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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

viernes, 12 de diciembre de 2008

Mucho más absurdo

Escribo, otra vez, desde la burbuja, desde el lugar donde he vuelto a ser derrotada. Bah, ni siquiera tengo ganas de que esto suene melodramático o de que suene, simplemente, a cómo me siento. En realidad, me gustaría que no sonase a absolutamente nada. ¿Será esto posible?

No paso por aquí desde hace tiempo. Hoy mismo, tal vez por haber estado ocupando mi mente en muchas cosas diversas, he pensado que hace muchísimo que no escribo nada y, como justo la agorafobia me empieza a dar la lata de nuevo, me he acordado del blog. Nada de malas interpretaciones. Me acuerdo del blog a menudo, pero lo que tenía que contar no me apetecía contarlo -por un exceso de acontecimientos, tal vez, y no al contrario. Y es que las cosas pasan deprisa y todo cambia en cuestión de instantes. Así que voy a intentar ponerme al día.

Estoy haciendo un cursito en otra ciudad, sólo fines de semana. Es algo que necesitaba hacer porque puede ayudarme a encontrar -¡por fin!- un trabajo en algo que ni me gusta ni me disgusta, pero que no me importaría hacer. ¿El problema? La ciudad en cuestión está a tres horas de autobús de la mía, dos y media en coche. Durante el mes de noviembre, cuando comenzó, todo salió tan bien que solamente tuve que montar en el maldito autobús una vez. Hacía ocho años que no subía a uno y no sé de dónde saqué las fuerzas. Y no, por desgracia no puedo decir que me fuera bien. Una vez allí, volvieron sensaciones de antaño ya olvidadas -las de mis últimos viajes en autobús, sólo que aumentadas y corregidas para ser aún más terroríficas-. Me pasé el viaje declarando -a los cuatro vientos, me temo, porque el autobús estaba silencioso- que me bajaría en la siguiente parada, y lo dije en todas y cada una de las paradas. Al final, llegué a la ciudad temida -y ya odiada, a estas alturas-, y el resto del tiempo lo pasé más o menos bien a pesar de que pasé sola la noche. Pero al día siguiente, aun cuando estaba decidido que volvería en autobús, tuve que llamar a mi entonces todavía novio para que viniese a rescatarme con el coche. El fin de semana siguiente ya no fui -hubiese tenido que volver en autobús y, por la mañana, al prepararme para ir, tuve un ataque de pánico y me negué-, y este fin de semana otro tanto de lo mismo: no he ido. Me siento fatal conmigo misma, pero ya no puedo hacer nada. Sin embargo, tampoco quiero ser indulgente. No sé el porqué de esta recaída. Como ya he dicho, el hecho de viajar aquel día en autobús removió cosas ya olvidadas. También es cierto que es el único medio de transporte que todavía no domino. El tren, ahora, me parece hasta cómodo y el avión ya no me da el miedo que solía. El coche tampoco es un problema, siempre que conduzca alguien de mi confianza. Me fastidia esto, ahora, porque es importante, y también porque este año he superado un montón de cosas que me parecían impensables hace un tiempo. Y es por eso que me siento derrotada.

