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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

domingo, 24 de mayo de 2009

Dos palabras

Dices que soy negativa, pero no. Simplemente no soy lo suficientemente joven como para ser capaz de engañarme (una vez más) ni lo suficientemente vieja como para conformarme. Dices que soy borde, pero simplemente digo las cosas de la manera en que las siento. Si las digo con dolor, entonces habrás de preguntarte si es sólo mi culpa. Dices que tengo que salir y vivir, pero cuando cada día veo que se me acumulará un fracaso más, cuando me doy cuenta de que no sé cómo arreglarlo porque ninguno de los dos está poniendo nada de su parte, te aseguro que lo último que me apetece es vivir, y mucho menos salir, porque no tienes ni idea de todo lo que has significado y significas para mí.

Decirte que te amo es sencillo. Son dos palabras que soy capaz de articular y nada más. Demostrarte que te amo es otra cosa. Lo hago cuando hago lo que no soy capaz de hacer sólo para que te des cuenta de que estoy a tu lado. Y, aun así, no soy feliz, y eso es lo que más miedo me da. Llevo unas semanas sintiéndome así, sin ver una salida. Y lo dejo pasar porque otra cosa no puedo hacer. Lo dejo pasar y te dejo pasar.

Te estoy dejando ir porque no hay otra solución. Y "te amo"... de hecho te amo, pero eso son sólo dos palabras.

lunes, 20 de abril de 2009

Orígenes

Dos desconocidos se encuentran en un lugar, por cualquier razón (nada extraño), se miran, se dedican un breve pensamiento -"él se parece a...", "ella parece ser..."- que pronto cae en el abismo del olvido. Nada ha cambiado, sólo dos desconocidos que se encuentran, por cualquier motivo.

Segundo encuentro, tercer encuentro. Breves miradas de reconocimiento. Tal vez más pensamientos que se entrecruzan, rápidos, silenciosos, como dos balas disparadas a la vez -con silenciador- por dos pistoleros. Nada importante. La casualidad (¿existe?) haciendo de las suyas. Y el hecho de que, en ocasiones, es imposible no encontrarse.

Pasan los días, las semanas. La casualidad ya no es tal. Los pensamientos, por una de las partes, han comenzado a desbordarse y surgen en todas direcciones. La curiosidad comienza a hacer acto de presencia. Una de las partes se halla activa, uno de los dos desconocidos empieza a "aparecer", a hacerse visible. A surgir. De la nada, podría decirse, aunque no es así. La imaginación se entremezcla, haciendo de las suyas. Ahora ya no es algo como "él se parece a..." sino "él es así y así". Y cuanto más tiempo pasa, y más pensamientos transcurren, y más juegos inventa la imaginación, más fácil es que aparezca en escena un nuevo factor: la atracción.

Lo que no aumenta, comienza a disminuir, así como al revés. Y si los estímulos son constantes, difícilmente disminuirá (esa atracción mencionada). Antes al contrario, puede llegar a convertirse en algo peligroso, algo que amenaza derribar los cimientos del edificio construido durante cuatro largos años. Primero con ilusión, después con tesón, por último, con infinita paciencia. El edificio en su totalidad cae en un momento difícil de precisar. A pesar del estruendo, sorprende darse cuenta de que uno no se dio cuenta hasta mucho tiempo después. Y se echa la culpa a todo: los materiales no eran de primera calidad, los planos estaban mal, el diseño no había por donde cogerlo, los obreros no trabajaron bien... La única verdad, después de todo, es que el edificio no era sino un castillo en el aire. El edificio ni siquiera existía.

Después de la "liberación", una de las partes -la más activa, aquella cuya imaginación trabajaba a destajo- pasa de las miradas breves, de los pensamientos aislados, a un estado de semi idiotez en el que, día y noche, la otra parte implicada lo inunda todo. Ya no hay lugar para nada, salvo para pensar en el otro. Aparece al fin el último factor, tras la atracción: el enamoramiento, o la ilusión del enamoramiento (¿existe alguna diferencia o son términos sinónimos?).

