la garganta y con todas esas sensaciones, lo que siento es rabia. Termino de leer un e-mail antiguo de una persona que significó mucho para mí -uno de esos fantasmas hijoputescos del pasado- y he deseado, que los dioses me perdonen, tener a esa persona enfrente para poder escupirle toda clase de improperios a la cara y quedarme así tranquila. No es culpa suya, y lo sé muy bien. Nada de nada es, y lo que es más, nunca fue, culpa suya, pero el rencor es así. De pronto lo ves todo rojo y no hay forma de pensar, ni bien, ni mal, ni de ninguna otra manera.

Y no puedo, no hay manera, simplemente no soy capaz de borrarlo, el e-mail. Ni nada de nada. Porque en el fondo sé que el pasado no se borra y el presente tampoco. En el fondo, la vida, la vida, ésa se acaba tarde o temprano. Y no se borra, no, pero se diluye. O quién sabe qué pasa. Algo como una luz que se apaga y ¡puf! qué más da todo. A mí me gusta pensar que la luz no se apaga, que la luz se enciende y ¡zas! se comprende. Pero quién sabe. Hasta ahora, nunca nadie fue capaz de darme una explicación satisfactoria.

sábado, 10 de marzo de 2007

Pensamientos a las 5 am en un local nocturno

Escenario: un bar nocturno cualquiera, en una ciudad cualquiera. 5 de la madrugada.

Personajes: Victoria, sus pensamientos [los verdaderos protagonistas, y ciertamente dotados de vida propia], amigos de Victoria.

La acción transcurre durante unos quince minutos.

Victoria: (visiblemente aburrida, se apoya en una columna y mira la puerta del local como si esperase ver entrar a alguien o a algo que pueda liberarla del sopor provocado por las cuatro-cinco cervezas que se ha tomado. Cualquiera, cualquier cosa: ese actor famoso obsesión-sexoplatónica-del-mes, una horda de uruk-hai dispuestos a cargar contra cualquier cosa que se mueva, una mariposa que sueña ser habitante nocturno que sueña ser mariposa...)

Amiga de Victoria: ¿Qué te pasa?

Victoria: Nada, estoy cansada... pero bien.

Victoria: (llega esta hora y ya no hay nada que hacer. No se puede seguir charlando, no se puede seguir bebiendo, no se puede seguir pretendiendo que uno se lo pasa bien. Lo único que se hace es mirar, mirar, mirar. Y rezar a los dioses para que ocurra algo. O irse a dormir. Entonces, se sigue mirando a la gente que baila, a la gente que bebe, a la gente que charla –ésos son escasos y los más interesantes, porque se les puede mirar con total libertad, sin riesgo de ser descubierta-. Se mira a sus ropas, a lo que cada uno pretende decir sobre sí mismo con su apariencia, sus gestos, su manera de mirar. Y se hacen conjeturas sobre como será su vida una vez que salgan de aquí, una vez que llegue el lunes y se reincorporen a su vida. Porque un local nocturno durante el fin de semana es como un paréntesis en las vidas de la gente. La música está tan alta para que uno no pueda oír ni sus propios pensamientos. El lugar está tan oscuro para que nadie pueda seguir viéndose a sí mismo, con todo lo que eso implica. Y venden alcohol porque... bueno, el porqué es evidente. Ciertamente, es un buen truco, es un truco buenísimo).

Amigo de Victoria: ¿Te apetece tomar algo más?

Victoria: No puedo tomar nada más. Gracias.

Victoria: (unos momentos más y anunciaré que me marcho. Y, hasta entonces, seguir mirando. No está tan mal. Todo el mundo mira a todo el mundo, aunque no conozco las intenciones, las motivaciones de los demás. Sí las mías, desde luego. Las mías nunca cambian. Soy, por naturaleza y por vocación, una observadora. Me gustaría poder leer en los rostros, en las palabras entre líneas. Me gustaría poder tener, en cada momento, la revelación precisa sobre qué es lo importante y qué no lo es. Diseccionar cada gesto, cada palabra, no es tarea fácil y consume demasiado tiempo. Si supiese exactamente adónde tengo que mirar, si supiese qué debo conservar y cómo debo analizarlo, todo sería mucho más fácil. Pero por hoy ya está bien. Ya lo vi todo. Ya empiezo a aburrirme de veras. Está bien, por hoy).