Por otro lado, las cosas están cambiando bastante para mí. He dejado a mi novio hace dos semanas. No es que la cosa haya cambiado mucho, en realidad. Nos seguimos viendo con la misma frecuencia, y la manera de terminar ha sido de lo más armónica, a pesar de haberle dejado por otra persona. Ha sido una decisión totalmente impulsiva porque a la otra persona, en realidad, no la conozco. Sólo sé de él lo que él ha querido contarme, que no es mucho y, a pesar de habernos declarado nuestra mutua intención y deseo de estar juntos, ni siquiera sé si lo estamos o no. Es algo que se resolverá el domingo, supongo. Pero las cosas transcurren de manera extraña. Llevaba seis meses viéndole casi a diario y no me atrevía a decirle nada. En seis meses una puede pensar muchas cosas, inventar muchas fantasías. Es decir, estaba llegando a un punto en el que, o actuaba ya, o la situación con él iba a convertirse en un tema de "amor platónico" sin más. Nunca me había ocurrido algo así, sentirme tan incapaz de decirle a alguien "me gustas" o tratar de iniciar una conversación de alguna manera. Sólo me dedicaba a mirarle silenciosamente porque su presencia me imponía tanto que no podía siquiera sonreírle o lanzarle alguna mínima señal de interés. Él me miraba también, por eso yo me sentía relativamente segura respecto a la idea de que, si algún día me atrevía a decirle algo, él no iba a rechazarme de lleno. Absurdo. Todo tan absurdo... empezaba a sentirme como una adolescente. Y, un día, me atreví, y todo fue maravillosamente sencillo. Hace dos semanas de aquello. Hubo una primera cita y él, como buen sagitario, me aclaró bastantes cosas acerca de lo que quería de mí y me preguntó qué es lo que quería yo de él. Me pilló sin respuestas y le dije que lo pensaría -por mi situación, el hecho de pensar en qué quería yo de alguien que no fuese mi novio, me dejaba inmediatamente sin respuesta. Así que no pensé. Actué. Dejé a mi novio. De nuevo, absurdo, pero estoy razonablemente segura de que lo quiero así, al menos por ahora. El otro chico "desapareció" después de aquello y, tras unos días, me convencí de que todo había acabado sin haber empezado siquiera, hasta que él me aseguró, vía sms, que quería estar conmigo. Absurdo, absurdo, absurdo. Lo reconozco. Lo que empieza tan mal, acabará seguramente peor, pero no me importa porque voy a llevar este absurdo hasta el final. Simplemente, quiero hacerlo y ya está. Y eso es algo que hacía tiempo que no podía decir con tanta seguridad.

martes, 22 de julio de 2008

Absurdo

Tengo los ojos envueltos en humo, apenas puedo ver las letras que escribo, demasiados cigarrillos en el cenicero aunque, en noches como ésta, en noches como todas, parece que lo único que se puede hacer es seguir fumando, uno tras otro, uno tras otro, con la ventana cerrada para que el humo envuelva mis ojos y no me deje ver nada.

Esta tarde, mientras me estaba poniendo los pantalones negros, he pensado “ésta no puede ser mi vida, es absurdo”. Es absurda, mi vida, la mayor parte del tiempo. No consigo entenderla. No sé cómo lo hace la gente, es decir, no sé si hay algo que entender realmente, no sé si merecerá la pena tratar de entender algo porque la vida se te va en el empeño. Pero no puedo evitarlo. Es como aquella vez en que me di cuenta de que la libertad de la que creía gozar era una ilusión. La lucha, desde entonces, pasó a ser una búsqueda de la libertad, que no es otra cosa más que una búsqueda de la verdad. Pero, ¿acaso existirá? En fin, nada de esto tiene sentido, como viene siendo ya habitual. El caos se ha convertido en absurdo y a veces veo pasar mi vida como si se tratara de un sueño. Por lo pronto, me siento más real en sueños que cuando no estoy despierta, y eso es un síntoma. No sé de qué, pero es un síntoma.


***


Otra cosa: tiendo a identificarme demasiado con personajes de ciertas películas, de ciertos libros. Hoy vi “El maquinista” y creía que me iba a volver loca. La empatía, en mi caso, es una enfermedad. Aunque creo que es benigno. Definitivamente, ha de serlo. Otras veces, sin embargo, soy extremadamente fría. Tan fría algunas veces que parezco otra persona y, cuando sucede –porque es algo que “sucede”, esto es, de repente me distancio, me alejo miles de kilómetros, literalmente me transformo y sale mi Mr. Hyde particular, el Mr. Hyde que todos llevamos dentro-, cuando sucede, decía, es digno de verse, según me han comentado aquellos que en efecto lo vieron. Me cambian los gestos, la expresión de la cara. No ocurre muy a menudo, ciertamente, pero es algo interesante. ¿Le ocurrirá a todo el mundo?

