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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

domingo, 6 de abril de 2008

Paréntesis

Hago un paréntesis en el relato de mi viaje para escribir una pequeña anotación (que no tiene nada que ver con... casi nada, en realidad).

Estoy liada de nuevo con el proyecto de sueño lúcido (ah, es una constante en mi vida, como conducir por una carretera en forma de círculo) y, ahora, pensando en el tema de volar en sueños o de volar, simplemente, he recordado... no, no he recordado, sino que me ha dado por traer de nuevo delante de mis ojos un recuerdo que tengo desde que era pequeña, muy pequeña. Evidentemente es un recuerdo falso pero, jolín, hasta da la impresión de ser real. De niña me gustaba bajar las escaleras en lugar de tomar el ascensor, y me acuerdo que me entrenaba para saltar muchas escaleras de una vez, primero dos, luego tres y así sucesivamente. Y tengo el recuerdo de haber saltado, en más de una ocasión incluso, una burrada de escaleras, prácticamente como si estuviese volando. Más o menos el recuerdo es que de pequeña volaba (sí, sí, es una idiotez, pero así es el efecto del paso del tiempo sobre los recuerdos). No sé. En "Levantad, carpinteros, la viga del tejado", Buddy recibe una carta de su hermana Boo Boo en la que ésta le escribe que la niña (Franny) había estado contando en el programa de los niños sabios cómo de muy pequeña volaba por el apartamento, y que sabía que era así porque después tenía en los dedos el polvo de las bombillas.

En todo caso, y exceptuando las veces que he montado en avión, sólo he volado una vez, y fue precisamente en un sueño lúcido (fue genial, por cierto).

Eso era todo.

sábado, 5 de abril de 2008

El viaje (primera parte)

Quisiera haber tomado notas y prometo que ésa era mi intención en un principio, pero se quedó en eso, en intención. Una buena señal, diría, porque los únicos momentos en que no escribo son cuando me lo estoy pasando muy bien o cuando lo estoy pasando fatal. En Alemania sucedió lo primero.

No hay demasiado que contar, en realidad. Lo cierto es que yo tenía mil planes, quería ver mil cosas y hacer otras tantas y, al final, además de que no vi ninguna de esas cosas, me di cuenta de que el tiempo pasa rápido, demasiado rápido. Irónicamente, desde que estoy aquí parece como si hubiesen pasado cien años desde aquel viaje. Pero eso no significa que me aburriese o que me arrepienta de algo -pienso volver, en todo caso-; más bien al contrario, es otra buena señal. Hubiese podido pasar una vida entera allí sin quejarme, sin extrañar nada (o casi nada... en realidad).

Bien, salimos muy pronto por la mañana en el tren hacia Madrid. Apenas recordaba ya las violentas sacudidas, la sensación de viajar en diligencia por el lejano Oeste, el feliz traqueteo... Como nota al pie os diré, si no lo mencioné ya alguna vez, que soy enemiga declarada de los autobuses, y no cambiaría nada del viejo tren, ni el incesante movimiento, ni el ruido infernal, ni los servicios donde tienes que casi convertirte en Spiderman para poder agarrarte a algo y no caer en el intento, por ninguna de las comodidades de un autobús, por muy ultralujoso o hipermoderno que sea. Soy una romántica, sí, y bien orgullosa de ello. El caso es que en el tren me dio por hacer el payaso. No es raro, tratándose de mí, pero lo menciono porque significa que lo pasé bien. La última media hora tal vez aburrida. Pensaba en Madrid, mmm, demasiado ajetreo para mí, demasiada prisa, demasiadas complicaciones. No conozco Madrid lo suficiente como para hablar de la ciudad en sí, pero sí sé que cada vez que estoy allí siento como si la ciudad me devorase. Es una sensación extraña. En Madrid estuvimos seis horas, repartidas entre la estación de tren, el metro y el aeropuerto y, felizmente, Madrid no me devoró. Aquí estoy, intacta por muchos años, espero.