Por desgracia no hay constancia de los procesos mentales de la otra parte, así que puedo calificar esta situación, a estas alturas y sin temor a equivocarme, como la clásica situación de "Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas" (como escribía Carson McCullers). Hay el amante y hay el amado. Y ya digo que en algún momento llegarán a confundirse.

El amante pasa por diversas fases. Cada cosa que el otro hace es un estímulo a su favor. No hay nada que haga mal, todo es perfecto, todo es armonioso y bello. Todo lo que hace el amado merecerá la aprobación del amante en un primer momento. No sólo eso. Todo será un motivo más para seguir enamorándose. Y cada vez habrá más necesidad de observar in situ más comportamientos. El amante analizará minuciosamente todos los movimientos, las palabras, las miradas. A estas alturas, manejará datos más o menos fiables sobre la realidad del amado. Cada dato será mínimo, cómo se llama el amado, cuál es su edad, dónde vive, a qué se dedica. Pero la obtención de cada uno de los datos será un motivo de indescriptible júbilo para el amante.

Pero, puesto que todo existe solamente en la imaginación de una de las partes, no hay garantías reales de que, algún día, el amado pase a formar parte de la vida del amante de un modo activo. Hasta este momento, el alejamiento del amado, el extrañamiento, era algo considerado natural por el amante. Hasta este momento, digo, en el que todo habría podido dar un giro de 180º y el enamoramiento, real o imaginado, podría haberse desvanecido de la misma manera en que apareció.

A partir de aquí, hay dos posibilidades:

Situación uno: el amante comienza a acusar los efectos del alejamiento del amado. Además del cambio operado en su estado de ánimo -de la alegría a la tristeza, de la satisfacción a la impaciencia-, el amante se comenzará a preguntar cómo ha podido llegar tan lejos en su fantasía sin haber dado siquiera un solo paso hacia la realidad. El amante quedará perplejo, y no sin razón. Aquí es cuando comenzará a darse cuenta de que sus sentimientos han crecido, casi podría decirse que a sus espaldas, y se han convertido en algo de proporciones monstruosas. Y se hará la clásica pregunta: "¿cómo he podido enamorarme de alguien a quien no conozco?". El segundo motivo de perplejidad quedará registrado en la segunda pregunta que el amante se hará a sí mismo: "¿qué sabe, en realidad, el amado de mí?" (La respuesta es nada. El amado no conoce ni siquiera el nombre del amante; en algunas ocasiones, el amado no será consciente ni de la existencia del amante aunque, en este caso que nos ocupa, las miradas se cruzaban con curiosa frecuencia. Tal vez demasiada frecuencia). Es en este momento de plena consciencia de la realidad -o la irrealidad- de la situación en que el amante, pasando de la perplejidad a la conspiración en cuestión de segundos, decidirá trazar un plan para el acercamiento. Como en la guerra, habrá de planear una estrategia. No en vano se conquistan los territorios y se conquista a las personas. La estrategia más eficaz sería algo tan simple como acercarse a la otra persona y decir algunas palabras pero, por un motivo que se me escapa, el amante considerará esta opción imposible de poner en práctica por su complejidad. Y entonces urdirá un plan más "sencillo": tratar de dar a entender al amado, a través de miradas, sonrisas, posturas y un sinfín de comportamientos derivados del lenguaje no verbal, lo que siente por él, con el fin de propiciar un acercamiento. Esta opción fracasará sin duda. El amante está tan convencido de su propia realidad que siente que dicha realidad es tan obvia que no puede pasar desapercibida a ojos del amado. Esto, como digo, es un error. Probablemente el amado no tendrá ni idea de qué demonios pasa por la mente del amante, puesto que su realidad es otra. Para el amado, el amante es una persona que tiene su encanto tal vez, pero con la que no imaginaría ninguna clase de relación. La realidad es demasiado subjetiva como para tenerla en cuenta.

