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Querido Y Viejo Tigre Que Duerme:

viernes, 23 de noviembre de 2007

La crisis de los tres años (y medio)

Sí, regreso hoy, aunque quién sabe durante cuánto tiempo. No tengo ganas de escribir últimamente. Comienzo a tener la necesidad de experimentar una nueva sensación de inmovilidad, de silencio -pienso que deberíamos hablar menos, contemplar más, en el sentido verdadero de contemplación que, en efecto, tiene que ver con inmovilidad y con silencio. Pero... esto no interesa, por el momento.

Hay ocasiones, no obstante, en las que sí me gustaría hablar de cosas muy concretas. Tal vez de la última película que he visto ("Rebeldes del swing", para quien esté interesado), o de un libro, o del caso que me ocupa en estos momentos: algún problema de difícil solución. Normalmente, para hablar de todas estas cosas que tienen que ver con música, libros, cine, etc., escogía a mi novio, que me escuchaba (y me escucha), aunque no tenga verdaderamente los mismos intereses que yo. Ahora, cada vez me interesa menos hablarle de nada de esto... o de nada de nada, en realidad. Y, es fácil deducirlo, ese es el problema de difícil solución.

He leído alguna vez algo acerca de la llamada "crisis de los tres años". No sé si tal cosa exista y realmente no he tenido ocasión de comprobar si es cierto porque mis relaciones pasadas no han sido tan largas -sí, tuve una que duró cinco años, pero no era realmente una relación. Más bien era ilusión y ceguera por mi parte. Ahora, sin embargo, llevo tres años y medio con mi novio y empiezo a plantearme cosas que me preocupan. No voy a entrar en detalles porque es tedioso y porque no me apetece nada, pero lo que sí que diré es que me aburro. No es que me aburra con él, es que me aburro en general. Sólo que él no ayuda. Quiero, de una vez por todas, cambiar de vida. Eso implica un montón de cosas, principalmente un cambio de actitud. Y siento que, en caso de producirse el cambio, me gustaría estar sola. Vivirlo sola. Suena a egoísmo, me doy cuenta, pero es algo totalmente diferente: la soledad es mi estado natural. El hecho de que exista otra persona, obviamente, implica un estado de no-soledad, y ahí llega el problema. No puedo estar sola estando no-sola. Pero tampoco puedo estar sin él -y no sé si es dependencia absurda o simplemente que le quiero. Probablemente un poco de ambas cosas.

Mi actitud al respecto es la de siempre: viajar, como una Alicia cualquiera, a un país de las maravillas en el que nada de lo que hay existe pero sí existe todo lo demás. Y los sueños, desde luego, en los que soy una Victoria feliz y no hay nada que realmente me perturbe (al final será verdad eso de que los sueños ayudan a mantener la cordura).

Oh, sí, desde luego él y yo hemos hablado de esto hasta la saciedad. No digo que hayamos peleado por esto hasta la saciedad, que son cosas distintas. En realidad, no peleamos nunca por nada. Hablamos en bajito, como en esas películas en las que todo el mundo habla un montón pero nunca pasa nada de nada. En el fondo, ahora que lo pienso, a eso exactamente puede compararse nuestra relación: a una película en la que la gente habla y habla, hasta por los codos, pero al final nunca sucede nada. Ah, pero eso sí: con un montón de lo que los ingleses llaman "dry humour" que, se mire por donde se mire, siempre es de agradecer, ¿no?

viernes, 5 de octubre de 2007

¿Quién es Paul Auster?

Estoy leyendo, por primera vez, una novela de Paul Auster. No, en realidad por primera vez no. Es mi segunda novela del sr. Auster, ya que la primera fue ese libro en que se basan las películas Smoke y Blue in the Face pero, curiosamente, mientras leía este primer libro no era consciente de quién era el autor, y tampoco me importaba demasiado.

Una digresión para comentar que, hace unos cuantos años, tuve la oportunidad de ver ambas películas en el cine, en versión original, y me gustaron tanto que accedieron inmediatamente a mi lista de "películas favoritas", una lista llena de rarezas y nostalgias, tengo que añadir. En aquel momento, mis visitas al cine eran mucho más frecuentes que ahora y no hacía gala de mucha capacidad de decisión en cuanto a las películas que veía. Por eso, cuando hallaba alguna pequeña joya, se me quedaba grabada en la memoria para siempre. Era la época pre-internet y no tuve la oportunidad de lanzarme a Google a buscar información sobre las películas, así que ahí me quedé, rumiándolas durante días y haciéndoles un huequito en mis afectos. Casi envolviéndolas en un pañito de seda para que no cogiesen frío por las noches, si es que se entiende la metáfora.