El avión, después. Mi novio se sentó junto a la ventanilla, yo a su lado. Él me decía: "¡mira, mira!", pero yo no me atrevía a mirar. Al final, estaba literalmente aplastándole para poder ver algo a través de la ventanilla. Impresionante la vista aérea. Y yo, impresionantemente valiente -me sorprende.

Ya de noche, en Munich, salimos del avión para entrar en un tren. Otra media hora de viaje, tratando de descifrar la conversación de nuestros vecinos de asiento que, no tan curiosamente, no hablaban en alemán. Desde luego, es imposible entender algo en un idioma que no conoces, pero así pasé el rato entretenida. Me conformo con poquito. Es curioso, esto sí, que, en los cinco días que estuve, apenas tuve oportunidad de practicar las cuatro palabras de alemán que me sé. Casi todo el mundo se dirigía a mí en inglés y hasta en español (¿?). Incluso mantuve una conversación con un señor en italiano, inglés, bávaro y algunas palabras de español. Y sí, conseguimos entendernos a la perfección. Mi necesidad de comunicación quedó satisfecha gracias al inglés, porque si hubiese tenido que confiar en mi alemán... en fin.

Se hace tarde, pero este post requiere una segunda parte (y puede que una tercera).

Como dijo Terminator aquella vez: "¡Volveré!"

viernes, 1 de febrero de 2008

El momento ha llegado

Tengo la boca totalmente seca y un nudo extraño en la garganta. No importa cuántos vasos de agua beba o las veces que me aclare la garganta: los síntomas persisten -¡y yo empiezo a asustarme!- Llevo tres días fumando sin parar, y el mismo tiempo lleva mi cabeza dando vueltas, también sin parar. No soy capaz de estarme quieta pero estoy tan cansada y, al mismo tiempo, tan agitada que apenas puedo dormir por las noches. No quiero, no quiero, no quiero, pero sí, el momento ha llegado: mañana mi agorafobia y yo nos vamos a Alemania.

Una crónica acerca de mi viaje cuando regrese (si es que regreso).

Deseadme suerte, que la voy a necesitar.



(Tengo miedo)

viernes, 18 de enero de 2008

Palabras

Soy adicta a los foros de internet, debo confesarlo. Lo que me gusta es leerlos, en realidad, porque soy demasiado inconstante para participar activamente -y dado que leo tantísimos foros distintos, ya sea habitual u ocasionalmente, me sería imposible hacerlo de todos modos. He leído, pues, foros con todo tipo de temáticas ya que curioseo allí donde me es posible hacerlo y los foros se prestan para el curioseo inocente. Es más, me alucina que existan foros para casi todo, para cualquier cosa que se me pase por la imaginación, y eso que mi imaginación se supera a sí misma constantemente.

Podría comentar la rara sensación que deja eso de saber cosas, a veces incluso muy íntimas, de una persona -o un nick- sin que esa persona sepa siquiera que existes -lo mismo nos ocurre a los que escribimos blogs, desde luego, y en eso consiste la cosa, supongo. Y tal vez algún día me dé por escribir una entrada acerca de esto, pero hoy quiero hablar de otro tema distinto: sucede que en la mayor parte de los blogs de temática pareja, amor, relaciones, sentimientos... y todas estas cosas, los mensajes se repiten constantemente. Cosa muy lógica, por otra parte, porque uno que escribe en estos foros lo hace normalmente para pedir consejo si la cosa va mal con el novio/la novia, el/la amante, etc, o para declarar su estado de absoluta felicidad porque las cosas marchan estupendamente en su relación. Y, entonces, otra cosa lógica: las respuestas suelen ser también siempre clavadas. En un caso de ruptura, se aconseja olvidar, cerrar ciclos, no sufrir porque al fin y al cabo el fulanito o la fulanita que te dejó es malvado, o no sabe lo que se pierde, y hay mucha gente en el mundo, y ya verás como enseguida, ¡puf!, todo terminó y eres feliz de nuevo, encuentras a alguien más, y cosas similares. En caso de declararse uno en el éxtasis de la felicidad, la gente, con toda amabilidad, se unirá para compartir esa felicidad y se declararán encantados de verte tan bien, en este momento tan pleno de tu vida, etc, etc. Bueno, es bonito, la verdad. Y supongo que tiene sentido porque si no la gente no escribiría buscando consejo/consuelo/reafirmación o lo que sea que cada uno busque. Pero resulta que yo ahora mismo estoy en un momento escéptico, en uno de esos momentos de ceño permanentemente fruncido y las palabras -que no las intenciones amables- me suenan vacías, me resultan extrañas, como cuando repites una de ellas, una palabra, quiero decir, un montón de veces y al final te da la sensación de que esa palabra y tú no os conocéis de nada.