Y, como tantas veces antes, esta entrada es más bien el producto de una pesadilla que otra cosa. Tal vez también un recurso para ignorar el miedo mientras lo veo acechar(me). Tal vez debería crear una nueva categoría para el blog, ya que las pesadillas, el miedo, el Absurdo, siempre parecen estar presentes y, para ser totalmente honesta, tampoco sé lo que haría sin ellos. En cierto sentido todo esto es incluso reconfortante, ¿no os parece?

domingo, 6 de julio de 2008

El Circo (de los años 20)

Lo digo desde ya: no soporto a los payasos, son inquietantes y tristes, los mimos me producen tal desconfianza que cuando veo uno en la calle tengo que apretar el paso mientras lo miro con cara de alucinada, no me interesan en absoluto los animales entrenados para hacer acrobacias, y de la única vez en mi vida que fui al circo no guardo recuerdo alguno -es más, tal vez solamente soñé que fui al circo-. ¿Por qué, entonces, el Mundo del Circo, ese con mayúsculas, (ese de los años 20 o por ahí, el Circo en todo su esplendor), me parece tan sumamente atractivo?

No tengo ni idea de cómo funciona hoy en día, la verdad. Cuando veo un cartel con un elefante enorme en el centro y una señorita de sonrisa Profident encima del animalito, vestida con maillot de lentejuelas, me entra una pereza enorme y me alegro de no estar obligada a acudir a tal espectáculo. Y, sin embargo, daría cualquier cosa por poder irme al pasado a visitar uno de esos Circos de allá por los años 20, con sus forzudos de músculos hiperbólicos y ridículo bigotito, sus funambulistas de cable suspendido y pértiga y sus fenómenos, que provocaban a la vez pánico, sorpresa, curiosidad y repugnancia en la concurrencia, en un momento en que la concurrencia no había oído hablar en su vida de ese concepto tan famoso de la corrección política y, por tanto, escandalizarse por ver a una mujer con una barba tan poblada como la del abuelo de Heidi o abrir la boca ante la visión de unos hermanos siameses unidos por el torso era justamente lo que se consideraba apropiado.

Hay una película de 1932 en la que el Mundo del Circo aparece representado, imagino, tal y como era entonces. Su título original es "freaks", palabra que se refiere a los fenómenos de aquel circo inquietante, y que es el calificativo que hoy en día muchos se autoaplican, orgullosos de mostrar al mundo su diferencia. Pues bien, aun era yo una niña de ocho años cuando descubrí esta peli -a los ocho años me gustaban las pelis que mi padre grababa en nuestro antiquísimo video, películas como "un gangster para un milagro", "my fair lady" o la propia "freaks" son de esas que me han acompañado durante toda mi vida y, supongo que sí, yo también me siento orgullosa de ser, en cierto modo, una "freak"-, a los ocho años, como decía, descubrí esta película y todavía recuerdo el tremendo impacto que produjeron en mí las imágenes del final, cuando (recomiendo que quienes no hayan visto la peli se salten esta parte) los freaks, en medio de la noche, bajo una tormenta de proporciones bíblicas, se cobran su terrible venganza contra la pérfida Cleopatra. La moraleja de la película es, no podría ser de otra manera, "los freaks son los otros".

Que quede, pues, constancia, de mi admiración por ese mundo misterioso, por aquellas personas que, perseguidas por la mala fortuna desde el nacimiento, se vieron obligadas a entretener a los "normales" mediante la exhibición de sus deformidades, por la figura del funambulista suspendido sobre nuestras cabezas, por la música circense archiconocida, que sólo con escucharla ya induce un estado de ánimo especial, romántico y poético, por el Circo, en definitiva, de allá por los años 20.

domingo, 22 de junio de 2008

Respecto a la anterior historia...

