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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

domingo, 22 de febrero de 2009

Día uno

Dentro de unos minutos, tu avión despegará. No me gusta demasiado hacer esto -exponer aquí cómo me estoy sintiendo ahora mismo-, pero creo que lo necesito. Escribir. Escribir sobre ti, sobre lo que siento, es dar forma a los pensamientos en lugar de dejarlos atrapados dentro. Escribir, una vez más, como una forma de terapia.

Ayer salí por la tarde y pasé por delante de varios sitios que ya, inevitablemente, me recuerdan a ti. Es increíble comprobar que esas calles han quedado ya impregnadas por el recuerdo de tantos meses -estos dos últimos que hemos pasado juntos, y todos los anteriores cuando, ya sabes, yo trataba de verte aparecer y, sobre todo, de hacerme visible para ti-. Era un consuelo (aunque la palabra "consuelo" sea tan inexacta en este caso) saber que no estabas tan lejos, que el tiempo pasa rápido, que regresas y, sobre todo, que regresas a mí. No voy a permitirme tener miedo a ese respecto. Lo que ambos sentimos, lo que sentimos el uno por el otro, está para mí muy claro, así que, sí, créeme cuando te digo que por fin te creo. Y sigo siendo feliz, a pesar de que ahora esté experimentando síntomas de algo así como "síndrome de abstinencia". Pero mejor quédate con esto: soy feliz. Me haces tremendamente feliz. De verdad.

Diviértete mucho, aprovecha el tiempo, vuelve con un montón de experiencias nuevas. Yo te espero aquí, ya lo sabes. Y estoy muy contenta por ti.

...tu avión está a punto de salir...

(te amo)

domingo, 25 de enero de 2009

Ay, ay...

Otro fin de semana de esos para recordar siempre (variante en-las-nubes). ¿Tienes alguna idea de lo que me estás haciendo? Te lo digo en serio, ¿la tienes?, porque yo misma me asombro cada vez de lo rápido que va esto y de adónde está llegando en apenas... ¿un par de meses? Absolutamente de locos. Un endemoniado cuento de hadas, te lo aseguro.

Primero, debería pedirte cuentas porque, cuando escribo, no puedo dejar de pensar en ti y, cuando no escribo, no puedo dejar de pensar en ti. Lo ocupas todo, ahora mismo. Todo absolutamente. Y segundo, si lo que me dices cada día, sí, sí, eso que no me creo, que no puedo creer, va en serio, entonces deberías saber, y también te lo digo muy en serio, que estoy considerando las opciones que existen por el momento y, aunque no sean muchas, el pensamiento, la idea, -la fantasía- no se me va a ir de la cabeza tan rápido. Una amenaza. Tal cual.

¿Aceptas? Yo me apresuro a aceptar.

Iré contigo a cualquier sitio donde quieras llevarme. De verdad.

lunes, 5 de enero de 2009

Así que me has encontrado...

Te doy la bienvenida con un cierto rubor, al estilo de las damas de la Inglaterra previctoriana. Puedes pasear por aquí como quieras, por donde quieras. Al fin y al cabo, no encontrarás aquí nada que no sean las palabras que alguna vez dibujé en mi imaginación, esforzándome por darles un sentido en este pequeño microcosmos mío donde -puedes creerlo- la falta de sentido es lo preponderante. Pero eso no importa ahora. Lo que leerás son mis intentos por ocultarme al tiempo que me muestro, o mi manera de mostrarme mientras intento esconderme. Todavía no está muy claro (ni siquiera para mí).

En todo caso, y si te soy sincera, no pensé que me encontrarías. En realidad ni siquiera llegué a pensar, ni por un segundo, que me buscarías. Ya lo ves, sigues sorprendiéndome y apenas sé qué podría decir ahora. Podría decir que sigo sintiéndome feliz pero, tras pensarlo, me he dado cuenta de que lo que siento, más bien, es una especie de euforia muy de acuerdo con las circunstancias. Y aunque el rubor persiste y me sigo preguntando si tal vez no debería haberme callado con respecto a este pequeño "secreto" mío, lo cierto es que me alegro de poder decirte bienvenido.