No sé... a mí me gusta arreglarlo todo con palabras. Escribir me encanta y hablar, cuando no me lo impide mi carácter, me gusta incluso más, pero algunas veces las muy malditas me decepcionan profundamente. Es un problema, en internet sobre todo, encontrarte con que tienes que arreglar algo y sólo lo puedes hacer por escrito, cuando seguramente una mirada sería muchísimo más elocuente. Otras veces me da la sensación de que faltan palabras, de que se deberían inventar más, porque no es suficiente con las que hay. Ya, de acuerdo, ya me sé lo de la economía lingüística; es más, no sólo lo sé, sino que además estoy muy de acuerdo con esa tendencia a economizar que tienen los idiomas (menos el alemán... tal vez soy injusta, pero ese idioma me crispa los nervios, entendedme), pero, no sé, palabras como "tristeza" o... bueno, todas las que se refieren a sentimientos, en realidad, se quedan cortas. ¿Existe sólo una clase de tristeza? ¿Varía la tristeza según la persona que la sienta? Tal vez sí, tal vez cada ser humano sienta la tristeza de una manera distinta. ¡O tal vez no! Quiero decir, igual somos todos muy parecidos en eso, en la forma de sentir, pero yo la verdad es que no tengo ni idea. En la burbuja, una no se entera de estas cosas. En la burbuja, una siente la tristeza como la siente, y hasta puede sentir, algunas veces, la de los demás, pero a su manera, desde luego. ¿Y cómo puedo saber de la tristeza de los demás, o cómo puedo explicar la mía propia, si no encuentro palabras para describirla con toda exactitud?

Ya conozco la respuesta, de todos modos. La exactitud no sirve de mucho en estos casos. Igualmente, las mismas palabras que escuchas todos los días suenan distintas en diferentes voces, en diferentes labios. O tú mismo eres distinto cada vez... Qué bobada. Caigo en obviedades constantemente, y no me doy cuenta hasta después de escribir varios párrafos (muy enredados, por cierto).

Pero bueno, aquí está y aquí se queda. Por si acaso.

miércoles, 16 de enero de 2008

La insoportable gravedad de ser yo

A pesar de que lo parezca, no tengo ganas de dejar el blog abandonado a su suerte. El ciberespacio es grande y comprendo los temores que eso pudiera ocasionarle (a mi blog). Y, aunque sólo aparezca en persona de Pascuas a Ramos, podéis creerme si digo que me hallo presente en espíritu en todo momento. Sí, así, con ruido de cadenas incluido -o esa sensación tengo. En fin, en todo caso, ¿qué más da? Lo bueno de todo esto es que no soy consciente de si alguien me lee o no y, de veras, lo prefiero así.