Victoria: ¿Nos vamos?

... Nos vamos.

sábado, 6 de enero de 2007

413 cigarrillos

El tiempo, contigo, lo medía en cigarrillos compartidos, en charlas que duraban hasta que amanecía, en miradas que podían decirlo todo, o no decir nada, pero que nunca quedaron suspendidas en mitad de ningún sitio.

Y permaneciste durante muchos cigarrillos. Aún no sé por qué quise llevar la cuenta así, de esta manera, pero este tipo de cosas –ya lo sabes- me salen solas y, por lo general, no tienen explicación de ningún tipo. Igual que cuando miro los trenes y siento la nostalgia de los viajes que, quizás, ya nunca podré hacer. Igual que cuando me siento a escribir y confío en que las palabras se dibujarán solas, sin ayuda por mi parte, sin siquiera darme cuenta.

Permaneciste durante cuatrocientos trece cigarrillos. Y, tras la última calada, me miraste con esos ojos que lo decían todo:


Ya no hay nada más que compartir. El adiós no es triste cuando dos personas han
estado unidas. Lo que sentimos el uno por el otro permanecerá por siempre, y lo
que sentiremos por otros es el comienzo de un nuevo camino.

Te marchaste envuelto en una nube de humo. No miraste hacia atrás, y yo tampoco te vi alejarte.

viernes, 5 de enero de 2007

Pesadilla

Estoy acostada en la cama, en mi habitación. Me veo desde fuera, como siempre sucede en mis sueños. Mi cuarto está tenuemente iluminado por una luz azul, me recuerda a alguna película de David Lynch. Todo parece estar en orden, sin embargo.

De pronto, súbitamente, abro los ojos. Sacudo los brazos, las piernas, como si doliesen o como si tuviese miedo de no poder moverlos más. Me incorporo en la cama, miro a los lados. Busco algo, o a alguien. Pero no sé qué busco. Siempre busco algo. Siempre tengo la sensación de estar buscando algo más.

Me levanto de la cama y miro por la ventana. Sólo veo oscuridad. También veo el silencio, es amargo, o ácido. Mis sensaciones se confunden y una música comienza a sonar en algún sitio. Un violín, solo, suena melancólico y me asusta un poco. Quiero que pare, y para. Quiero que vuelva a sonar, y vuelve a sonar. Luego para, del todo.

Miro a mi alrededor y ya no estoy en mi habitación, sino en algún otro sitio. En una calle de una ciudad que no reconozco, aunque se parece a miles de calles en miles de ciudades. No es una calle, no está en ninguna ciudad, sólo en el plano onírico. Camino cubierta sólo por mi camisón, sin ropa interior. Hay gente sentada en el suelo, mirándome. No me importa. Camino, de nuevo, como buscando algo. Impaciente por no encontrarlo. Desesperada por no saber qué es.

Estoy en una plaza, sin saber cómo he llegado hasta allí. Hay mucha gente, cientos de personas mirando al cielo. Los observo, algunos me observan a mí, con curiosidad. Me siento extranjera. Sé que soy una extraña allí. No quiero mirar al cielo. Veré algo horrible si lo hago. Me siento en el suelo y, abrazándome las rodillas, comienzo a mecerme hacia delante y hacia atrás. Noto, en este momento que, a pesar de haber tanta gente, la plaza está en completo silencio. Un hombre que (re)conozco se acerca a mí. Está tocando el violín, una música melancólica que me da miedo. Cierro los ojos y, con los labios apretados, comienzo a llorar...