(Y, ahora, sólo espero que las cosas simplemente mantengan su statu quo, al menos hasta la próxima vez que... y, sí, esto lo digo casi, casi temblando de miedo. Y es que nunca se sabe).

domingo, 21 de diciembre de 2008

Feliz

Estoy exhausta, algo magullada, me duele todo y tengo agujetas, pero me siento incontinentemente feliz, exultante, y hasta guapa. Escucho a Air, la banda sonora de la peli Las Vírgenes Suicidas y, aunque ya está oscuro fuera, a mí todo me parece hoy brillante, perfecto.

Es increíble cómo una noche de sexo (y de amor, aunque tal vez sea no demasiado prudente decirlo así -es sólo una forma de hablar, un tópico) con un chico de-los-que-te-gustan-de-verdad puede cambiar la visión del mundo, de todas las cosas. Y yo sigo aquí, montada, firmemente agarrada a mi montaña rusa emocional, pero hoy no me importa. Hoy soy feliz y ya está.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Mucho más absurdo

Escribo, otra vez, desde la burbuja, desde el lugar donde he vuelto a ser derrotada. Bah, ni siquiera tengo ganas de que esto suene melodramático o de que suene, simplemente, a cómo me siento. En realidad, me gustaría que no sonase a absolutamente nada. ¿Será esto posible?

No paso por aquí desde hace tiempo. Hoy mismo, tal vez por haber estado ocupando mi mente en muchas cosas diversas, he pensado que hace muchísimo que no escribo nada y, como justo la agorafobia me empieza a dar la lata de nuevo, me he acordado del blog. Nada de malas interpretaciones. Me acuerdo del blog a menudo, pero lo que tenía que contar no me apetecía contarlo -por un exceso de acontecimientos, tal vez, y no al contrario. Y es que las cosas pasan deprisa y todo cambia en cuestión de instantes. Así que voy a intentar ponerme al día.

Estoy haciendo un cursito en otra ciudad, sólo fines de semana. Es algo que necesitaba hacer porque puede ayudarme a encontrar -¡por fin!- un trabajo en algo que ni me gusta ni me disgusta, pero que no me importaría hacer. ¿El problema? La ciudad en cuestión está a tres horas de autobús de la mía, dos y media en coche. Durante el mes de noviembre, cuando comenzó, todo salió tan bien que solamente tuve que montar en el maldito autobús una vez. Hacía ocho años que no subía a uno y no sé de dónde saqué las fuerzas. Y no, por desgracia no puedo decir que me fuera bien. Una vez allí, volvieron sensaciones de antaño ya olvidadas -las de mis últimos viajes en autobús, sólo que aumentadas y corregidas para ser aún más terroríficas-. Me pasé el viaje declarando -a los cuatro vientos, me temo, porque el autobús estaba silencioso- que me bajaría en la siguiente parada, y lo dije en todas y cada una de las paradas. Al final, llegué a la ciudad temida -y ya odiada, a estas alturas-, y el resto del tiempo lo pasé más o menos bien a pesar de que pasé sola la noche. Pero al día siguiente, aun cuando estaba decidido que volvería en autobús, tuve que llamar a mi entonces todavía novio para que viniese a rescatarme con el coche. El fin de semana siguiente ya no fui -hubiese tenido que volver en autobús y, por la mañana, al prepararme para ir, tuve un ataque de pánico y me negué-, y este fin de semana otro tanto de lo mismo: no he ido. Me siento fatal conmigo misma, pero ya no puedo hacer nada. Sin embargo, tampoco quiero ser indulgente. No sé el porqué de esta recaída. Como ya he dicho, el hecho de viajar aquel día en autobús removió cosas ya olvidadas. También es cierto que es el único medio de transporte que todavía no domino. El tren, ahora, me parece hasta cómodo y el avión ya no me da el miedo que solía. El coche tampoco es un problema, siempre que conduzca alguien de mi confianza. Me fastidia esto, ahora, porque es importante, y también porque este año he superado un montón de cosas que me parecían impensables hace un tiempo. Y es por eso que me siento derrotada.