Tras unas Navidades para olvidar, he decidido dar un paso... bien, enorme, porque yo soy así, en términos generales: o no hago nada de nada, o quiero hacerlo todo de una vez. Así que estoy en conversaciones conmigo misma para convencerme de subirme a un avión rumbo a Alemania. Rumbo a Munich, más concretamente. El hecho en sí no tendría mayor importancia si no fuese porque a) aún no tengo los billetes -con lo cual, en teoría, todavía podría echarme atrás- y ya me muero de miedo, b) aún quedan unas tres semanas y ya he notado dificultades para dormirme por la noche -bendita Dormidina-y c) no tengo ni idea de cómo resolver la parte "técnica" de la cosa. Hablo específicamente del "chute" de medicamentos que me meteré, ya que no sé si convendría hincharme a ansiolíticos antes del viaje en tren -el inconveniente de esto es que no puedo caminar por Madrid si estoy dormida, y más bien me parece necesario estar alerta en dicha situación- o si tomármelos antes de subirme al avión, con lo cual quedaría totalmente desprotegida (o en bragas, dicho así, coloquialmente) para el viaje en tren. Claro, pienso que la solución es, o bien tomar los ansiolíticos antes del tren y antes del avión -no tengo claras cuáles podrían ser las consecuencias-, o bien no tomar ansiolíticos en ningún momento y aguantarme el miedo todo el viaje. Hay una tercera opción -la cuarta es no ir, simplemente-, que consistiría en decirle a mi novio que me golpee la cabeza con un objeto contundente antes del tren y se ocupe de mí durante todo el trayecto -al hospital-, pero esto tiene sus claras desventajas, desde luego, en caso de que pudiese convencerle de dejarme K.O. -y es que él nunca lo haría.

Lo que más me fastidia es que ésta es una oportunidad buenísima en todos los sentidos, y me decepcionaría mucho echarme atrás. El viaje sería corto, algo menos de una semana, con lo cual, en principio, casi ni me daría tiempo de echar de menos mi casa. Además de eso, podría asistir al Carnaval de los alemanes -Fasching para ellos- que, por lo que he oído, es un espectáculo digno de verse. Podría también practicar mi espantoso alemán en vivo y hasta aprender algo del pintoresco dialecto bávaro -que sí, que esto puedo hacerlo también con mi novio... pero vaya, no es lo mismo-, y además de todas estas ventajas, la ventajas típicas de cualquier viaje: nuevos parajes, nuevas personas -¡alemanes, ni más ni menos!-, nuevas costumbres, nueva cerveza... y hasta, ¿por qué no?, nuevos temas para este santo blog que tanta paciencia me tiene. Los inconvenientes, por otra parte, están igual de claros: ¡No quiero ir, demonios! Quiero ir a mi rincón y darme cabezazos contra las paredes blanquitas, acolchaditas... sí, ésas.

Iré, sí, sí, sí, porque dentro de dos días reservamos los billetes y mi novio me preguntará que qué he decidido finalmente, y entonces yo le diré que no me da la maldita gana de ir, así, en tono agresivo-despectivo, pero él pasará de mí -y bien que hará, porque sabe que en el fondo lo estoy deseando- y me reservará un billete, y entonces ya pasará a ser un tema de euros, con los que no se puede jugar mucho, y me veré obligada a ir, claro, porque si voy me moriré de miedo, pero si no voy, perderé varios de esos valiosos euros -soy una materialista, me estoy dando cuenta-, y ya lo siguiente será del todo pesadillesco: me despediré de poder volver a dormir a pierna suelta hasta mediados de febrero como mínimo -o más tiempo, si el viaje me traumatiza-, odiaré a mi novio "para siempre" hasta que llegue el momento de volver a casa y yo anuncie -porque soy una conformista dentro de mi inconformismo- que yo me quiero quedar en Alemania "para siempre" y que no me da la real gana de volverme a España, que no se me ha perdido nada allí, y que me deje en paz, coño. O algo así es lo que preveo que pasará.