Después de varios intentos frustrados, el amante pondrá en práctica la única opción que le queda y que había descartado antes por su imposibilidad: se acercará y dirá algunas palabras. A partir de aquí, las diversas situaciones que se podrían crear son numerosas. En el caso que nos ocupa, y como adelanté antes, el amante y el amado se confundieron de tal forma que ahora sería difícil decidir cuál de los dos ostenta el título de amante y cuál el de amado, y tal vez sería mejor decir que ambos son las dos cosas. No obstante, lo que ocurrió a partir de aquí es, como diría Michael Ende, "otra historia y debe ser contada en otra ocasión".

Situación dos: El amante pasará por la fase de perplejidad sin duda. El amante, sin embargo, quedará estancado en su fantasía y se contentará con mirar al amado desde lejos. Nunca dará el paso definitivo hacia la realidad. Nunca urdirá un plan de acercamiento, ni pensará en estrategias, ni sufrirá por no haber aprendido nunca a jugar al ajedrez -ya que el ajedrez, según piensa el amante, es un juego ideal para aprender a diseñar estrategias-. El amante se guardará lo que siente para sí, y el amado continuará viviendo su propia realidad, tan distinta de la del amante. El amante, es muy posible, olvidará al amado algún día y su realidad no será nunca alterada de ninguna manera, ni buena ni mala, por el amado. Tal vez el amante nunca olvide al amado pero, en todo caso, tanto el amado como toda la experiencia vivida quedarán atrapados en una especie de bruma, como la que rodea a los sueños.

****

Ahora bien, ¿deseará el amante de la situación uno haberse quedado en la situación dos? Debo decir con tristeza que sí, pero no por los motivos que puedan imaginarse. El amante continúa completamente enamorado de su amado y siente que no puede hacer otra cosa salvo amarle. Y, sin embargo, tambien es cierto que, algunas veces, echa de menos los días en los que la felicidad era mirar al amado desde lejos...

sábado, 7 de marzo de 2009

Día catorce

Me voy... (cielos, al final me he despertado tardísimo).

Te veo mañana, amor.

Deseame suerte. La necesito.

(te amo)

viernes, 6 de marzo de 2009

Día trece

Viernes. Otro viernes sin ti. ¿Cuántos viernes sería capaz de aguantar sin ti? No tengo ni idea, pero tampoco voy a tener que averiguarlo por el momento. Porque el viernes que viene no tendré la necesidad de estar escribiéndote en el blog. El viernes que viene podré decirte lo que quiera a ti, directamente, a escasos centímetros de ti -¡si es que nos podemos despegar uno del otro!-.

Porque ya te aviso que en cuanto te vea no voy a soltarte fácilmente. Asúmelo: te va a resultar difícil librarte de mí. (Sonrío).

Por cierto, ¿recuerdas el oráculo del que te hablé y que consulto algunas veces? Hoy me apetecía, así que pregunté acerca de nuestro reencuentro. La respuesta es... curiosa. A ese símbolo lo llaman "el trueno" o "la conmoción". En cualquier caso, anuncia una situación intensa, susceptible de provocar miedo o ansiedad al principio (y, en efecto, es lo que a mí me provoca -ya sabes que estoy bastante nerviosa al respecto) pero que después resulta ser agradable, feliz incluso (uno puede reírse del miedo que tenía antes). En todo caso, recomienda tranquilidad. Me gusta mucho este símbolo porque promete mucha intensidad, mucha pasión, aunque no me cabe duda de que va a ser así en nuestro caso. (Vuelvo a sonreír).

Sólo tiene que pasar el sábado, con su horrible viaje, y el domingo... dime, ¿nos veremos el domingo?

Cómo te quiero.

Hasta muy, muy pronto, amor.

jueves, 5 de marzo de 2009

Día doce

Dime cosas bonitas... por favor.

Por ejemplo, ¿todavía afirmas que la distancia no es el olvido? Supongo que no ha cambiado nada entre nosotros, ¿verdad? Todo sigue igual, bien, como hasta ahora.