Por otro lado, las cosas están cambiando bastante para mí. He dejado a mi novio hace dos semanas. No es que la cosa haya cambiado mucho, en realidad. Nos seguimos viendo con la misma frecuencia, y la manera de terminar ha sido de lo más armónica, a pesar de haberle dejado por otra persona. Ha sido una decisión totalmente impulsiva porque a la otra persona, en realidad, no la conozco. Sólo sé de él lo que él ha querido contarme, que no es mucho y, a pesar de habernos declarado nuestra mutua intención y deseo de estar juntos, ni siquiera sé si lo estamos o no. Es algo que se resolverá el domingo, supongo. Pero las cosas transcurren de manera extraña. Llevaba seis meses viéndole casi a diario y no me atrevía a decirle nada. En seis meses una puede pensar muchas cosas, inventar muchas fantasías. Es decir, estaba llegando a un punto en el que, o actuaba ya, o la situación con él iba a convertirse en un tema de "amor platónico" sin más. Nunca me había ocurrido algo así, sentirme tan incapaz de decirle a alguien "me gustas" o tratar de iniciar una conversación de alguna manera. Sólo me dedicaba a mirarle silenciosamente porque su presencia me imponía tanto que no podía siquiera sonreírle o lanzarle alguna mínima señal de interés. Él me miraba también, por eso yo me sentía relativamente segura respecto a la idea de que, si algún día me atrevía a decirle algo, él no iba a rechazarme de lleno. Absurdo. Todo tan absurdo... empezaba a sentirme como una adolescente. Y, un día, me atreví, y todo fue maravillosamente sencillo. Hace dos semanas de aquello. Hubo una primera cita y él, como buen sagitario, me aclaró bastantes cosas acerca de lo que quería de mí y me preguntó qué es lo que quería yo de él. Me pilló sin respuestas y le dije que lo pensaría -por mi situación, el hecho de pensar en qué quería yo de alguien que no fuese mi novio, me dejaba inmediatamente sin respuesta. Así que no pensé. Actué. Dejé a mi novio. De nuevo, absurdo, pero estoy razonablemente segura de que lo quiero así, al menos por ahora. El otro chico "desapareció" después de aquello y, tras unos días, me convencí de que todo había acabado sin haber empezado siquiera, hasta que él me aseguró, vía sms, que quería estar conmigo. Absurdo, absurdo, absurdo. Lo reconozco. Lo que empieza tan mal, acabará seguramente peor, pero no me importa porque voy a llevar este absurdo hasta el final. Simplemente, quiero hacerlo y ya está. Y eso es algo que hacía tiempo que no podía decir con tanta seguridad.

martes, 22 de julio de 2008

Absurdo

Tengo los ojos envueltos en humo, apenas puedo ver las letras que escribo, demasiados cigarrillos en el cenicero aunque, en noches como ésta, en noches como todas, parece que lo único que se puede hacer es seguir fumando, uno tras otro, uno tras otro, con la ventana cerrada para que el humo envuelva mis ojos y no me deje ver nada.

Esta tarde, mientras me estaba poniendo los pantalones negros, he pensado “ésta no puede ser mi vida, es absurdo”. Es absurda, mi vida, la mayor parte del tiempo. No consigo entenderla. No sé cómo lo hace la gente, es decir, no sé si hay algo que entender realmente, no sé si merecerá la pena tratar de entender algo porque la vida se te va en el empeño. Pero no puedo evitarlo. Es como aquella vez en que me di cuenta de que la libertad de la que creía gozar era una ilusión. La lucha, desde entonces, pasó a ser una búsqueda de la libertad, que no es otra cosa más que una búsqueda de la verdad. Pero, ¿acaso existirá? En fin, nada de esto tiene sentido, como viene siendo ya habitual. El caos se ha convertido en absurdo y a veces veo pasar mi vida como si se tratara de un sueño. Por lo pronto, me siento más real en sueños que cuando no estoy despierta, y eso es un síntoma. No sé de qué, pero es un síntoma.