Lo voy a dejar aquí porque ya he conseguido aburrirme a mí misma (lo que no tiene mucho mérito tampoco), y no tengo ganas de escucharme más. Ya os iré anunciando -¡hola, posibles lectores, despistados varios que llegasteis aquí por cualquier motivo y gentes en general!- si hay noticias. Que las habrá, ¡maldita sea!

viernes, 23 de noviembre de 2007

La crisis de los tres años (y medio)

Sí, regreso hoy, aunque quién sabe durante cuánto tiempo. No tengo ganas de escribir últimamente. Comienzo a tener la necesidad de experimentar una nueva sensación de inmovilidad, de silencio -pienso que deberíamos hablar menos, contemplar más, en el sentido verdadero de contemplación que, en efecto, tiene que ver con inmovilidad y con silencio. Pero... esto no interesa, por el momento.

Hay ocasiones, no obstante, en las que sí me gustaría hablar de cosas muy concretas. Tal vez de la última película que he visto ("Rebeldes del swing", para quien esté interesado), o de un libro, o del caso que me ocupa en estos momentos: algún problema de difícil solución. Normalmente, para hablar de todas estas cosas que tienen que ver con música, libros, cine, etc., escogía a mi novio, que me escuchaba (y me escucha), aunque no tenga verdaderamente los mismos intereses que yo. Ahora, cada vez me interesa menos hablarle de nada de esto... o de nada de nada, en realidad. Y, es fácil deducirlo, ese es el problema de difícil solución.

He leído alguna vez algo acerca de la llamada "crisis de los tres años". No sé si tal cosa exista y realmente no he tenido ocasión de comprobar si es cierto porque mis relaciones pasadas no han sido tan largas -sí, tuve una que duró cinco años, pero no era realmente una relación. Más bien era ilusión y ceguera por mi parte. Ahora, sin embargo, llevo tres años y medio con mi novio y empiezo a plantearme cosas que me preocupan. No voy a entrar en detalles porque es tedioso y porque no me apetece nada, pero lo que sí que diré es que me aburro. No es que me aburra con él, es que me aburro en general. Sólo que él no ayuda. Quiero, de una vez por todas, cambiar de vida. Eso implica un montón de cosas, principalmente un cambio de actitud. Y siento que, en caso de producirse el cambio, me gustaría estar sola. Vivirlo sola. Suena a egoísmo, me doy cuenta, pero es algo totalmente diferente: la soledad es mi estado natural. El hecho de que exista otra persona, obviamente, implica un estado de no-soledad, y ahí llega el problema. No puedo estar sola estando no-sola. Pero tampoco puedo estar sin él -y no sé si es dependencia absurda o simplemente que le quiero. Probablemente un poco de ambas cosas.

Mi actitud al respecto es la de siempre: viajar, como una Alicia cualquiera, a un país de las maravillas en el que nada de lo que hay existe pero sí existe todo lo demás. Y los sueños, desde luego, en los que soy una Victoria feliz y no hay nada que realmente me perturbe (al final será verdad eso de que los sueños ayudan a mantener la cordura).

Oh, sí, desde luego él y yo hemos hablado de esto hasta la saciedad. No digo que hayamos peleado por esto hasta la saciedad, que son cosas distintas. En realidad, no peleamos nunca por nada. Hablamos en bajito, como en esas películas en las que todo el mundo habla un montón pero nunca pasa nada de nada. En el fondo, ahora que lo pienso, a eso exactamente puede compararse nuestra relación: a una película en la que la gente habla y habla, hasta por los codos, pero al final nunca sucede nada. Ah, pero eso sí: con un montón de lo que los ingleses llaman "dry humour" que, se mire por donde se mire, siempre es de agradecer, ¿no?

viernes, 5 de octubre de 2007

¿Quién es Paul Auster?

Estoy leyendo, por primera vez, una novela de Paul Auster. No, en realidad por primera vez no. Es mi segunda novela del sr. Auster, ya que la primera fue ese libro en que se basan las películas Smoke y Blue in the Face pero, curiosamente, mientras leía este primer libro no era consciente de quién era el autor, y tampoco me importaba demasiado.