Sí, me siento... insegura, como habrás deducido. No sé por qué, pero en cierto modo empiezo a tener miedo, no sé, de que te lo hayas pensado, de que vuelvas y me digas algo así como "tenemos que hablar", de que te hayas dado cuenta de que todo fue una ilusión. No me hagas caso. Supongo que es alguna especie de recuerdo del pasado, de esas cosas que se te quedan dentro para siempre y que, aun inconscientemente, sigues temiendo, por muchos años que pasen, por mucho que la situación sea distinta y las personas implicadas también lo sean. Supongo que no puedo seguir repitiendo los gestos aprendidos del pasado porque ya no tienen ningún sentido, pero cuesta desprenderse de ellos. Cuesta desprenderse de la desconfianza y del miedo, y de otros pensamientos que no te voy a contar porque te enfadarías, pero que siguen enraizados, enredados, confundiéndose con los pensamientos sanos y normales.

Y ya sabes cómo soy (un poco al menos). No me da vergüenza pedir lo que necesito, y no me da vergüenza necesitar cosas a veces. Siempre me dices cosas preciosas cuando me escribes pero, por algún motivo, hoy lo necesito más que los otros once días que pasaron. Si acaso esta noche me escribes, ¿qué sería lo que más te apetece decirme? ¿Qué me dirías si estuviésemos juntos, solos, si no nos leyese o escuchase nadie? (Seamos exhibicionistas, yo ya he perdido la vergüenza casi totalmente).

Quiero saber lo que has hecho estos días, dónde has ido, cómo es la gente que has conocido pero, sobre todo, quiero conocer tus procesos mentales, qué has pensado, de mí, de nosotros. Qué decisiones has tomado. Cómo quieres que sea el futuro, nuestro futuro.

Tal vez es demasiado pronto. Al fin y al cabo, todavía nos estamos conociendo, todavía estamos en la primera fase, en la toma de contacto, en el momento de enamoramiento supremo. Es así, y me doy cuenta. Pero esta vez no quiero dejar pasar más tiempo del estrictamente necesario. No quiero dejar pasar esta oportunidad. No me importa precipitarme, por más que exista la posibilidad de que nos salga mal (siendo realistas, esa posibilidad existe). Lo único que quiero es estar contigo y no quiero pensar en resultados ni tratar de adivinar el futuro. No quiero nada más, sólo estar contigo, quererte, amarte.

(Mañana se me habrá pasado, pero hoy tenía que soltarlo).

(Te sigo queriendo).

miércoles, 4 de marzo de 2009

Día once

Oh, cielos, por fin mi pc funciona como un pc normal y no como un pc anciano, renqueante y que ruega poder exhalar su último... ¿qué exhalan los ordenadores?, ¿bits? Como sea. Vaya, que por fin me lo han formateado y tanta velocidad me abruma y me maravilla a partes iguales.

Resulta que al final no había acabado el lunes esto que estoy haciendo. Esta mañana he vuelto a ir, y el miércoles que viene voy otra vez -porque me apetece, básicamente. No sé si se van a poder librar de mí. Jo, me van a tener que tirar por la ventana, o algo así. O engañarme y cambiar el centro de sitio (pero al final les encontraría). Aunque, bueno, me he portado bien, así que no creo que puedan tener quejas. Ya sabes que soy buena siempre. O casi...

De nuevo me siento huérfana de noticias tuyas, de tu voz, de... tantas cosas. Pero bastante has hecho ya. Quiero decir, demonios, estás de vacaciones y todos los días te has puesto en contacto conmigo de alguna manera. Y no sabes cuánto te lo agradezco porque por aquí las cosas no han ido o no están yendo como esperaba. Ahora estoy bien. Es curioso pero creo que si siempre he sido tan constante y responsable para estudiar es, en parte, porque el estudio me anestesia. Si logro un nivel adecuado de concentración -y no suele costarme; lo que me cuesta es ponerme, como a todo el mundo- el mundo desaparece, todo se difumina en negro y sólo existimos los apuntes y yo. Es algo así como cuando estoy contigo, sólo que mucho menos romántico.