***


Otra cosa: tiendo a identificarme demasiado con personajes de ciertas películas, de ciertos libros. Hoy vi “El maquinista” y creía que me iba a volver loca. La empatía, en mi caso, es una enfermedad. Aunque creo que es benigno. Definitivamente, ha de serlo. Otras veces, sin embargo, soy extremadamente fría. Tan fría algunas veces que parezco otra persona y, cuando sucede –porque es algo que “sucede”, esto es, de repente me distancio, me alejo miles de kilómetros, literalmente me transformo y sale mi Mr. Hyde particular, el Mr. Hyde que todos llevamos dentro-, cuando sucede, decía, es digno de verse, según me han comentado aquellos que en efecto lo vieron. Me cambian los gestos, la expresión de la cara. No ocurre muy a menudo, ciertamente, pero es algo interesante. ¿Le ocurrirá a todo el mundo?

Y, como tantas veces antes, esta entrada es más bien el producto de una pesadilla que otra cosa. Tal vez también un recurso para ignorar el miedo mientras lo veo acechar(me). Tal vez debería crear una nueva categoría para el blog, ya que las pesadillas, el miedo, el Absurdo, siempre parecen estar presentes y, para ser totalmente honesta, tampoco sé lo que haría sin ellos. En cierto sentido todo esto es incluso reconfortante, ¿no os parece?

domingo, 6 de julio de 2008

El Circo (de los años 20)

Lo digo desde ya: no soporto a los payasos, son inquietantes y tristes, los mimos me producen tal desconfianza que cuando veo uno en la calle tengo que apretar el paso mientras lo miro con cara de alucinada, no me interesan en absoluto los animales entrenados para hacer acrobacias, y de la única vez en mi vida que fui al circo no guardo recuerdo alguno -es más, tal vez solamente soñé que fui al circo-. ¿Por qué, entonces, el Mundo del Circo, ese con mayúsculas, (ese de los años 20 o por ahí, el Circo en todo su esplendor), me parece tan sumamente atractivo?

No tengo ni idea de cómo funciona hoy en día, la verdad. Cuando veo un cartel con un elefante enorme en el centro y una señorita de sonrisa Profident encima del animalito, vestida con maillot de lentejuelas, me entra una pereza enorme y me alegro de no estar obligada a acudir a tal espectáculo. Y, sin embargo, daría cualquier cosa por poder irme al pasado a visitar uno de esos Circos de allá por los años 20, con sus forzudos de músculos hiperbólicos y ridículo bigotito, sus funambulistas de cable suspendido y pértiga y sus fenómenos, que provocaban a la vez pánico, sorpresa, curiosidad y repugnancia en la concurrencia, en un momento en que la concurrencia no había oído hablar en su vida de ese concepto tan famoso de la corrección política y, por tanto, escandalizarse por ver a una mujer con una barba tan poblada como la del abuelo de Heidi o abrir la boca ante la visión de unos hermanos siameses unidos por el torso era justamente lo que se consideraba apropiado.

Hay una película de 1932 en la que el Mundo del Circo aparece representado, imagino, tal y como era entonces. Su título original es "freaks", palabra que se refiere a los fenómenos de aquel circo inquietante, y que es el calificativo que hoy en día muchos se autoaplican, orgullosos de mostrar al mundo su diferencia. Pues bien, aun era yo una niña de ocho años cuando descubrí esta peli -a los ocho años me gustaban las pelis que mi padre grababa en nuestro antiquísimo video, películas como "un gangster para un milagro", "my fair lady" o la propia "freaks" son de esas que me han acompañado durante toda mi vida y, supongo que sí, yo también me siento orgullosa de ser, en cierto modo, una "freak"-, a los ocho años, como decía, descubrí esta película y todavía recuerdo el tremendo impacto que produjeron en mí las imágenes del final, cuando (recomiendo que quienes no hayan visto la peli se salten esta parte) los freaks, en medio de la noche, bajo una tormenta de proporciones bíblicas, se cobran su terrible venganza contra la pérfida Cleopatra. La moraleja de la película es, no podría ser de otra manera, "los freaks son los otros".

Que quede, pues, constancia, de mi admiración por ese mundo misterioso, por aquellas personas que, perseguidas por la mala fortuna desde el nacimiento, se vieron obligadas a entretener a los "normales" mediante la exhibición de sus deformidades, por la figura del funambulista suspendido sobre nuestras cabezas, por la música circense archiconocida, que sólo con escucharla ya induce un estado de ánimo especial, romántico y poético, por el Circo, en definitiva, de allá por los años 20.