Una digresión para comentar que, hace unos cuantos años, tuve la oportunidad de ver ambas películas en el cine, en versión original, y me gustaron tanto que accedieron inmediatamente a mi lista de "películas favoritas", una lista llena de rarezas y nostalgias, tengo que añadir. En aquel momento, mis visitas al cine eran mucho más frecuentes que ahora y no hacía gala de mucha capacidad de decisión en cuanto a las películas que veía. Por eso, cuando hallaba alguna pequeña joya, se me quedaba grabada en la memoria para siempre. Era la época pre-internet y no tuve la oportunidad de lanzarme a Google a buscar información sobre las películas, así que ahí me quedé, rumiándolas durante días y haciéndoles un huequito en mis afectos. Casi envolviéndolas en un pañito de seda para que no cogiesen frío por las noches, si es que se entiende la metáfora.

El caso es que, estas últimas semanas, el nombre "Paul Auster" comenzaba a perseguirme por todas partes. Ya se sabe cómo funcionan estas cosas: de repente algo llama tu atención y no importa por cuánto tiempo lo ignores. Al final habrás de sucumbir. Antes de precipitarme a la Biblioteca local, miré en la Biblioteca de mi casa, que suele sacarme de los apuros más inmediatos, y ahí estaba el libro de Paul Auster, todavía envuelto en el plástico -es una manía de mi hermana, dejar los libros siempre dentro del plástico protector. Me pone de los nervios, pero tengo que reconocer que tiene sentido y los libros se conservan mejor así-. Ahí estaba "Leviatán", como digo. Sólo por el nombre no me parecía demasiado interesante, y mucho menos tras haber hecho la búsqueda correspondiente en internet y haber hallado otros títulos muchísimo más sugerentes. Sin embargo, la necesidad no me permitía ponerme con exquisiteces, y comencé el libro hace un par de noches.

Es curioso, es tremendamente curiosa la sensación que me está dejando el libro -ya lo tengo casi acabado-. Ya sé que nos ha pasado a todos, pero las coincidencias tienen siempre un efecto impresionante sobre mí. El caso es que ayer leía y, de improviso, me encontré con la descripción de una peculiaridad o extravagancia de un personaje. Os lo prometo, no es una de esas peculiaridades que compartes con todo el mundo. Es una cosa condenadamente rara o, tal vez, algo de lo que la gente no habla. No lo sé. No digo que me sentí identificada porque no, no me dio por sentirme identificada con el personaje, pero la descripción, el diagnóstico de ese personaje coincidía conmigo de principio a fin. Me precipité a leer acerca del porqué, acerca del origen de esa extravagancia nuestra. Saltaba de línea en línea como un corredor olímpico para poder leerme ahí, en ese libro que, por otro lado, seguía siendo una historia interesante, pero sin relación conmigo. Y entonces, con ese egocentrismo que caracteriza al lector de historias, me pregunté "¿Y este señor de qué me conocerá?" No fue sólo esta anécdota. Lo cierto es que en otras partes del libro reconocí como un eco de mis propios pensamientos acerca de otras cuestiones. Casi como una confirmación de unos pensamientos que había tenido hace pocos días. "¿Quién es Paul Auster?", pensé, una vez se me pasó el ataque de egomanía. Y es que no tengo ni idea, de verdad. Normalmente, tras haber leído un libro o dos de un autor, suelo tener la sensación de saber algo sobre ese autor, aunque sólo sea algo sobre los temas que le obsesionan o una conjetura acerca de su manera de ver el mundo, pero con el sr. Auster estoy totalmente despistada, por el momento.

Y, en fin, creo que sólo hay una manera de averiguar quién es Paul Auster. Os informaré si descubro algo más. Tal vez se me convierta en la nueva obsesión mensual.