... que había estado escribiendo por partes, me temo que voy a tener que dejarla inacabada. Querría eliminarla -y realmente eso equivaldría a invalidarla totalmente para, posteriormente, borrarla del todo, no sólo del blog, sino también de mí misma-, pero no, no voy a hacer eso. No puedo hacer eso. Primero, porque no existe el crimen perfecto, y segundo, porque las historias se pueden borrar, romper, quemar o enviar a la papelera de reciclaje (el limbo de los archivos no deseados), pero las sensaciones, pensamientos e ideas que inspiran dichas historias permanecen. Y no sólo permanecen, sino que los muy cabrones suelen aparecerse por las noches, en forma de fantasma, de indigestión o de tristeza súbita que no se va ni con un alegre vasito de leche nocturno en jarrita de cristal, ni con pastillitas de felicidad, ni con un sueño reparador de doce horas. Hace tiempo que me di cuenta de eso. "Mejor fuera que dentro", como decía Shrek, sólo que él se refería a otra cosa, me pareció entender.

Pero no quiero continuar la historia también por varias razones -no os podréis quejar, lectores que vagáis por este mundo surrealista que llamamos internet, de que no traigo las cosas bien argumentadas-, y esas razones son, por partes también, primera, que no tiene sentido seguir caminando cuando, en una calle sin salida te topas contra el muro (de la realidad), segunda, que me estaba poniendo demasiado cursi y ñoña -y eso es porque hay temas que tal vez no debieran tocarse, ni siquiera para hacer historias-, y tercera y más importante, que he fallado estrepitosamente, tanto en las maneras como en la intención, y es que no necesito historias a modo de premio de consolación y mucho menos puedo permitírmelas. Y ya está. Ahí quedarán esas dos partes a modo de recordatorio, pero siento que me quito un peso de encima al retirarme, ya que desde hace semanas me apetecía volver a escribir en el blog y ese cuentito inacabado me lo impedía, mostrándome todo el tiempo su argumento raro y su forma fea.

Y, bien, después de esta "autobronca", esto continúa como lo que era... o eso supongo, porque no tengo ni idea de lo que era. Eh... bueno, que continúa. Y ya está.

jueves, 8 de mayo de 2008

Una tarde para escondernos (relato ficticio) |Segunda parte|

No creo que sea una buena idea, me digo mientras subo las escaleras hacia su piso. Repaso todas las razones por las que no es una buena idea y tienen sentido. Lo que no tiene sentido es que yo ya haya llegado a la puerta y que él me reciba con la misma cara de siempre: como alguien que no ha dormido en varios días, como alguien que tiene demasiadas cosas en la cabeza, que dedica un rato todas las noches a rondar abismos, con una devoción pasmosa, sin perder un solo segundo en pensamientos alegres. Lo más curioso de todo esto es que él es una persona en esencia triste, uno de los más tristes que conocí y que, probablemente, es esa tristeza lo que más me interesa de él y, sin embargo, la primera vez que noté su presencia fue aquella vez que me sonrió. Y, ahora, recordando esa primera vez que me sonrió, todas y cada una de las veces que le he visto sonreír –casi, casi se pueden contar con los dedos de una mano-, por fin sé por qué estoy aquí, por qué sigo enamorada de él, a pesar de todo, a pesar de que nada de esto es una buena idea.

La conversación discurre por los senderos conocidos, un poco de esto y de aquello aunque nada demasiado trascendente o demasiado impresionante. Y es totalmente normal, ya que otra de las peculiaridades de nuestra relación, como una de esas reglas no escritas que existen en todas las relaciones, es que las cosas importantes solamente se dicen en tierra de nadie y “tierra de nadie” solía ser ese bar bonito y pijo cerca de mi casa. Sólo allí nos dedicábamos a desnudarnos el alma si nos daba la gana pero, no hace falta ni mencionarlo, ir a su casa significaba tener que desnudar otras cosas más tangibles. Sin problema. El sexo sin relación siempre trae menos problemas que la relación sin sexo, y lo sé por experiencia. Genial, pienso, voy a retener esta idea. El pensamiento me envalentona: al fin y al cabo, me digo, sólo es sexo, sólo es sexo... y lo repito como un mantra mientras él me dice no sé qué... sólo es sexo, sólo...