El caso es que, estas últimas semanas, el nombre "Paul Auster" comenzaba a perseguirme por todas partes. Ya se sabe cómo funcionan estas cosas: de repente algo llama tu atención y no importa por cuánto tiempo lo ignores. Al final habrás de sucumbir. Antes de precipitarme a la Biblioteca local, miré en la Biblioteca de mi casa, que suele sacarme de los apuros más inmediatos, y ahí estaba el libro de Paul Auster, todavía envuelto en el plástico -es una manía de mi hermana, dejar los libros siempre dentro del plástico protector. Me pone de los nervios, pero tengo que reconocer que tiene sentido y los libros se conservan mejor así-. Ahí estaba "Leviatán", como digo. Sólo por el nombre no me parecía demasiado interesante, y mucho menos tras haber hecho la búsqueda correspondiente en internet y haber hallado otros títulos muchísimo más sugerentes. Sin embargo, la necesidad no me permitía ponerme con exquisiteces, y comencé el libro hace un par de noches.

Es curioso, es tremendamente curiosa la sensación que me está dejando el libro -ya lo tengo casi acabado-. Ya sé que nos ha pasado a todos, pero las coincidencias tienen siempre un efecto impresionante sobre mí. El caso es que ayer leía y, de improviso, me encontré con la descripción de una peculiaridad o extravagancia de un personaje. Os lo prometo, no es una de esas peculiaridades que compartes con todo el mundo. Es una cosa condenadamente rara o, tal vez, algo de lo que la gente no habla. No lo sé. No digo que me sentí identificada porque no, no me dio por sentirme identificada con el personaje, pero la descripción, el diagnóstico de ese personaje coincidía conmigo de principio a fin. Me precipité a leer acerca del porqué, acerca del origen de esa extravagancia nuestra. Saltaba de línea en línea como un corredor olímpico para poder leerme ahí, en ese libro que, por otro lado, seguía siendo una historia interesante, pero sin relación conmigo. Y entonces, con ese egocentrismo que caracteriza al lector de historias, me pregunté "¿Y este señor de qué me conocerá?" No fue sólo esta anécdota. Lo cierto es que en otras partes del libro reconocí como un eco de mis propios pensamientos acerca de otras cuestiones. Casi como una confirmación de unos pensamientos que había tenido hace pocos días. "¿Quién es Paul Auster?", pensé, una vez se me pasó el ataque de egomanía. Y es que no tengo ni idea, de verdad. Normalmente, tras haber leído un libro o dos de un autor, suelo tener la sensación de saber algo sobre ese autor, aunque sólo sea algo sobre los temas que le obsesionan o una conjetura acerca de su manera de ver el mundo, pero con el sr. Auster estoy totalmente despistada, por el momento.

Y, en fin, creo que sólo hay una manera de averiguar quién es Paul Auster. Os informaré si descubro algo más. Tal vez se me convierta en la nueva obsesión mensual.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Cosas que no importan y cosas que sí

Ya no me miras al pasar por mi lado, como ocurría antes o como en el poema, y no es que me importe, sólo que, ahora, me siento algo más sola.

Tú no me buscas más con la mirada, y cuando estoy allí haces como si no estuviese. Lo que no sé es si, cuando no estoy allí, te imaginas que estoy. No me importa tampoco aunque, la verdad, cuesta un poco imaginarse que todo se terminó.

Estáis allí y, dicho así, hasta parece una certeza, pero, os lo prometo, ya no me importa.

Y, mientras, en el resto del mundo, la gente sigue viviendo, cada uno su vida y tal vez, incluso, también la vida de otros, pero yo estoy aquí, tiritando de frío y casi muerta de miedo. Y no me parece estar viviendo mi vida, pero sí tengo la impresión de que otros la están viviendo por mí.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Pisaverdes

Hace unos meses leí que en una página web (http://www.escueladeescritores.com/apadrina-una-palabra) habían iniciado una convocatoria para apadrinar una palabra a punto de desaparecer. No participé en su día, pero ahora estaba recordando esto precisamente -extrañas conexiones mentales- y he pensado, ya que estoy en pleno ataque de ansiedad por escribir, que podría hablar un poco sobre la que es, posiblemente, mi palabra preferida de este hermoso idioma nuestro. Normalmente, cuando a alguien se le pregunta acerca de su palabra favorita, las primeras que vienen a la cabeza son palabras con significados bonitos, pero nada espectaculares en cuanto a sonoridad o en relación con la imagen mental que sugieren. Así me ocurría a mí también cuando alguna vez se me planteó la cuestión. Sin embargo, descubrí hace un tiempo que había una palabra especial para mí, una palabra que, ¿puedo decirlo así?, invariablemente me dibuja una sonrisa en los labios. Y supe que me gustaba tanto porque trataba (y trato) de incluirla en los textos siempre que viene al caso. Algunas veces también cuando no viene al caso. Esta palabra tan especial para mí es "pisaverde". Recuerdo todavía la primera vez que la vi. Yo leía un libro -lamentablemente no sé cuál exactamente- del genial P.G. Wodehouse, un hombre que, al parecer, sabía lo suyo sobre pisaverdes, y me quedé fascinada. Después, cuando consulté el significado de dicha palabra, me vino a la cabeza una imagen mental que todavía perdura hoy en día cuando me imagino al tal pisaverde. En mi imagen, un hombre que se parece extraordinariamente al Dorian Gray de Oscar Wilde -o al hombre que yo imagino como Dorian Gray-, está fumando despreocupadamente, con un cierto gesto despectivo en el rostro, sobre el césped o sobre una superficie verde.