(Me he acordado ahora de uno de esos momentos que religiosamente apuntaba en forma de notita en mi registro, con un estilo tan cursi y ñoño que probablemente merezco ir al infierno de escritores de notitas. Fue la primera o la segunda vez que me saludaste. Ya te he hablado de esa nota, y de los violines, y del mundo alrededor congelado, y de todos los malditos clichés que me salen cuando pretendo hablar de algo tan importante como es lo que siento por ti; el amor, en definitiva, que es un sentimiento tan sorprendente en todos los sentidos, tan cambiante, tan... químico, o eso dicen, y que cuando se pretende hablar de él se le llena a uno la boca de lugares comunes tan aburridos que deshonran al propio sentimiento. Es decir, y como no soy capaz de hacerlo -y como hoy estoy hipercrítica, parece-, a lo mejor bastaría con decir, simplemente, que te quiero, o decir algo inventado, o decir algo en un idioma inventado, algo así como "te melon" -en sindarin-, o decir "ijjj libe dijjj", como dices tú, en alemán -jijiji- o decir aquello de "idem" como decían en esa tortura apastelada que es la peli "Ghost" o no decir nada y simplemente besarte, mirarte a los ojos y dejar que te imagines el resto, que traduzcas en palabras, o en imágenes, o en sentimientos, o en lo que quieras, lo que en efecto te estoy diciendo sin hablar cada vez que te miro, cada vez que te beso, cada vez que hacemos el amor).

Ya sabes lo que siento, ¿no? Lo demás sobra (al menos hoy).

martes, 3 de marzo de 2009

Día diez

Unos días más, sólo unos días, y podré abrazarte. Esta noche soy yo la que está tonta, me temo. ¡Ay! Se me está haciendo laaargo. Suelo pensar "hoy es martes, mañana miércoles" y me pongo a contar los días que quedan. O pienso, hoy escribo la entrada para el día diez, entonces quedan cinco, y así, mil veces al día. De lo que tengo que hacer, poco. Menos mal que los exámenes no son nada difíciles y estoy acostumbrada a trabajar bajo presión. Al final es probable que me vaya el sábado -a las 6 de la mañana- y regrese el domingo, hacia el mediodía. O eso espero. Pasarme la tarde del sábado allí no me apetece nada, pero ya conozco algún bar de la zona que no está mal. Entre eso y alguna que otra peli (comedia romántica, no puede ser de otra manera precisamente ahora) supongo que pasará la tarde sin más. Y, además, me animará el hecho de saber que al día siguiente podré verte -a menos que llegues muy tarde. No tengo ni idea de cuándo está prevista tu llegada aquí, por cierto.

Esta mañana me he despertado al oír la vibración del móvil. De hecho, llevaba unas cuantas horas vibrando, pero ya sabes que mi sueño no es tan ligero como el tuyo. En todo caso, me ha encantado despertarme con un mensaje tuyo. Como antes, como los días que me enviabas mensajes a las 8 de la mañana y me despertaba con ellos. Es un poquito como despertarse contigo que es, por cierto, lo que me gustaría hacer todos los días de mi vida... o muchos de ellos, al menos. Y cuanto antes mejor.

A veces me agobio -bueno, no es raro en mí-. Pienso que queda tanto por solucionar, y está el factor suerte, y estoy yo misma, poniéndome obstáculos e impedimentos todo el tiempo, y mis circunstancias personales. Pero quiero que lo hagamos. Quiero que lo intentemos, vivir juntos y, si sólo dependiese de mi voluntad, podría ser ya mismo, en cuanto regresases. Lo malo es que no. Las cosas funcionan de otra manera. Pero ya sé lo que dices. Cada día que pasa es un día menos para que estemos juntos. Me gusta tu optimismo sagitariano. Justo el que a mí me falta (mi ascendente en cáncer me priva de algunos de esos rasgos sagitarianos).

Mañana será otro día (día once, de hecho). Hoy he pasado el día encerrada en casa, estudiando y perdiendo el tiempo (más de lo último que de lo primero) así que cuanto antes me vaya a dormir será mejor.

¿Sabes lo mucho que te quiero?