¿Te quiero?

Lo ha dicho, podría jurarlo, porque yo repetía el mantra y de repente he oído las dos condenadas palabras. Y no he sido yo, de veras que no. Ni siquiera tengo la excusa de pensar que he entendido mal porque lo he entendido perfectamente, igual que aquella vez que me dijo que estaba enamorado de mí y yo me hice un lío y no puedo recordar ni lo que le contesté porque, ¡demonios!, el muy maldito siempre me dice esas cosas cuando yo no estoy preparada para oírlas y ahora, mientras me mira, sé que otra vez está rondando por esos abismos suyos a los que tiene tanto cariño y sospecho que es mejor que me quede callada, así, como si no hubiese oído, porque nada es como debería ser. Lo que quiero decir es que no sé en qué momento algo parecido al amor se coló en nuestra relación de “sólo sexo”. Jodido amor, siempre estropeándolo todo.

Decido que voy a ignorar lo que ha dicho y me siento mejor. Y es que el autoengaño sólo tiene mala prensa: a veces resulta de lo más reconfortante.

(Continuará...)

miércoles, 23 de abril de 2008

No puedo creerlo...

...se ha casado...

En realidad, sí, sí lo creo. Sabía que iba a pasar, pero lo cierto es que no pensaba enterarme. No quería enterarme.

Hace unos días soñé que una amiga me decía que cierto chico que conocemos se iba a casar. Hoy esta misma amiga me ha contado que otro chico distinto, del que yo me enamoré en el pasado, está casado ahora. Y yo aún trato de digerir la noticia porque, aunque no me concierne en absoluto, siento como un pinchazo, un dolorcillo tenue, apenas perceptible, pero constante.

Pero en realidad no me concierne. No, en absoluto.

jueves, 17 de abril de 2008

Una tarde para escondernos (relato ficticio) |Primera parte|

Una mañana, demasiado pronto, todavía duermo. Suena el móvil y yo no quiero revivir aún: lo dejo sonar, eternamente, para siempre. Para siempre no, sólo hasta que esté lista pero, aunque nunca lo estoy, nunca lo estaré, lanzo una mano desorientada hacia la mesilla, cojo el móvil, miro quién demonios puede estar llamando. *Número desconocido*. El último trozo del último sueño todavía parpadea, me llama, pidiendo atención. Sin embargo, contesto: Una voz conocida, desde un número desconocido.

"¿Por qué me llamas?", pienso. "¡Cuánto tiempo!", digo.

Una cita, o algo así. Quedar para un café, en su casa, como en los viejos tiempos -no tan viejos-. No habrá nadie...

"¿No habrá nadie?", pienso, llena de confusión. Pero no digo nada.

"Sí, sí", balbuceo finalmente. Cuelgo. Me doy la vuelta en la cama y me convenzo de que ha sido un sueño, sólo un sueño.

Recobro la consciencia dos horas más tarde. Recuerdo un sueño raro que he tenido. Él me llamaba, quería que nos viésemos en su casa a las cuatro de la tarde. Río. ¿Tanto le echo de menos que hasta sueño que me llama? (Una voz suena en mi cabeza y también ríe. Se ríe de mí).

Quedan un par de horas y estoy inquieta. No parece un sueño, pero no puede ser otra cosa. Imposible, absolutamente imposible que... ¡demonios! Si le llamo, ¿qué es lo peor que puede pasar? Ah, sí, hay algo que puede pasar, algo que no me gusta, pero me gusta aún menos la incertidumbre.

Quince minutos más tarde: he descubierto que no fue un sueño...

(Continuará...)