Siempre soñé con enamorarme de un pisaverde. Es difícil porque, hoy en día, no existen ya, al menos no como esos jovencitos ociosos vestidos a la última moda (de la época, esto es, de finales del siglo XIX o principios del XX) y sin otra ocupación que el galanteo frívolo y juguetón con muchachas hermosas de tez pálida. Pero sí los hay que fuman despreocupadamente y que, con frialdad calculada y fingida, te dirigen miradas mitad burlonas mitad seductoras a las que yo, por cierto, no puedo resistirme casi nunca.

Y termino la entrada con la definición proporcionada por la web de la Real Academia, http://www.rae.es/ para la palabra "pisaverde": "Hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos".

jueves, 20 de septiembre de 2007

La navaja de Occam

Desde hace un par de días me encontraba yo absorta en la investigación de un pequeño misterio, de ésos cotidianos, de andar por casa. Tas meditar largamente sobre el asunto en cuestión, por fin llegué a una conclusion que, en el momento, me pareció bastante satisfactoria. Y así, tan contenta como estaba, me dispuse esta tarde a escuchar la confirmación de mi teoría. Sin embargo, no ha habido confirmación. No ha habido nada parecido a una confirmación. La verdadera solución del pequeño misterio no tenía nada que ver, ni remotamente, con lo que yo había pensado. Tras unos momentos de estupefacción y de pensar que soy idiota por no haber dado con una solución tan simple, y mientras me lamentaba de mi absoluta falta de inteligencia, NW. me ha dicho: "No es que seas idiota, es que tiendes a pensar siempre en lo más complicado y descartas lo evidente porque te parece demasiado simple". "¡Claro!", he pensado yo, "la navaja de Occam. La solución más sencilla es probablemente la correcta". Y es que así es. Este misterio, que tenía que ver con averiguar la forma en que una persona actuó en una situación determinada, tenía una solución maravillosamente simple: actuó como lo hubiesen hecho la mayoría de las personas (de su edad y características) en una situación similar. Saltaba a la vista, desde luego. Pero yo no supe verlo o miré hacia otro lado, no supe ponerme en el lugar de esa persona, tal vez, o simplemente se me escapó lo evidente por perder el tiempo pensando en lo sólo remotamente posible.

Bien. Es una lección aprendida. "Simplificar siempre", solía decir un chico que conozco. Parece ser que tenía razón.

(Sherlock Holmes, mi héroe de hace unos cuantos meses, me habría mirado con lástima y me habría sugerido, de esa manera suya tan británica, que me dedicase a otra cosa).

martes, 18 de septiembre de 2007

Hey, get out of my way - only kidding

Si las cosas vuelven a la normalidad algún día -y sucederá, algún día- tal vez podamos tomarnos unos segundos para explicarnos en silencio, sólo con la mirada, qué fue lo que verdaderamente ocurrió entre nosotros.

Y me refiero a todo. A todo.

domingo, 16 de septiembre de 2007

El recuerdo recobrado

Y sus gritos, finalmente, consiguieron hacerse oír sobre los ruidos de los coches, el sonido de las pisadas, el estruendo de la vida cotidiana, segura, sin riesgos. Y ella dirigió sus pasos de nuevo al punto de encuentro, el lugar de siempre, y se reanudó algo que nunca llegó a terminarse del todo, a pesar de todos los esfuerzos, a pesar de una ausencia calculada, a pesar de sus deseos de salvarse.

Un día para estar juntos y encantar el deseo de pasar toda una vida y más juntos. Y después, cada uno seguirá su camino y terminará. Sin mirar hacia atrás, sin pensar en cómo podría haber sido. Un día juntos podría significar más que toda una vida.

Y entonces sí, el recuerdo se tornará silencioso y comenzará a dormitar, y no despertará ya de ese sueño, jamás. Mientras tanto, los gritos, ahora mismo, no me dejan oír ni siquiera las palabras que escribo.